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Ojeo en una caseta de la feria del libro “El juego del ángel”, de Ruiz Zafón, y me pregunto una vez más qué ve la gente en sus novelas. Desde luego, están por toda la feria. Parece que las compran a puñados. Debe de ser cosa mía. Soy muy raro.
Me siento en una terraza, a pasar frío, y nada más abrir el periódico por las páginas de Cultura (je) me topo con un titular inmenso: “Aquí la literatura es un gueto de mediocridad y pretensión”. Ruiz Zafón dixit. Un sudor frío recorre mi espalda, como en una mala novela. Quizá estoy perdiendo el contacto con la realidad. La cosa empieza a ser preocupante, de manera que decido buscar remedio en Google. (Sí, soy tonto, qué pasa.)
Resumiendo, mis indagaciones no han tenido demasiado éxito. Da la sensación de que la poca crítica literaria que se deja ver por la red prefiere ignorar olímpicamente a Ruiz Zafón. No se lo reprocho, pero creo que no estaría de más ir tomando nota de su existencia.
Eso sí, Internet es un hervidero de blogs, foros y reseñas amateur dedicadas a “La sombra del viento” y a “El juego del ángel”. Al menos no hay ninguna dedicada al autor en plan estrella de cine, como ocurre con otros. La mitomanía tiene sus límites. En cualquier caso, el tono de estas es casi unánimemente laudatorio, entusiasta, casi hooliganesco. Qué pasiones, qué entusiasmos, qué uniformidad. Únicamente aparece roto este tono, aquí y allá, por ataques en general no demasiado brillantes ni bien argumentados. Casi como las breves menciones despectivas que le han dedicado otros autores; eso sí, sin aportar un solo argumento consistente.
Ah, doy al fin con un estudio serio: el publicado por Eduardo Ruiz Tosaus en Espéculo. Lo leo y lo releo, y le envidio a Ruiz Zafón un crítico tan benévolo. Trata el hombre de explicar tal fenómeno, tal éxito de ventas, y parece uno de esos críticos de cine que ya no osan castigar a los taquillazos, y les regalan críticas de almíbar. Pero no me satisface: no acaba de explicar el dolor de úlcera que me asalta ante ciertas frases de “La sombra del viento”. ¿Nadie se atreve a analizar los sufrimientos que experimenta el idioma en manos de este hombre? Se ve que no. Nadie. Nadie, hasta que doy con un proyecto de crítica esbozado por Arcadi Espada en El mundo:
“El Magazine del periódico publica un adelanto de la nueva novela de Ruiz Zafón. Este escritor es un caso serio: al parecer vendió diez millones de ejemplares de su anterior obra, La sombra del viento. Diez millones por 14,5 euros son 145 millones de euros. Es mucho movimiento.
Desconozco las razones del éxito de Ruiz Zafón. Supongo que tendrán que ver con la escritura, aunque no sé bien en qué sentido. He leído la presentación que hace en el periódico de su próxima novela y su prosa es muy escolar, aunque vete a saber tú cómo está ahora la escuela. Respecto a la escritura, sin embargo, mucho más interesante y significativo es el fragmento de la nueva novela que publica el Magazine:
"Una madrugada desperté de golpe sacudido por mi padre, que volvía de trabajar antes de tiempo. Tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a aguardiente. Le miré aterrorizado y el palpó con los dedos la bombilla desnuda que colgaba de un cable. --Está caliente. Me clavó los ojos y lanzó la bombilla con rabia contra la pared. Estalló en mil pedazos de cristal que me cayeron en la cara pero no me atreví a apartarlos."
Etcétera. Es realmente malo. Pésimo. Siete líneas. Palpó con los dedos, declara. Las bombillas son de cristal, descubre. "Mil pedazos". "Clavó los ojos". "Inyectados en sangre". Y estos poderes del muchacho que en una habitación a oscuras ve en los ojos de su padre hasta las venillas. La cuestión principal no es que Ruiz Zafón sea un hórrido escritor. En los negocios esto no es importante. La cuestión principal atañe a sus editores: que después de haberse embolsado alrededor de 70 millones de euros con su primer libro no le hayan comprado al pobre Ruiz Zafón un equipo de correctores o al menos un programa informático de nivel medio. La dejadez editorial (que lo hayan abandonado con sus innumerables anacolutos y sus gozosos problemas de raccord) es lo realmente sorprendente. A menos que la dejadez no sea causa, precisamente, del éxito.”
