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Venecia ultratumba




“En Venecia hay suficiente civilización para que la vida encuentre en ella sus delicias. Lo fascinante del cielo evita que exista la necesidad de una mayor dignidad humana; una fuerza de atracción exhala de estos vestigios de grandeza, de la huella de las artes de que se está rodeado. Los restos de una antigua sociedad que produjo tales cosas, llenándoos de indiferencia por una sociedad nueva, no os dejan ningún deseo de futuro. os gusta sentiros morir con todo cuanto muere a vuestro alrededor; os preocupáis únicamente de revestir con elegancia cuanto queda de vuestra vida a medida que ésta se va despojando. [...] ¡Que no pueda encerrarme en esta ciudad en armonía con mi destino, en esta ciudad de los poetas, por donde pasaron Dante, Petrarca, Byron! ¡Que no pueda terminar de escribir mis Memorias a la luz del sol que cae sobre estas páginas! El astro aún incendia en estos momentos mis sabanas de la Florida y se pone aquí al fondo del Gran Canal. No lo veo ya; pero a través de un espacio abierto en esta extensión solitaria de palacios, sus rayos hieren la bola de la Dogana, las entenas de las barcas, las vergas de los navíos, y el portal del convento de San Giorgio Maggiore. La torre del monasterio, trocada en columna de color rosa, se refleja en las ondas; la fachada blanca de la iglesia es iluminada tan violentamente que distingo los más mínimos detalles esculpidos por el escoplo. Las fachadas de los almacenes de la Giudecca están pintadas con una luz ticianesca; las góndolas del canal y del puerto se hallan inmersas en la misma luz. Venecia está aquí, sentada a orillas del mar, como una bella mujer que se extinguirá con el día; el viento de la tarde alborota sus perfumados cabellos; muere saludada por todos los encantos y todas las sonrisas de la naturaleza.”

Memorias de ultratumba
Libro 39, capítulo 4
Chateaubriand

 

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02/08/2007 00:36 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Venecia Hay 2 comentarios.

En el Castello Sforzesco

 

http://fa.rossoalice.alice.it/preview_fa1/ma/ax/maxart2/medium_9c31a5b205b8485405536fac8f8dee0c.jpg



Cuando añadí a mi anterior mensaje ese cuadro de Friedrich, que es uno de los símbolos del Romanticismo (así lo atestigua esa caótica Wikipedia de nuestros pecados), acudió a mi maltrecha memoria alguna imagen de mi último viaje a Italia, hace más de un año ya (“Y luego, cuando vuelva el otoño, iremos a Italia: Italiam!, es mi eterno ritornello”, dice el viejo Chateaubriand). Se trata de unos cuadritos que se conservan en la pinacoteca del Castello Sforzesco.

Por cierto, al entrar en esa misma sala se encuentra la Madonna con bambini, santi e angeli , de Filippo Lippi, que al parecer representa a los niños de cierta familia noble. Niños que no estaban solos, ya que a mi llegada encontré sentados en corro ante el cuadro, como completando el círculo, una veintena de niños menores de 8 añitos (y de carne y hueso) que soportaban la explicación de su maestra con la misma atención que los traviesos angeli, santi e bambini del retrato. Era tierna la imagen de los niños jugando sobre el puente de seiscientos años que los separaba, y parecía que los que gritaban a mi alrededor hubieran emergido del cuadro, o que yo me hubiera sumergido en él.




Entretenido con esta imagen, di inadvertidamente un pequeño salto de siglos para encontrarme ante una Venecia destruida. Se trataba de una serie de paisajes en los que una barca surcaba un mar en calma, con un cielo tormentoso al fondo, del que emergían diversas ruinas griegas y romanas. No costaba reconocer en estas imágenes la de Venecia misma hecha ruinas y pronto azotada por la tempestad. Pintados en el siglo XVIII, en el ocaso de la Serenísima, parecían anticipar su fin. Eran como sueños, en los que el artista se viera navegando entre los restos de la ciudad desolada, quizá en un futuro no demasiado lejano.

