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Acerca de la concesión del último premio Planeta, os recomiendo la lectura de la novela "El premio", escrita por Juan Antonio Zunzunegui allá por el año de 1961, en la cual desarrolla una feroz sátira del premio de marras y de los tejemanejes de su peculiar creador, José Manuel Lara (padre). Está descatalogadísima, pero queda algún ejemplar perdido en bibliotecas y en librerías de viejo. Trataré de colgar aquí algún fragmento, si encuentro la novela en mis caóticas estanterías y si no se la han comido los gusarapos. Nihil novum sub sole, etc. En fin, en palabras de un crítico:
"Hay cierta picaresca de las letras que alimentan editores rufianes y escritorzuelos pícaros, que se refugian en cafés, tascas y también en grandes hoteles. Ese mundo del pícaro de las letras, que no es sólo de hoy, de la postguerra española, sino de siempre en la España literaria..." (José Luis Cano: "El premio, de Zunzunegui", Insula, número 183, febrero 1962)
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Por cierto, buscando la foto que he incluido más arriba -y que tan bien refleja el alma del Premio-, he dado con la siguiente maravillosa invención, que parece salida de la pluma del mismísimo Borges: http://www.vivaria.net/experiments/notes/prototype/
Se basa en el conocido "teorema de los mil monos", que viene a decir lo siguiente: "Un mono pulsando teclas al azar sobre un teclado casi seguramente podrá escribir finalmente cualquier libro que se halle en la Biblioteca Nacional Francesa. En una nueva exposición del mismo teorema, más popular entre los angloparlantes, los monos podrían escribir las obras de William Shakespeare. La idea original fue planteada por Émile Borel, en 1913, en su libro Mécanique Statistique et Irréversibilité[...]"
En este blog se explica muy bien el asunto: Infinite monkey project
Pero lo mejor es la refutación del teorema que ya circula por esos blogs del mundo:
"Todos hemos oído decir que si un millón de monos aporrearan un millón de máquinas de escribir con el tiempo llegarían a reproducir las obras completas de Shakespeare. Ahora, gracias a los blogs, sabemos que eso no es cierto."

Los chicos de Debolsillo han reeditado la Vida de don Diego de Torres Villarroel, considerada un modelo de la biografía moderna. Es la historia de un hombre a caballo entre dos épocas, que busca la ascensión social rompiendo los rígidos esquemas de su siglo. Lo curioso es que entre todas las posibles formas literarias escoja la picaresca para redactar su obra, y narrar su juventud goliardesca, sus andanzas como charlatán y su triunfo como astrólogo y adivino de pega, tarea de la que él mismo se burla no mucho más que de su papel como catedrático en Salamanca. Resulta interesante que uno de los rasgos más llamativos de este hombre moderno sea el cinismo:
Aseguro que, habiendo sido mi nacimiento, mi crianza y toda la ocupación de mi vida entre los libros, jamás tomé alguno en la mano deseoso del entretenimiento y la enseñanza que me podían comunicar sus hojas. El miedo al ocio, la necesidad y la obediencia a mis padres me metieron en el estudio y, sin saber lo que me sucedía, me hallé en el gremio de los escolares, rodeado del vade y la sotana. Cuando niño, la ignorancia me apartó de la comunicación de las lecciones; cuando mozo, los paseos y las altanerías no me dejaron pensar en sus utilidades; y cuando me sentí barbado, me desconsoló mucho la variedad de sentimientos, la turbulencia de opiniones y la consideración de los fines de sus autores.
A los libros ancianos aún les conservaba algún respeto; pero después que vi que los libros se forjaban en unas cabezas tan achacosas como la mía, acabaron de poseer mi espíritu, el desengaño y el aborrecimiento. Los libros gordos, los magros, los chicos y los grandes, son unas alhajas que entretienen y sirven en el comercio de los hombres. El que los cree, vive dichoso y entretenido; el que los trata mucho, está muy cerca de ser loco; el que no los usa, es del todo necio. Todos están hechos por hombres y, precisamente, han de ser defectuosos y oscuros como el hombre. Unos los hacen por vanidad, otros por codicia, otros por la solicitud de los aplausos, y es rarísimo el que para el bien público se escribe. Yo soy autor de doce libros, y todos los he escrito con el ansia de ganar dinero para mantenerme. Esto nadie lo quiere confesar; pero atisbemos a todos los hipócritas, melancólicos embusteros que suelen decir en sus prólogos que por el servicio de Dios, el bien del prójimo y redención de las almas dan a luz aquella obra, y se hallará que ninguno nos la da de balde, y que empieza el petardo desde la dedicatoria, y que se espiritan de coraje contra los que no se la alaban e introducen.