Algo se aproxima, sí. La obra de Ruiz Zafón es un monumento al anacronismo, a la prosa descuidada y al anacoluto. Bien visto. ¿Estamos en la pista de una futura crítica que diseccione el fenómeno como se merece: en vivo y sin anestesia? No, amigos. No, porque estamos en la edad de oro de la sofística, que permite retorcer los argumentos hasta demostrar que lo blanco es negro y lo negro es blanco. Un manejo sutil de las palabras permite al sofista elevar a un autor hasta la cumbre o hundirlo en la miseria con tan sólo apenas cambiar una coma. Sin puntos de referencia, el crítico revolotea por los aires hasta poner el mundo boca abajo. Y el caso es que no es otro que alguien tan solvente como Justo Navarro quien se encarga de rebuscar entre la inmundicia hasta dar con pepitas de oro, invertir los valores y convertir los defectos en virtudes:
“A Carlos Ruiz Zafón le gustan las frases ritualmente literarias. Si su héroe entra en la casa que acaba de alquilar, lo hace como una legión de "exploradores británicos adentrándose en las tinieblas de un milenario sepulcro egipcio". El atardecer cubre el cielo "como un sudario rojo". Barcelona es "un perpetuo y negro crepúsculo de humo de fábricas". La literatura tiene su liturgia, sus encantamientos, y los ritos, como supo un poeta inglés, son el lazo atemporal que une a muertos y nonatos. Martín será inmortal porque escribe como un santo evangelista y dispara con tino y aplasta tráqueas. "Hundí el puño en su boca, partiéndole los labios y arrancándole varios dientes", dice el superhéroe, escribiendo como si escribiera hoy, lo que explica que en los años veinte un Rolls-Royce sea ya una pieza de coleccionista, y haya un Mercedes-Benz viejísimo en el garaje de una casa que se hundió en 1904, y un periodista de 1917 hable de meritocracia y medios de comunicación de masas, y existan ya becarios de los que abusar en la redacción de los periódicos. Lo que leemos es absolutamente actual, música de sampling y mezclas, cine y literatura y videojuegos, nostalgia y devoción: recordatorio de que hasta las más sagradas invenciones son literatura fantástica.“
Mira tú por dónde, lo que hace Ruiz Zafón no es sino un ejercicio metanarrativo en el que entran en juego, por una parte, multitud de referencias cinematográficas y literarias (cómic incluido), y por otra el empleo de motivos actuales para introducir una reflexión acerca del carácter ficticio de la narración, en un juego comparable a los malabarismos metaficcionales de un Vladimir Nabokov. Toma ya. De manera que era eso. Acabáramos...
No hay nada como caer en gracia. En fin, yo me siento incapaz de profundizar en el tema. Uno acaba enfangado en debates en los que las cifras de ventas se convierten en argumentos, o repitiendo lo malos que son esos programas de la tele que ven tantos millones de paisanos. Qué rollo. Al menos, de la entrevista de El país se deduce que don Carlos no es un estafador, ni un charlatán, ni un vendedor de mercancía averiada (un Follet): el hombre es sincero. Lo que pasa es que no da más de sí. Ni él, ni nosotros. A mí me queda el regusto amargo que deja su estilo "novela juvenil", combinado con toques de casticismo rancio y literatura acartonada. Que no me gusta, vamos.
Bueno. Pues en espera de que alguien se dedique a analizar como es debido el estilo zafonesco (también son ganas...), me quedaré leyendo a Bolaño o a Pitol (no digo Proust o Benet para que no me llamen pedante), y repitiendo con Antonio Rabinad:
“Empecé La sombra del viento, en la primera página pensé que tenía cierta gracia de literatura barata, pero luego no pude pasar de la segunda, no soporto sus incongruencias, qué burradas... Zafón no tiene ni idea de la Barcelona de la posguerra ... “
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Hoy aparece en El país la desasosegante noticia de que el hijo de Vladimir Nabokov va a publicar la “última novela inédita” que dejó al morir su señor padre. Naturalmente, se trata de un puñado de papeles que contienen el esbozo de una historia inacabada, y probablemente el pobre Vladimir se revolcaría en su tumba ante la perspectiva de la publicación de un borrador a medio cocer. Pero sucede que Dimitri Vladimirovich es de esos hijos de escritor que no sólo ha vivido a la sombra del padre, sino que se ha construido un chamizo con los huesos de aquel, para protegerse de las inclemencias de la pobreza hasta la jubilación y más allá. Bien por Vladimir, que fue capaz de construir una obra tan rica como para dar de comer a varias generaciones de Nabokovs, sin que tengan que dar un palo al agua.
