Se muestran los artículos pertenecientes al tema Bolaño.

En "Bartleby y compañía", Vila-Matas nos habla de Duchamp como ejemplo de artista del No, negador de las palabras y de vocación embaucador:
Nadie atrapa al extraño impostor de Melville, como nadie consiguió atrapar nunca a Duchamp, el hombre que no confiaba en las palabras: “Las palabras no tienen absolutamente ninguna posibilidad de expresar nada. En cuanto empezamos a verter nuestros pensamientos en palabras y frases todo se va al garete”. Nadie atrapó nunca al embaucador de Duchamp, cuya fría hazaña reside, más allá de sus obras de arte y de no-arte, en haber ganado la apuesta de que podía embaucar al mundo del arte para que le honrara sobre la base de credenciales falsas. Eso tiene un gran mérito. Duchamp decidió hacer una apuesta consigo mismo sobre la cultura artística e intelectual a la cual pertenecía. Apostó este gran artista del No a que podía ganar la partida sin hacer prácticamente nada, con sólo quedarse sentado. Y ganó la apuesta. Se rió de todos esos estafadores inferiores a los que tan acostumbrados estamos últimamente, de todos esos pequeños estafadores que buscan su recompensa no en la risa y el juego del No sino en el dinero, el sexo, el poder o la fama convencional.
Con esa risa subió Duchamp a escena al final de su vida para recibir los aplausos de un público que admiraba su gran capacidad para, con la ley del mínimo esfuerzo, embaucar al mundo del arte. Subió a escena y el hombre del Desnudo bajando una escalera no tuvo que mirar los escalones. Por un largo y cuidadoso cálculo, el gran estafador sabía exactamente dónde estaban esos escalones. Lo había planeado todo desde el principio, como el gran genio del No que fue.
Descontexto
El Desnudo bajando una escalera es también uno de los motivos de Los detectives salvajes. Aparece justo antes del duelo entre Belano (trasunto de Bolaño) y el crítico Iñaki Echevarne (trasunto de Ignacio Echevarría), en la conversación en que Belano le pide a Guillem Piña (pintor, docente y falsificador) que le sirva de padrino:
Guillem Piña, calle Gaspar Pujol, Andratx, Mallorca, junio de 1994.[...]
"Así que un día Arturo apareció por casa de mi amiga y ésta me llamó por teléfono y yo salí de mi casa y fui a verlo. Fui a buen paso, fui corriendo. No sé por qué me puse a correr, pero lo cierto es que lo hice. Eran cerca de las once de la noche y hacía frío y cuando llegué vi a un tipo que ya tenía más de cuarenta años, igual que yo, y me sentí, mientras avanzaba hacia él, como el Desnudo bajando una escalera, aunque yo no bajaba ninguna escalera, creo.[...]
Una vez me preguntó si no me sentía deprimido. No, le dije, a veces me siento como el Desnudo bajando una escalera, lo que resulta incluso agradable si estás en una reunión con amigos, y no tan agradable si vas por el Paseo de Gracia, por ejemplo, pero en general me siento bien.[...]
Un día, poco antes de desaparecer por última vez, llegó a mi casa y me dijo: me van a hacer una mala crítica. Le preparé una infusión de manzanilla y me quedé callado, que es lo que se hace, creo, cuando uno tiene que escuchar una historia, ya sea triste o alegre. Pero él también se quedó callado y durante un rato estuvimos así, él mirando su infusión o la rodajita de limón que flotaba en su infusión y yo fumando un Ducados, creo que soy de los pocos que sigo fumando Ducados, digo, de los pocos de mi generación, incluso el mismo Arturo ahora fuma rubios ultra lights. Al cabo de un rato, por decir algo, dije: ¿te vas a quedar a dormir en Barcelona? y él negó con la cabeza, cuando se quedaba a dormir en Barcelona lo hacía en casa de mi amiga (en habitaciones separadas, aunque esta precisión lo enturbia todo), no en mi casa, cenábamos juntos, eso sí, y a veces salíamos los tres a dar vueltas en el coche de mi amiga. En fin, le pregunté si se iba a quedar a dormir y él dijo que no podía, que tenía que volver al pueblo en donde residía, un pueblo de la costa a poco más de una hora en tren. Y entonces otra vez nos volvimos a quedar callados los dos, y yo me puse a pensar en lo que había dicho acerca de la mala crítica, y por más que pensé no entendí nada, así que dejé de pensar y me puse a esperar, que es lo que hace, contra todo pronóstico, el Desnudo bajando una escalera, y precisamente en eso consiste su extraña crítica.