Eran, en cualquier caso, imágenes que parecían responder a los rasgos que establecen los tratados para la pintura romántica. Me encontraba así ante un romanticismo nacido en la laguna veneciana, como no podía ser de otra forma. Parecía más apropiado para este movimiento que su nacimiento oficial en el lejano y gélido norte. Poco después cubrí en parte alguna de mis innumerables lagunas aprendiendo que esos pintores llevan la etiqueta de “ruinistas”. Quede para los manuales el parentesco entre éstos y los Friedrich del norte, pero yo vi en esas ruinas mucho de lo que encuentro en las páginas de mi Chateaubriand.

Hablo de Leonardo Coccorante (Nápoles, 1680-1750) [Capriccio con architetture e mare calmo al chiaro di luna], Francesco Guardi (Venecia, 1712-93), etc. Es curioso que el romanticismo parezca anunciarse en la luminosa Venecia. En el XVIII su pretendido esplendor era engañoso, pero creía que el engaño surtía efecto y los venecianos no veían la miseria que escondía y disimulaba su falso esplendor. Quizá sólo para algunos iluminados la verdad era evidente, y la ruina inevitable. Y es asombroso el parentesco nórdico de este sentimiento.

En uno de los cuadros, unos gondoleros empujan sus barcas cargadas entre las ruinas. Parecen portar los restos del naufragio, o huir de la catástrofe. En cualquier caso es inconfundible la luz rosada del crepúsculo en la laguna.

Por cierto, que estoy a punto de leer la parte de las Memorias en que Chateaubriand narra su viaje a Venecia. Ya os contaré.

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Pero hablaba de Filippo Lippi. En la guía que llevaba (soy uno de esos turistas de Baedecker a los que ridiculizaban los novelistas del XIX) encontré dos breves noticias acerca de Lippi y su señor hijo. Las copio tal cual, que leídas del original no dejan de tener su gracia:

“Lippi, Filippino (1457-1504)
Pintor florentino, hijo de Fra Filippo (!). Sus obras más destacadas [...]
Lippi, Fra Filippo (h.1406-1469)
Pintor florentino, monje carmelitano que provocó un gran escándalo por su relación amorosa con una monja. [...]”

Debían ser unos tipos divertidos los artistas del Renacimiento. Como el llamado Sodoma, de quien dice mi guía:

“Sodoma (Gianantonio Bazzi) 1477-1549
Pintor nacido en Vercelli que trabajó principalmente en Siena y sus alrededores, donde fue una de las figuras más significativas de su tiempo junto con Beccafumi. Su estilo es de un eclecticismo abigarrado que mezcla de una manera casi siempre atractiva elementos anticuados con otros propios de la época. El origen de su apodo no precisa explicación.”

Esto me recuerda que tengo por ahí la “Vita” de Benvenutto Cellini, publicada hace poco por Alianza. Chateaubriand critica lo escandaloso de sus memorias. (El pobre anduvo enamoriscado de la deslumbrante Madame Recamier, y parece que fueron demasiado formales como para soltarse el pelo. Pobrecitos.)

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Pero volviendo a aquellos pintores italianos, decidme si no se nota cierto aire de familia con un Turner, por ejemplo...





Claro que los cuadros que citaba antes son minuciosamente ignorados por Google. Será que los he soñado...



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22/07/2007 03:55 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Venecia No hay comentarios. Comentar.

Paraíso e Infierno

 


Roberto Bolaño
, última entrevista:


"¿Cómo es el paraíso?

–Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa.

¿Y el infierno?

–Como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos."


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-843.html



29/01/2007 00:29 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Venecia Hay 1 comentario.

Brodsky veneciano

 



Cuelgo, tal cual, un texto saqueado de otro blog:


"Il Messaggero. Brodsky en Venecia. En Venecia, un día de diciembre de 1989, hacia las 18 hs., algunas personas (entre las que se encontraban quien relata esto en el Corriere della Sera, Armando Torno) buscaban a Joseph Brodsky. ¿El motivo?: esa tarde tenía lugar la presentación de su nuevo libro, La calle de los incurables. Brodsky no se había presentado a la cita en el hotel, no estaba en su habitación y no había dejado ninguna indicación al conserje. Había desaparecido. Armando Torno, ligeramente intranquilo, comenzó a buscarlo -¿lo mismo hicieron los demás?- sin una meta fija. Las agujas giraban y Brodsky no aparecía. La busqueda del escritor que dos años antes había recibido el Premio Nobel, y que probablemente se había olvidado de la presentación, comenzó así. Pero buscar a alguien por las cales de Venecia es algo verdaderamente cansador: se suben escaleras, se bajan escaleras, se recorren calles, se exploran rincones, se escrutan velozmente miles de rostros, y sin darse cuenta uno aparece en el mismo punto de donde partió. Ninguna pista de Brodsky. Esa tarde había en las calles menos gente de lo que era habitual. Finalmente, Torno llegó al Palazzo Patriarcale, allí donde nace la Calle del Angelo. Brodsky se había materializado como un milagro, estaba allí, sentado en un rincón, al lado de un viejo que reparaba paraguas. El artesano ajustaba cada paraguas como si fuese una pieza preciosa, con sumo cuidado, con esos gestos lentos que revelan un antiguo afecto por el propio oficio. Y Brodsky, con sus pequeños anteojos de revolucionario ruso, observaba."

Últimas de Babel


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Y de otro lugar, este otro hermoso texto veneciano -en homenaje a Brodsky y a la Ciudad- de Calvo Serraller:

"Agua

  Francisco Calvo Serraller


       La primera vez que el poeta arribó a Venecia fue en un día de invierno, frío, brumoso y en el crepúsculo. Durante el largo trayecto del 'vaporetto', recorriendo el gran canal de punta a cabo, desde la estación de ferrocarril hasta San Marcos, la noche transformó el agua en una humeante lámina negra, extrañamente imbuida de un silencio aún más subrayado por el ronroneo del motor, el chapoteo en las orillas y el ronco quejido de alguna bocina. Las luces amarillas cruzando la oscura niebla como exhalaciones quiméricas y el penetrante olor gélido de las algas fueron aumentando la sensación de irrealidad del poeta, que pronto se dejó ganar por la melancolía.
     Según como el poeta, Joseph Brodsky (1940-1996), lo describió, en un pequeño ensayo inolvidable, titulado 'Fondamenta degli Incurabili' (1989), este lento trayecto nocturno en el 'vaporetto' era como el paisaje de un pensamiento coherente a través del subconsciente, donde la oscuridad, la bruma, el inestable suelo de la embarcación de retardada deriva, todo, finalmente, remitía a una meditación sobre el agua, sin duda, el elemento primordial de Venecia. Pero, para Brodsky, la acuidad del agua no era allí sólo una obviedad física, sino también el resultado de que "en esta ciudad el ojo adquiere una autonomía parecida a la de la lágrima", con la única diferencia de que ésta no se separa del cuerpo, sino que lo subordina completamente.
     Pensaba yo en ello al contemplar, en la Galería de la Academia, la escalofriante 'Pietà', que pintó el último Tiziano, con su marmórea arquitectura blanca atravesada por la diagonal de dolor del grupo de figuras que acompañan al Cristo yacente, y, sobre todo, con sus extraños colores como de agua. En el centro, al pie de la dorada hornacina, el azul intenso de la túnica de la Virgen; a un lado, el verde oliva azafranado de la mujer que grita; en el otro, el rosa fucsia, veteado de luz, del hombre que se agacha. Agrios colores del llanto y de la desesperación, cierto, pero también los que convierten el estremecido cuerpo del contemplador en algo subordinado al ojo.
     He aquí la función, según Brodsky, de Venecia, que permanece estática mientras nosotros nos movemos. La aprendemos gracias al agua en la que flota y, también, a la lágrima que nos permite ver, "porque nosotros marchamos" concluye el poeta "y la belleza permanece. Porque nosotros nos dirigimos hacia el futuro mientras la belleza es el eterno presente. La lágrima es una regresión, un homenaje del futuro al pasado". En cualquier caso, la belleza sobrevive al hombre; la lágrima, al que llora; el amor, al que ama."
 

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Por cierto, leo en "La letra sin sangre entra" que Venecia es la ciudad con más metáforas por metro cúbico del orbe. Y aporta una, tomada de Brodsky, que bien podría ser la más bella (o la más verdadera): "Dice el maestro ruso que las callejuelas venecianas le recuerdan a los pasillos de una biblioteca." Eso era, sí...