Reclamaba Javier Marías en un artículo el derecho de dejar un patrimonio a los hijos en forma de obra literaria, como quien deja unas fincas o un emporio industrial. Puede que no le falte razón, pero para quienes pensamos que una novela no es una fábrica de chorizos ni un patatal, el asunto se reduce a consentir que unos zangolotinos vivan del cuento (literalmente) escrito por los papis. Y oiga, como que no.
Hemos pasado de una literatura antigua en la que el autor sólo era un fantasma, que enriquecía a la manera de un Shakespeare el legado de las viejas generaciones (emulatio, imitatio y unos toques de genio) a considerar la obra literaria como un producto industrial hasta las últimas consecuencias. Sé que es polémico cuestionar el concepto de derecho de autor, o el más tosco y anglosajón de copyright, pero no creo que debamos lanzarnos por un camino a ciegas obviando las múltiples contradicciones que encierran unos y otros sistemas. Está por encontrar la solución.
Pero yo a lo que quería referirme era, más que al derecho de los hijos de vivir del trabajo de los padres (innoble para quienes en su día criticábamos el concepto mismo de herencia, como hacía alguno de estos escritores ex-progres que ahora quieren dejar la mesa puesta a sus niños), a la práctica cada vez más extendida de saquear hasta la última nota manuscrita dejada por un autor muerto para lanzar ediciones y ediciones de supuestas obras inéditas, en realidad inexistentes.
Nadie critica que un albacea se invente obras de un Bolaño, si de lo que se trata es de sacar adelante a una familia abandonada trágicamente a su suerte por la muerte prematura de un genio como don Roberto, pero cuando encontramos a un Dimitri Vladimirovich o a un Tolkien Junior viviendo hasta los restos del trabajo de papá, la cosa cobra un cariz más amargo. De vez en cuando vemos también en la tele a algún camilo de apellido aristocrático tratando de ganarse los garbanzos y el prestigio a costa de los de papá, pero por patético que resulte no deja el hombre de hacer un esfuerzo propio. Lo de inventarse obras inexistentes a partir de notas sueltas y restos de apuntes dejados atrás por escritores muertos es algo que entra en el ámbito de la piratería y la necrofagia, y puesto que los académicos, críticos y editores viven del negocio, deberíamos ser los lectores quienes dejando atrás la pena, la admiración o el morbo, nos negásemos a participar en semejante banquete fúnebre, en el que el plato principal es la chicha del propio difunto. Y que dejen de mentar a Brod y a Kafka. Esto es inmoral.
Claro que al menos estos buitres se esperan a que el autor estire la pata. Es más patético el caso de las barraganas que exprimen a los genios decrépitos para sacarles opúsculos infames antes de su paso a mejor vida. Ahí están los casos de cierto autor uruguayo y de cierta momia argentina que de vez en cuando dan a la imprenta obritas absolutamente infames y evidentemente apócrifas. ¿No podrían tener esas señoras algo de paciencia? Sólo tienen que aguardar un poco para convertirse en viudas ilustres y presidentas de fundaciones. Como dijo el moribundo al buitre que le roía las canillas: “Caray, qué prisas.”
El caso es no trabajar...
Pero aún encontramos en este desconcertante sábado otro ejemplo de carroñería, en el afán que demuestran ciertos comentaristas por convertir a Thomas Mann en toda una locaza:
“Durante mucho tiempo se consideró Muerte en Venecia una obra criptogay. Un músico maduro -un escritor, en la novela de Mann-, respetable, casado y con prole, conoce de repente a un muchachito guapo y pierde por completo la razón. Disimula su metamorfosis haciendo sublimes consideraciones acerca del arte, de la belleza ideal y de los desarreglos que acarrea la vida, pero lo que en realidad desea es encamarse con Tadzio, quitarle su traje de baño de rayas o su vestido de marinerito y revolcarse a su lado con rijosidad.” [Babelia]
Bonita forma de devaluar una obra de arte. Y es que el tercer modo de practicar la necrofagia literaria pasa por rebuscar en las miserias de autores difuntos para convertirlas en parte del legado. Aunque haya que mentir. Todo sea por el morbo. Asistimos así a la publicación de librejos como la infinidad de biografías de Proust, en las que obviando cualquier consideración artística o literaria, el biógrafo hoza como un marrano en la intimidad de la persona, convirtiendo el análisis literario en una variante del periodismo amarillista más inmundo. ¿Para qué molestarse en comprender la obra de un Mann o un Proust, si todo lo que importa es si eran o no iconos criptogays? Si llegan a saber que lo único que importaría a la posteridad iba a ser lo que hacían en la alcoba (inventado o no), y no lo que escribían en el despacho, a buenas horas nos dejan regalos tan maravillosos como sus novelas, tan lejos de lo que se escribe hoy en día como lo están sus biógrafos del concepto de decencia.