Muchos libros hay buenos, muchos malos e infinitos inútiles. Los buenos son los que dirigen las almas a la salvación por medio de los preceptos de enfrenar nuestros vicios y pasiones; los malos son los que se llevan el tiempo sin la enseñanza ni los avisos de esta utilidad; y los inútiles son los más de todas las que se llaman facultades. Para instruirse en el idioma de la medicina y comer sus aforismos basta un curso cualquiera, y pasan de doce mil los que hay impresos sin más novedad que repetirse, trasladarse y maldecirse los unos a los otros; y lo mismo sucede entre los oficiales y maestros que parlan y practican las demás ciencias. Yo confieso que para mí perdieron el crédito y la estimación los libros después que vi que se vendían y apreciaban los míos, siendo hechuras de un hombre loco, absolutamente ignorante y relleno de desvaríos y extrañas inquietudes. La lástima es -y la verdad - que hay muchos autores tan parecidos a mí que sólo se diferencian del semblante de mis locuras en un poco de moderación afectada; pero en cuanto a necios, vanos y defectuosos, no nos quitamos pinta. Finalmente, la natural ojeriza, el desengaño ajeno y el conocimiento proprio, me tienen días ha desocupado y fugitivo de su conversación, de modo que no había cumplido los treinta y cuatro años de mi edad cuando derrenegué de todos sus cuerpos; y una mañana que amaneció con más furia en mi celebro esta especie de delirio, repartí entre mis amigos y contrarios mi corta librería y sólo dejé sobre la mesa y sobre un sillón que está a la cabecera de mi cama la tercera parte de Santo Tomás, Kempis, el padre Croset, Don Francisco de Quevedo y tal cual devocionario de los que aprovechan para la felicidad de toda la vida y me pueden servir en la ventura de la última hora.
Acabó el buen don Diego arrepentido de sus correrías como pícaro feroz, y más tarde quizá también de sus imposturas como intelectual (y como Rappel dieciochesco). Aunque no sé si estas actitudes que se suceden en los trozos de su Vida pecan también de impostura, y forman parte también del personaje literario en que él mismo se transforma. En fin, sea o no parte de la máscara, ahí queda el humor con que se toma la vida, a los demás y a sí mismo:
“Y por mí, desde ahora tienen todos el perdón y la licencia para gruñir y entrometer en los fracasos, las mentiras y ridiculeces que se les vengan a la boca y a la pluma. Yo arrojo la mía, quiebro mi zampoña y me escondo a reír a mis anchas de muchos y de muchas cosas; y los primeros gritos de la burla los echaré encima de mí, pues, a la verdad, estoy persuadido que no hay, en todos los entremeses, sayos de bobo y cagalasollas del mundo, despertador más poderoso de mis carcajadas que yo mismo, y más cuando me acuerde de lo cacareado y famoso que ha sido mi nombre desde los veinte años hasta hoy, y que antes de muerto, y muchas centurias después de difunto, he de ser citado por hombre insigne y, como quien no dice nada, por autor de libros, habiendo sido en todos los pedazos de mi vida un ignorante holgazán sin sujeción ni escuela.”
http://faculty-staff.ou.edu/L/A-Robert.R.Lauer-1/BIBVillarroel.html


Parece que no termina de existir acuerdo sobre la identidad del verdadero autor del Lazarillo de Tormes. No convence la clásica atribución a Anónimo, ese prolífico autor, y ya desde que apareciera el libro se ha barajado un buen número de nombres más o menos conocidos; escritores que por una u otra razón no se habrían atrevido a reconocerse autores de una obra tan irreverente. Un pequeño paseo por la red nos permite comprobar que la polémica sigue viva: poseídos por el espíritu de las matemáticas, una legión de filólogos siguen pugnando por "demostrar" que tal o cual personaje fue el autor del Lazarillo. Así, José Luis Madrigal demostró que el autor es Cervantes de Salazar, Rosa Durán demostró que el culpable fue Alfonso de Valdés (su campaña electoral, por cierto, es la más impactante, con el apoyo de un Goytisolo y una página web diseñada al efecto), y ahora Francisco Calero apunta nada menos que a Luis Vives (este cuenta con apoyo político, y todo: benditas CC.AA.). Y lo que uno se pregunta es cómo es posible que todo este ejército de filólogos no tenga ni idea de lo que quiere decir la palabra "demostrar".