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He encontrado en la Red este relato de Thomas Mann: Horas penosas. El protagonista no es otro que el poeta alemán Schiller, aunque asoma por ahí el fantasma del inevitable Goethe. No es la única vez que Mann recurrió a estos autores para novelar el drama del creador. Los encontramos, en especial al segundo, en "Doktor Faustus", que citábamos el otro día, y en especial en "Carlota en Weimar", novela que gira en torno a la figura de Goethe. Y digo bien, porque en ella asistimos a una serie de conversaciones protagonizadas por Carlota, en las que se va trazando la figura del gran poeta, en una suerte de espiral que va descendiendo y aproximándose cada vez más a él, pintando un retrato completísimo de forma indirecta y muy original. En este relato escoge un enfoque distinto, y se lanza directo hasta el poeta, hasta su conciencia, llegando a recordar en ciertos momentos al Virgilio de Broch. Claro que se trata de un relato más simple sin las complejidades de "La muerte de Virgilio", pero no deja de ser una visión interesantísima de la angustia del creador, de su insatisfacción, además de una aproximación a Schiller.
Hay un fragmento que me ha llamado la atención: "Libertad... Probablemente, él entendía por libertad ni más ni menos lo mismo que ellos, cuando ellos se alborozaban. Libertad... ¿Qué significaba? ¿No sería un poco de dignidad como ciudadanos ante los tronos de los príncipes? ¿Pueden imaginarse todo lo que un espíritu se expone a decir con esta palabra? ¿Libertad de qué? ¿Libertad de qué, en último término? Tal vez, incluso de la felicidad, de la felicidad humana, esta cadena de seda, esta carga suave y dulce..."
Me recuerda a una conocida frase del Schiller real, que encierra una materia de reflexión casi inagotable: "La libertad existe tan sólo en la tierra de los sueños".
http://www.ddooss.org/articulos/cuentos/thomas_mann.htm

No lo aclaró, pero esa cifra a su vez sumaba
siete, el número cabalístico que él imaginaba
que conectaba subterráneamente toda su vida.
Sus dos grandes novelas, para
no ir más lejos, pues si del número siete pendía
el destino de su Doktor Faustus, señalaba
al propio tiempo los siete días de una semana
que (había declarado en sus intenciones) no
serían suficientes para escribir la historia
de Hans Castorp, los siete meses que tampoco
le alcanzarían para terminarla, los siete
años incluso que, ¡Dios mío!, tampoco ser
ían suficientes para abarcar el mundo de
La montaña mágica. El siete daba razón
de los setenta años de nuestra edad, era el
siete veces siete de sus setenta y siete años,
una cábala contra el eterno dominio de los
anillos de Saturno.
Alguien lo habría notado, pero al igual
que en el grabado de Dure ro, aquel cuadrado
aritmético quería convertirse en un talismán,
en un objeto mágico que protegiera
a su héroe del poder maléfico de la melancolía.
Era una invocación de Júpiter. Aunque
Thomas Mann sospechaba que todos
esos antídotos eran un débil expediente
frente al destino real de la persona melancólica
—como Adrian Leve rkühn, como él
mismo— pues ésta se entrega, abnegada e
incondicional, a la voluntad del Mago Negro,
que de esta manera se convierte en la
principal y casi única opción para el intelectual,
el sabio, el artista."
Sealtiel Alatriste
http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/1805/pdfs/104-106.pdf


Carlota en Weimar
Thomas Mann
Ed. Edhasa, 2006

En otro lugar discutía sobre Thomas Mann y su Aschenbach. Dejando aparte ese tema, o aplazándolo, dejo aquí cierta curiosidad que leí en un ensayito del gran novelista alemán:
«Un literato es, en pocas palabras, un inútil para cualquier actividad seria, un sujeto propenso al ensueño y la especulación, que no sólo no es útil, sino rebelde para con el Estado, y que ni siquiera tiene que poseer un entendimiento muy despejado, sino que puede ser tan lento y torpe como yo he sido siempre; aunque, eso sí, con alma infantil, inclinado al desorden, un cuentista sospechoso que no debería esperar de la sociedad -ni en realidad espera- más que un frío desdén. No obstante, la verdad es que la sociedad concede a esta clase de personas la posibilidad de alcanzar grandes honores y vivir espléndidamente.
»Yo no lo critico. Al fin y al cabo, me beneficia. Sin embargo, es contrario al orden. Esto tiene que fomentar el vicio y ser un amargo trago para la virtud.»
Thomas Mann, Sobre mí mismo