(Menciono lo de la verdad y la belleza porque, según Ignacio Carrión, Brodsky no deseaba crear belleza alguna: le importaba la verdad. Aunque, paradójicamente, sospecho que la apostilla de Serraller, eso de que "la belleza sobrevive al hombre; la lágrima, al que llora; el amor, al que ama", no es más que una consoladora mentira: las lágrimas se olvidan; y qué decir de los amores cicatrizados, o de las bellezas marchitas...)


Vale.

 

03/07/2006 03:23 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Venecia Hay 1 comentario.

Abierto por vacaciones

 

 

SHYLOCK.-  ¡Oh!, no, no, no, no. Mi intención al decir que es bueno es haceros comprender que lo tengo por solvente. Sin embargo, sus recursos son hipotéticos; tiene un galeón con destino a Trípoli; otro en ruta para las Indias; he sabido, además, en el Rialto que tiene un tercero en Méjico y un cuarto camino de Inglaterra. Posee algunos más, esparcidos aquí y allá. Pero los barcos no están hechos más que de tablas; los marineros no son sino hombres; hay ratas de tierra y ratas de agua; ladrones de tierra y ladrones de agua; quiero decir piratas.”

El mercader de Venecia
William Shakespeare


Venecia es una nación edificada sobre el robo. Su ascenso hasta la condición de primera potencia comercial –o una de las primeras-, está marcado por dos episodios de bandidaje o piratería. El primero es el robo de las reliquias de San Marcos. En el año del señor (o del demonio) 828, un par de mal llamados mercaderes venecianos, desembarcaron en el puerto de Alejandría y se hicieron con los restos del santo. Cuenta la leyenda que la divinidad desencadenó una oportuna tormenta que mantuvo a los alejandrinos refugiados en sus casas, mientras los piratas trasladaban el botín hasta su nave. Una vez en ella, y con el fin de ocultar las reliquias a los ojos y narices de los pérfidos aduaneros infieles, tuvieron la ocurrencia de poner en salazón al pobre santo: y así, oculto bajo una porción de tajadas de marrano salado, se mantuvieron a salvo de las aterradas manos de los musulmanes, que no osaron escarbar en la maloliente tocinera. De allí a Venecia no hubo más contratiempos –deus ex machina meteorológico, travesía impecable-, y no tardaron los restos del evangelista en descansar en tierras vénetas. Aquello supuso un empujón al prestigio isleño comparable a la victoria en un mundial de fútbol, como poco, y llevó a San Marcos a convertirse en el capitán indiscutible del santoral veneciano, en detrimento del pobre San Teodoro, que en vano se exhibe victorioso sobre el dragón en lo alto de una columna gemela a la de San Marcos –en versión león alado-, en aquella piazzetta donde los turistas, para mayor escarnio, lo confunden –si es que se fijan en él- con su colega San Jorge, también muy de matar lagartos.


El otro episodio es uno de los más infames de la historia de la humanidad –y ya es decir. Se trata del saqueo de Constantinopla que llevaron a cabo los europeos en aquella peor llamada “cuarta cruzada” del año 1204. Por “sugerencia” del dux Enrico Dandolo (viejo, ciego y ambicioso), los cruzados hicieron un alto en su camino a tierra santa para tomar Constantinopla a sangre y fuego, y robar hasta las piedras. El botín de aquel saqueo –cuya mayor parte tocó a Venecia- vino a adornar la ciudad de la laguna, y aún hoy se puede contemplar sus restos: son las columnas que adornan la fachada de San Marcos, los magníficos pilares que se alzan en la fachada sur, la escultura de los tetrarcas que guardan la cámara del tesoro, en la que se custodia medio centenar de reliquias y joyas también fruto de la rapiña. O los caballos que coronan las puertas de la basílica. O el icono de la Virgen Nicopeia, que los ejércitos bizantinos llevaban a la batalla para lograr la victoria, y ante la cual rezan ahora un puñado de beatos turistas, como si de una vulgar estampita se tratase. En parte, podría decirse (exagerando un poco) que los monumentos venecianos son las ruinas de Bizancio.


