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26/04/2006

Bilingüismos provisionales



Me voy a la playa. Pero antes, y como postre de mi lectura de Crespo, dejo una cita interesante:

"Durante el dominio de los Austrias, el español pasó a ser la segunda lengua de Lisboa. "El bilingüismo -escribe Saraiva- fue moneda corriente incluso entre el pueblo de Lisboa; el teatro representado era casi todo español, y no era preciso traducir los textos. A pesar de ello (tal vez por ello), había la noción de que la lengua portuguesa era un tesoro que debía ser protegido", en vista de lo cual se publicaron durante aquel periodo obras gramaticales, se prestó mucha atención al habla popular, y apareció el diccionario de proverbios portugueses del P. Bento Teixeira."

De "Lisboa"
Ángel Crespo.

26/04/2006 23:49 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Lisboa Hay 1 comentario.

22/04/2006

A rosa do Encoberto

 



Dejo este mensaje simplemente para recomendar un librito que estoy leyendo: Lisboa, de Ángel Crespo. Es de la colección que incluye el delicioso "Praga", de Teresa Pámies; una serie de obras en que diversos autores hacen recorridos sentimentales por las ciudades que los han marcado. El de Ángel Crespo no deja de ser desconcertante, en cualquier caso. Como desconcertante es Lisboa, claro, y Portugal. No sé qué pasa con ese país, que los españoles no podemos entender. Da la sensación de ser como aquella Castroforte del Baralla que inventó Torrente Ballester, un país existente en "clandestinidad topográfica" allá lejos, cerca del mar, flotando en la niebla. En el Finisterre, quizá del lado de allá. El caso es que todo lo portugués resulta desconcertante, como Lisboa y como el libro de Crespo. Y todo es profundo. No se hace pie. El Portugal de Crespo, por ejemplo, su Lisboa, nace de un reino templario, un refugio para los judíos (un piolín: cierta compañera habla de los antepasados, judíos portugueses, de otro profundo y desconcertante autor: Harold Pinter), entre vapores esotéricos y cabalísticos. Pessoa, el fado, la saudade, se mezclan con el rey Alfonso Henriques, con el Navegante y con el rey Don Sebastian. Don Sebastian, por cierto. Moratín tiene un curioso soneto sobre este rey:


Cede al temor el luso fugitivo,
y el Rey cercado de enemiga gente,
desnuda ya la coronada frente,
resiste y lidia con esfuerzo altivo.

Los que le quieren prisionero y vivo
(aunque solo morir matando intente)
discordes en su cólera insolente,
sangre derraman por el gran cautivo.

Amor, que visto el mal partió derecho
con treinta lanzas de Gomeles bravos,
para estorbar el bélicoso trance:

«Qué importa», dijo (y le atraviesa el pecho)
«un hombre más al número de esclavos?
Muera... Toca añadir: siga el alcance
».

 


Pero Moratín es de los pocos que creen en la muerte de Sebastián. El sebastianismo es el tema en que el libro de Crespo alcanza más altura, y donde resulta más desconcertante. ¿Cómo entender el sebastianismo? La historia es engañosamente clara: en medio de una crisis absurda en el que debería haber sido el reino más próspero de su tiempo, el joven rey don Sebastián parte a la conquista de Marruecos, como un cruzado iluminado. Allí, en la batalla de Alcazarquivir, se pierde su rastro. Nadie lo vio morir, no fue hecho prisionero, y nunca regresó. Pero muchos en Portugal se dieron a esa suerte de mesianismo que aguardaba el regreso del joven rey, como Artús, como Quetzalcoalt, como el Mesías. Mientras tanto, Felipe II de España se hace con el trono portugués, y ambos reinos permanecen unidos durante casi medio siglo, hasta la época en que, no muy lejos, els segadors se rebelaban (por cierto, otro piolín: una vez vi un documento de comienzos del diecisiete en que aparecía la expresión "nación catalana", pero mejor no entrar en esos temas). El caso es que el sebastianismo marca el carácter portugués, y aquí debéis leer a Crespo, que lo explica mejor.

No anda lejos el mito de Sebastián de la historia El encubierto, en las Germanías valencianas. Y algo he leído de su relación con la rebelión comunera, o con Cataluña (Bernabé El Encubierto), o con las rebeliones moriscas. Y también aparecerá esta figura recurrente en otras ocasiones a lo largo de los siglos. Como en Brasil, cómo no. Y aquí toca leer a Vargas Llosa, en su guerra del fin del mundo. En todo esto flota el mesianismo, la ansiedad y el deseo por el apocalipsis; quizá no tanto la esperanza en la renovación, en el renacimiento, como el deslumbramiento por el irresistible encanto de la destrucción; la necesidad de una catarsis... El caos, en fin, la atracción del abismo. Me callo.

Creo que se impone una lectura calmada de Crespo, un retorno al inevitable Pessoa, y un viajecito a Lisboa.  

Pessoa:

"O Encoberto":

"Que Símbolo final
Mostra o sol já desperto?
Na Cruz morta e fatal
A rosa do Encoberto"

22/04/2006 19:33 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Lisboa Hay 3 comentarios.


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