En resumen, creo que dejar de leer a ciertos infames viene a ser tan urgente como dejar de ver ciertas televisiones. Emprendamos en su lugar una buena cacería de buitres, antes de que terminen por convertir las bibliotecas en casquerías. Camino llevamos.

Al escribir el anterior mensaje y revisar la apariencia del blog, me he percatado de lo peculiar del retrato napoleónico que colgué el otro día. Y automáticamente he recordado a aquel maravilloso admirador del corso que retrató el genial Mihura, en Tres sombreros de copa. Atentos al diálogo, que deja en mantillas a Lubitsh, a Wilder y al mismísimo Marx (Groucho):
"Don sacramento. (Dentro.) ¡Dionisio! ¡Dionisio! ¡Abra! ¡Soy yo! ¡Soy don Sacramento! ¡Soy don Sacramento! ¡Soy don Sacramento!...
dionisio. Sí... Ya voy... (Abre. Entra don sacramento, con levita, sombrero de copa y un paraguas.) ¡Don Sacramento! don sacramento. ¡Caballero! ¡Mi niña está triste! Mi niña, cien veces llamó por teléfono, sin que usted contestase a sus llamadas. La niña está triste y la niña llora. La niña pensó que usted se había muerto. La niña está pálida... ¿Por qué martiriza usted a mi pobre niña?...
dionisio. Yo salí a la calle, don Sacramento... Me dolía la cabeza... No podía dormir... Salí a pasear bajo la lluvia. Y en la misma calle, di dos o tres vueltas... Por eso yo no oí que ella me llamaba... ¡Pobre Margarita!... ¡Cómo habrá sufrido!
don sacramento. La niña está triste. La niña está triste y la niña llora. La niña está pálida. ¿Por qué martiriza usted a mi pobre niña?...
dionisio. Don Sacramento... Ya se lo he dicho... Yo salí a la calle... No podía dormir.
don sacramento. La niña se desmayó en el sofá malva de la sala rosa... ¡Ella creyó que usted se había muerto! ¿Por qué salió usted a la calle a pasear bajo la lluvia?...
dionisio. Me dolía la cabeza, don Sacramento...
don sacramento. ¡Las personas decentes no salen por la noche a pasear bajo la lluvia...! ¡Usted es un bohemio, caballero!
dionisio. No, señor.
don sacramento. ¡Sí! ¡Usted es un bohemio, caballero! ¡Sólo los bohemios salen a pasear de noche por las calles!
dionisio. ¡Pero es que me dolía mucho la cabeza!
don sacramento. Usted debió ponerse dos ruedas de patata en las sienes...
dionisio. Yo no tenía patatas...
don sacramento. Las personas decentes deben llevar siempre patatas en los bolsillos, caballero... Y también deben llevar tafetán para las heridas... Juraría que usted no lleva tafetán...
dionisio. No, señor.
don sacramento. ¿Lo está usted viendo? ¡Usted es un bohemio, caballero!... Cuando usted se case con la niña, usted no podrá ser tan desordenado en el vivir. ¿Por qué está así este cuarto? ¿Por qué hay lana de colchón en el suelo? ¿Por qué hay papeles? ¿Por qué hay latas de sardinas vacías? (Cogiendo la carraca que estaba en el sofá.) ¿Qué hace aquí esta carraca? (Y se queda con ella, distraído, en la mano. Y, de cuando en cuando, la hará sonar mientras habla.)
dionisio. Los cuartos de los hoteles modestos son así... Y éste es un hotel modesto... ¡Usted lo comprenderá, don Sacramento!...
don sacramento. Yo no comprendo nada. Yo no he estado nunca en ningún hotel. En los hoteles sólo están los grandes estafadores europeos y las vampiresas internacionales. Las personas decentes están en sus casas y reciben a sus visitas en el gabinete azul, en donde hay muebles dorados y antiguos retratos de familia... ¿Por qué no ha puesto usted en este cuarto los retratos de su familia, caballero?