Es por eso que uno no se siente tan indignado cuando viene a ser víctima de este hospitalario pueblo. Dicen que Venecia es una de las ciudades más seguras del mundo, y es cierto. Uno puede pasear tranquilamente por sus puentes, por sus canales, por los callejones más siniestros y los barrios más tenebrosos sin temor a que aparezca un navajero o una banda de asaltadores. Y es que en Venecia el robo es una institución, algo tan legal como el honrado comercio. Los ladrones no tienen necesidad de malvivir y buscarse el pan por las esquinas, a la intemperie. ¿Para qué? Tienen todos su local, su tiendecita, su restaurante. Y los turistas acuden encantados a entregarles el dinero sin que tengan que abandonar sus refugios, turistas que además se van tan felices, tan satisfechos, tan pobres. Además, qué honor para un sudoroso y colorado viajero occidental, tan de clase media y tan turista, el verse encumbrado a la categoría de un alejandrino del siglo IX, a la de un súbdito bizantino del XIII, qué honrosa compañía. Reconozcámoslo: así da gusto dejarse robar. Así se pagan con gusto mil pesetas (de las antiguas o de las modernas) por una botellita de agua y un café. Botines más ricos se han llevado los antepasados de estos piratas de tierra firme, que ya no necesitan ni embarcarse para hacerse con el oro. La verdad es que han mejorado. Chicos listos.


En fin, fuera de bromas, Venecia es una enferma que goza de muy buena salud y, a pesar de las ratas, las palomas, los venecianos, los turistas y los apocalípticos sigue siendo –y lo será por muchos años- la ciudad más hermosa.

 

Bueno, pues que ya estoy de vuelta.

Vale.
 

02/07/2006 01:53 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Venecia Hay 2 comentarios.

Cerrado por Vacaciones

 

 

Pues nada, que marcho para Italia. En unas semanas estaré de nuevo por estos pagos. Hasta entonces, que lo paséis bien y que no os hagan trabajar demasiado.

Para despedirme, dejo un detallito veneciano del gran Cunqueiro:

 

"La muerte de Venecia


La muerte en Venecia viene a través de un espejo, del espejo «beige» de las aguas, o simplemente de los altos y decorados espejos. Se acerca en la hora meridiana, cuando el cuerpo apenas hace sombra. Annina contemplaba en su palacio del Gran Canal los retratos de las hermosas damas de la familia Morosini. Todas las mujeres que retrataron los pintores venecianos se parecen en la tranquila dulzura de la mirada y en la pureza «voluntaria» de las facciones, obra de un sueño interior: «Tú serás así...», se dicen, y os miran desde su sueño y las contempláis en él. «Desconfía de ellas», le advierte d'Annunzio. «¿Soportarían esos retratos el peso de una rosa fresca en las largas manos de las hermosas damas retratadas? Tú eres algo como eso.» Pero la genovesa de ojos verdes no teme nada. Se asoma a la galería del palacio, para ver llegar un pavo real que le regala el Kaiser Guillermo II: viene el ave en la góndola como un enorme abanico que flotase sobre las quietas aguas; Annina ríe y aplaude: «¡Pero si es una gallina que da flores!», exclama. Annina abre todas las ventanas del palacio, llena todos los salones de flores y de pájaros, y a la cabecera de su lecho coloca dos muñecos, dos ulanos de guerrera blanca y larga lanza, también regalo del Emperador. ¿Les dice, acaso, versos de Louise de Vilmorin?


«Oficiales de la guardia blanca,

guardadme de ciertos pensamientos nocturnos,

guardadme de las luchas cuerpo a cuerpo y del peso

de una mano sobre mi cintura.»

