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"Hace algún tiempo, una revista francesa publicó una noticia singular: Jorge Luis Borges no existió. La figura conocida bajo este nombre no habría sido sino la invención de un pequeño grupo de escritores e intelectuales argentinos (entre los cuales esta-ba, naturalmente, Bioy Casares) quienes habrían simplemente publicado bajo la máscara de un personaje ficticio una obra colectiva. Y la persona conocida como Borges, ese viejo ciego con su bastón y su sonrisa ácida, sería un actor de tercer orden, de origen italiano (la revista daba incluso su nombre, pero lo olvidé) comprometido en un origen por una simple broma y que enseguida, atrapado por su personaje, se habría resignado por acabar siendo verdaderamente Borges."
http://www.lainsignia.org/2006/junio/cul_023.htm
Ustedes lo jueguen bien.
Vale.

Hablando de Averroes, recuerdo aquel hermoso relato que Borges publicó junto a "El Aleph", "La busca de Averroes", y cierta reflexión acerca del mismo que hizo en una entrevista:
"-En su cuento "La busca de Averroes" usted crea una atmósfera donde todo parece inalcanzable, inútil. Usted mismo dice que es el proceso de una derrota.
J.L.B-Ése es un tema bastante complejo. El tema de "La busca de Averroes" es éste: si yo elijo a Averroes como protagonista de un cuento, ese Averroes no es realmente Averroes, soy yo. Por ejemplo, escribo un poema a Heráclito y digo: Heráclito no sabe griego. ¡Claro!, porque Heráclito no es realmente el Heráclito histórico, sino yo jugando a ser Heráclito. Por eso, voy evocando a Averroes y al final, al final del relato, comprendo que ese Averroes es simplemente una proyección mía; entonces hago que se mire en el espejo, se mira en el espejo y él no ve a nadie, porque yo no sé qué cara tenía Averroes, y así el cuento se diluye. Todo esto salió de la lectura de un libro de Renan sobre Averroes. "
Vale.
Cuenta el murciano Ibn Arabí, acerca de su último encuentro con Averroes, la siguiente anécdota:
"Y ya no volví a reunirme con él, hasta que murió. Ocurrió esto el año 595, en la ciudad de Marruecos, y fue trasladado a Córdoba, donde está su sepulcro. Cuando fue colocado sobre una bestia de carga el ataúd que encerraba su cuerpo, pusiéronse sus obras en el costado opuesto para que le sirvieran de contrapeso."
Vale.
"La primera edición de Kristus och Judas lleva este categórico epígrafe, cuyo sentido, años después, monstruosamente dilataría el propio Nils Runeberg: No una cosa, todas las cosas que la tradición atribuye a Judas Iscariote son falsas (De Quincey, 1857). Precedido por algún alemán, De Quincey especuló que Judas entregó a Jesucristo para forzarlo a declarar su divinidad y a encender una vasta rebelión contra el yugo de Roma; Runeberg sugiere una vindicación de índole metafísica. Hábilmente, empieza por destacar la superfluidad del acto de Judas. Observa (como Robertson) que para identificar a un maestro que diariamente predicaba en la sinagoga y que obraba milagros ante concursos de miles de hombres, no se requiere la traición de un apostol. Ello, sin embargo, ocurrió. Suponer un error en la Escritura es intolerable; no menos tolerable es admitir un hecho casual en el más precioso acontecimiento de la historia del mundo. Ergo, la traición de Judas no fue casual; fue un hecho prefijado que tiene su lugar misterioso en la economía de la redención. Prosigue Runeberg: El Verbo, cuando fue hecho carne, pasó de la ubicuidad al espacio, de la eternidad a la historia, de la dicha sin límites a la mutación y a la carne; para corresponder a tal sacrificio, era necesario que un hombre, en representación de todos los hombres, hiciera un sacrificio condigno. Judas Iscariote fue ese hombre. Judas, único entre los apóstoles intuyó la secreta divinidad y el terrible propósito de Jesus. El Verbo se había rebajado a mortal; Judas, discípulo del Verbo, podía rebajarse a delator (el peor delito que la infamia soporta) y ser huésped del fuego que no se apaga. El orden inferior es un espejo del orden superior; las formas de la tierra corresponden a las formas del cielo; las manchas de la piel son un mapa de las incorruptibles constelaciones; Judas refleja de algún modo a Jesús. De ahí los treinta dineros y el beso; de ahí la muerte voluntaria, para merecer aun más la Reprobación. Así dilucidó Nils Runeberg el enigma de Judas."
Jorge Luis Borges
Tres versiones de Judas, 1944