dionisio. Yo sólo pienso estar aquí esta noche...
don sacramento. ¡No importa, caballero! Usted debió poner cuadros en las paredes. Sólo los asesinos o los monederos falsos son los que no tienen cuadros en las paredes... Usted debió poner el retrato de su abuelo con el uniforme de maestrante...
dionisio. Él no era maestrante... El era tenedor de libros...
don sacramento. ¡Pues con el uniforme de tenedor de libros! ¡Las personas honradas se tienen que retratar de uniforme, sean tenedores de libros o sean lo que sean! ¡Usted debió poner también el retrato de un niño en traje de primera comunión!
dionisio. Pero ¿qué niño iba a poner?
don sacramento. ¡Eso no importa! ¡Da lo mismo! Un niño. ¡Un niño cualquiera! ¡Hay muchos niños! ¡El mundo está lleno de niños de primera comunión!... Y también debió usted poner cromos... ¿Por qué no ha puesto usted cromos? ¡Los cromos son preciosos! ¡En todas las casas hay cromos! «Romeo y Julieta hablando por el balcón de su jardín», «Jesús orando en el Huerto de los Olivos», «Napoleón Bonaparte, en su destierro de la isla de Santa Elena»... (En otro tono, con admiración.) Qué gran hombre Napoleón, ¿verdad?
dionisio. Sí. Era muy belicoso... ¿Era ese que llevaba siempre así la mano? (Se mete la mano en el pecho.)
don sacramento. (Imitando la postura.) Efectivamente, llevaba siempre así la mano...
dionisio. Debía de ser muy difícil!, ¿verdad?
don sacramento. (Con los ojos en blanco.) ¡Sólo un hombre como él podía llevar siempre así la mano!...
dionisio. (Poniéndose la otra mano en la espalda.) Y la otra la llevaba así...
don sacramento. (Haciendo lo mismo.) Efectivamente, así la llevaba.
dionisio. ¡Qué hombre!
don sacramento. ¡Napoleón Bonaparte!... (Pausa admirativa, haciendo los dos de Napoleón. Después, don sacramento sigue hablando en el mismo tono anterior.) Usted tendrá que ser ordenado... ¡Usted vivirá en mi casa, y mi casa es una casa honrada! ¡Usted no podrá salir por las noches a pasear bajo la lluvia! Usted, además, tendrá que levantarse a las seis y cuarto para desayunar a las seis y media un huevo frito con pan...
dionisio. A mí no me gustan los huevos fritos...
don sacramento. ¡A las personas honorables les tienen que gustar los huevos fritos, señor mío! Toda mi familia ha tomado siempre huevos fritos para desayunar... Sólo los bohemios toman café con leche y pan con manteca.
dionisio. Pero es que a mí me gustan más pasados por agua... ¿No me los podían ustedes hacer a mí pasados por agua...?
don sacramento. No sé. No sé. Eso lo tendremos que consultar con mi señora. Si ella lo permite, yo no pondré inconveniente alguno. ¡Pero le advierto a usted que mi señora no tolera caprichos con la comida!...
dionisio. (Ya casi llorando.) ¡Pero yo qué le voy a hacer si me gustan más pasados por agua, hombre!
don sacramento. Nada de cines, ¿eh?... Nada de teatros. Nada de bohemia... A las siete, la cena... Y después de la cena, los jueves y los domingos, haremos una pequeña juerga. (Picaresco.) Porque también el espíritu necesita expansionarse, ¡qué diablo! (En este momento se le descompone la carraca, que estaba tocando. Y se queda muy preocupado.) ¡Se ha descompuesto!...
dionisio. (Como en el acto anterior Paula, él la coge y se la arregla.) Es así. (Y se la vuelve a dar a don sacramento que, muy contento, la toca de cuando en cuando.)
don sacramento. La niña los domingos, tocará el piano, Dionisio... Tocará el piano, y quizá, quizá, si estamos en vena, quizá recibamos alguna visita... Personas honradas, desde luego... Por ejemplo, haré que vaya el señor Smith... Usted se hará en seguida amigo suyo y pasará charlando con él muy buenos ratos... El señor Smith es una persona muy conocida... Su retrato ha aparecido en todos los periódicos del mundo... ¡Es el centenario más famoso de la población! Acaba de cumplir ciento veinte años y aún conserva cinco dientes... ¡Usted se pasará hablando con él toda la noche!... Y también irá su señora...