 

Desenfunda Annina los grandes pianos para las manos de Paderewski, y desempolva el viejo clavecín de madera de sándalo, que tiene en el teclado una mancha de sangre que nadie ha logrado borrar. Pero Annina Sara Morosini aprende, de pronto, que pese a sus risas, a las flores y a los pájaros, a los d'Annunzio profetizó se deslizan por el palacio, y  una noche una seda fría le ciñe el cuello, y aprieta, aprieta: una ventana que se bate ahuyenta la sombra homicida. Desde entonces Annina Sara vagará largos años por sus estancias venecianas como un Hamlet, hasta que la muerte viene a buscarla a Venecia, a los noventa y dos de su edad. (Quizá haya que revisar la idea de Hamlet como un espíritu oscuro e indeciso. De una última lectura de la obra de Shakespeare he salido con la impresión de que Hamlet sabe muy bien lo que quiere, y él quiere, en primer lugar, salvar su vida; solamente cuando se siente decididamente amenazado, actúa. Y en lo que respecta a la oscuridad, a la oscura pasión y reflexión de Hamlet, eso ya es Shakespeare, esas sombras que Shakespeare, en el instante de la máxima tensión, construye con vagas y temerosas palabras.) En las grandes fiestas venecianas, Annina subía a su góndola de ébano y oro, y fue hasta su muerte la más hermosa y turbadora sonrisa de Venecia. Sonreír desde la soledad es soñar.

Los periódicos y las revistas italianas le dedican estos días páginas y páginas, y los dogos Morosini son, por un instante, actualidad. Se cuenta la vida de Annina Sara, hija de un banquero genovés —los banqueros Rombo, célebres desde Carlos V, que dieron nombre a un bizcocho, buscaron la piedra filosofal, subvencionaron la campaña de Italia del joven Bonaparte y una insurrección en Polonia con música de Chopin, y coleccionaron monedas antiguas y relojes—, casada con el conde Morosini, último descendiente de los grandes dogos de este apellido, y reina y señora de Venecia durante setenta años. Se cuenta de quienes la amaron, y de las rojas rosas que llevaron su nombre. Como Homero a Helena, d'Annunzio la llamará «la de los hermosos párpados», y Guillermo II, desterrado en Dorn, abriendo su estuche que guardaba un aderezo de esmeraldas, exclamará conmovido: «¡Los ojos de Annina!». «Todas las grandes bellezas venecianas, todas las mujeres que amaron en Venecia, están en los espejos de los viejos palacios, y en las aguas moribundas, esperando todavía una hora de amor, que ya no vendrá...» Quizás sea éste también el destino de Annina Sara, y quizás por el verde de los dormidos ojos sean ahora más verdes las aguas de las lagunas, y por la velada sombra de su cuerpo, más sombríos los espejos venecianos. Yo escribo hoy de ella porque hay que escribir del amor, y de los grandes amores, que se acaban ya en la memoria y en la imaginación de las gentes. Se acaban los grandes y extremados amadores. Isolda ha muerto en Venecia ayer. "
 

De la serie «Las crónicas», 5 de mayo de 1954.
Álvaro Cunqueiro

 

19/06/2006 19:49 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Venecia Hay 4 comentarios.

Venecia (1)




"En medio de un vasto lago, batida de las olas de la mar, se levanta entre las aguas una grande y soberbia ciudad, llena de elegantes cúpulas, altas torres, magníficos templos, grandiosos palacios, y muchos y suntuosos edificios. Una gran multitud de varias y bien pobladas islas, esparcidas por todos sus contornos, sirven de noble corona a esta soberana reina de aquellos mares. De cualquier parte que se vaya no se puede llegar a ella sino por agua, y desde lejos se le ve ya torrear y levantar su real cabeza; se van costeando amenas y deliciosas islas, y desde luego se empieza a asombrar y encantar el forastero que la contempla. Sin fosos ni contrafosos, sin muros ni antemurales, sin puentes levadizos, sin puertas ni soldados, sin guardias ni centinelas, sin aparato militar, y sin alguna pompa exterior de las que suelen impedir el ingreso de otras ciudades, se entra por todas partes tranquila y libremente en Venecia, como en un templo y asilo de la paz y libertad."

Cartas familiares del abate D. Juan Andrés a su hermano D. Carlos Andrés, dándole noticia del viage que hizo a varias ciudades de Italia en el año 1791, publicadas por el mismo D. Carlos.

En Cartas Familiares (Viaje de Italia), vol. II. Juan Andrés. Ed. Verbum, 2004


18/05/2006 00:38 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Venecia No hay comentarios. Comentar.


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