dionisio. ¿Y cuántos dientes tiene su señora?
don sacramento. ¡Oh, ella no tiene ninguno! Los perdió todos cuando se cayó por aquella escalera y quedó paralítica para toda su vida, sin poderse levantar de su sillón de ruedas... ¡Usted pasará grandes ratos charlando con este matrimonio encantador!
dionisio. Pero ¿y si se me mueren cuando estoy hablando con ellos? ¿Qué hago yo, Dios mío?
don sacramento. ¡Los centenarios no se mueren nunca! ¡Entonces no tendrían ningún mérito, caballero!... (Pausa. don sacramento hace un gesto, de olfatear.) Pero... ¿a qué huele en este cuarto?... Desde que estoy aquí noto yo un olor extraño... Es un raro olor... ¡Y no es nada agradable este olor!...
dionisio. Se habrán dejado abierta la puerta de la cocina...
don sacramento. (Siempre olfateando.) No. No es eso... Es como si un cuerpo humano se estuviese descomponiendo...
dionisio. (Aterrado. Aparte.) ¡Dios mío! ¡Ella se ha muerto!...
don sacramento. ¿Qué olor es éste, caballero? ¡En este cuarto hay un cadáver! ¿Por qué tiene usted cadáveres en su cuarto? ¿Es que los bohemios tienen cadáveres en su habitación?...
dionisio. En los hoteles modestos siempre hay cadáveres...
don sacramento. (Buscando.) ¡Es por aquí! Por aquí debajo. (Levanta la colcha de la cama y descubre los conejos que tiró el cazador. Los coge.) ¡Oh, aquí está! ¡Dos conejos muertos! ¡Es esto lo que olía de este modo!... ¿Por qué tiene usted dos conejos debajo de su cama? En mi casa no podrá usted tener conejos en su habitación... Tampoco podrá usted tener gallinas... ¡Todo lo estropean!...
dionisio. Estos no son conejos. Son ratones...
don sacramento. ¿Son ratones?
dionisio. Sí, señor. Son ratones. Aquí hay muchos...
don sacramento. Yo nunca he visto unos ratones tan grandes...
dionisio. Es que como éste es un hotel pobre, los ratones son así... En los hoteles más lujosos, los ratones son mucho más pequeños... Pasa igual que con las barritas de Viena...
don sacramento. ¿Y los ha matado usted?
dionisio. Sí. Los he matado yo con una escopeta. El dueño le da a cada huésped una escopeta para que mate los ratones...
don sacramento. (Mirando una etiqueta del conejo.) Y estos números que tienen al cuello, que significan? Aquí pone 3,50...
dionisio. No es 3,50. Es 350. Como hay tantos, el dueño los tiene numerados, para organizar concursos. Y al huésped que, por ejemplo, mate el número 14, le regala un mantón de Manila o una plancha eléctrica...
don sacramento. ¡Qué lástima que no le haya a usted tocado el mantón! ¡Podríamos ir a la verbena!... ¿Y qué piensa usted hacer con estos ratones?...
dionisio. No lo he pensado todavía... Si quiere usted se los regalo...
don sacramento. ¿A usted no le hacen falta?
dionisio. No. Yo ya tengo muchos. Se los envolveré en un papel. (Coge un papel que hay en cualquier parte y se los envuelve. Después se los da.)
don sacramento. Muchas gracias, Dionisio. Yo se los llevaré a mis sobrinitos para que jueguen... ¡Ellos recibirán una gran alegría!... Y ahora, adiós, Dionisio. Voy a consolar a la niña, que aún estará desmayada en el sofá malva de la sala rosa... (Mira el reloj.) Son las seis cuarenta y tres. Dentro de un rato, el coche vendrá a buscarle para ir a la iglesia. Esté preparado... ¡Qué emoción! ¡Dentro de unas horas usted será esposo de mi Margarita!...
dionisio. Pero ¿le dirá usted a su señora que a mí me gustan más los huevos pasados por agua?
don sacramento. Sí. Se lo diré. Pero no me entretenga. ¡Oh, Dionisio! Ya estoy deseando llegar a casa para regalarles esto a mis sobrinitos... ¡Cómo van a llorar de alegría los pobres pequeños niños!
dionisio. ¿Y también les va usted a regalar la carraca?
don sacramento. ¡Oh, no! ¡La carraca es para mí!"