Durante un rato lo único que escuché fue el ruido que hacía Arturo al beber su infusión, sonidos apagados provenientes de la calle, el ascensor que subió y bajó un par de veces. Y de repente, cuando ya no pensaba ni escuchaba nada, lo oí que repetía que un crítico lo iba a vapulear. Eso no tiene demasiada importancia, le dije. Son gajes del oficio. Sí que tiene importancia, dijo él. A ti nunca te ha importado, dije yo. Ahora me importa, debo de estar aburguesándome, dijo él. A continuación me explicó que su penúltimo libro y su último libro tenían unas semejanzas que entraban en el territorio de los juegos imposibles de descifrar. Yo había leído su penúltimo libro y me había gustado y no tenía idea de qué iba su último libro así que no le pude decir nada al respecto. Sólo preguntarle: qué clase de semejanzas. Juegos, Guillem, dijo. Juegos. El jodido Desnudo bajando una escalera, tus jodidas falsificaciones de Picabia, juegos. ¿Pero dónde está el problema?, dije. El problema, dijo él, es que el crítico, un tal Iñaki Echavarne, es un tiburón. ¿Es un mal crítico?, dije yo. No, es un buen crítico, dijo él, al menos no es un mal crítico, pero es un jodido tiburón. ¿Y cómo sabes que te va a hacer la reseña de tu último libro si todavía no está ni siquiera en las librerías? Porque el otro día, dijo él, mientras estaba en la editorial, llamó a la jefa de prensa y le pidió mi anterior novela. ¿Y qué?, dije yo. Que yo estaba allí, delante de la jefa de prensa, y ésta le dijo hola, Iñaki, qué casualidad, Arturo Belano está aquí mismo, delante de mí, y el cabrón del Echevarne no dijo nada. ¿Qué tenía que haber dicho? Hola, al menos, dijo Arturo. ¿Y como no dijo nada, tú sacas la conclusión de que te va a destrozar?, dije. ¿Y qué si te destroza? ¡Es igual! Mira, dijo Arturo, Echavarne se peleó hace poco con el Catón de las letras españolas, Aurelio Baca, ¿lo conoces? No lo he leído, pero sé quien es, dije. Todo se debió a una crítica que hizo Echavarne sobre el libro de un amigo de Baca, no sé si la crítica estaba justificada o no, yo no he leído el libro. Lo único cierto es que aquel novelista tenía a Baca para defenderlo. Y la crítica que Baca le dedicó al crítico fue de esas que hacen llorar. Ahora bien, yo no tengo a ningún meapilas que me defienda, absolutamente a nadie, así que Echavarne se puede ensañar conmigo con toda tranquilidad. Ni siquiera Aurelio Baca podría defenderme pues en mi libro, no en el que va a salir, en el penúltimo, me burlo de él, aunque dudo mucho que me haya leído. ¿Tú te burlas de Baca? Me río un poco, dijo Arturo, aunque no creo que ni él ni nadie se percatara. Eso descarta a Baca como defensor, admití, mientras pensaba que yo tampoco me había percatado de aquella burla que ahora parecía preocupar a mi amigo. Pues que Echavarne se ensañe, dije yo, qué más da, todo eso no son más que nimiedades, deberías ser el primero en saberlo. Todos nos vamos a morir, piensa en la eternidad. Pero es que Echavarne debe tener ganas de desquitarse con alguien, dijo Arturo. ¿Tan malo es?, dije yo. No, no, es muy bueno, dijo Arturo. ¿Entonces? No se trata de eso, se trata de ejercitar los músculos, dijo Arturo. ¿Los músculos del cerebro?, dije yo. Los músculos de alguna parte, y yo voy a ser el sparring de Echavarne para su segundo round o su octavo round con Baca, dijo Arturo. Ya veo, la disputa viene de lejos, dije yo. ¿Y tú qué tienes que ver en todo esto? Nada, yo sólo voy a ser el sparring, dijo Arturo. Durante un rato estuvimos sin hablar, pensando, mientras el ascensor bajaba y subía y el ruido que hacía era como el ruido de los años en que no nos habíamos visto. Lo voy a desafiar a duelo, dijo Arturo finalmente. ¿Quieres ser mi padrino? Eso fue lo que dijo. Sentí como si me clavaran una inyección. Primero el pinchazo, luego el líquido que entraba no en mis venas sino en mis músculos, un líquido helado que provocaba escalofríos. La proposición me pareció descabellada y gratuita. Nadie desafía a nadie por algo que aún no ha hecho, pensé. Pero luego pensé que la vida (o su espejismo) nos desafía constantemente por actos que nunca hemos realizado, en ocasiones por actos que ni siquiera se nos ha pasado por la cabeza realizar. Mi respuesta fue afirmativa y acto seguido pensé que tal vez en la eternidad sí que existe o existirá el Desnudo bajando la escalera o tal vez El gran vidrio. Y luego pensé: ¿y si la reseña es buena? ¿Y si a Echavarne le gusta la novela de Arturo? ¿No sería entonces, además de un acto gratuito, una injusticia desafiarlo a duelo? [...]
Superloyds
Los detectives salvajes es una novela sobre bartlebies.
La disolución de la literatura:
La casualidad:


Cosas de editores...
En cuanto a la referencia a las demostraciones y a las matemáticas, me ha venido a la memoria aquel impagable pasaje de 2666, el novelón del inmenso Roberto Bolaño:
"¿De qué trata el experimento?, dijo Rosa. ¿Qué experimento?,
dijo Amalfitano. El del libro colgado, dijo Rosa. No es ningún
experimento, en el sentido literal de la palabra, dijo Amalfitano.
¿Por qué está allí?, dijo Rosa. Se me ocurrió de repente,
dijo Amalfitano, la idea es de Duchamp, dejar un libro de geometría
colgado a la intemperie para ver si aprende cuatro cosas
de la vida real. Lo vas a destrozar, dijo Rosa. Yo no, dijo Amalfitano,
la naturaleza. Oye, tú cada día estás más loco, dijo Rosa.
Amalfitano sonrió. Nunca te había visto hacerle una cosa así a
un libro, dijo Rosa. No es mío, dijo Amalfitano. Da lo mismo,
dijo Rosa, ahora es tuyo. Es curioso, dijo Amalfitano, así debería
ser pero lo cierto es que no lo siento como un libro que me
pertenezca, además tengo la impresión, casi la certeza, de que
no le estoy haciendo ningún daño. Pues haz de cuenta que es
mío y descuélgalo, dijo Rosa, los vecinos van a creer que estás
loco. ¿Los vecinos, los que ponen trozos de vidrio encima de las
tapias? Ésos ni siquiera saben que existimos, dijo Amalfitano, y
están infinitamente más locos que yo. No, ésos no, dijo Rosa,
los otros, los que pueden ver perfectamente bien lo que pasa en
nuestro patio. ¿Alguno te ha molestado?, dijo Amalfitano. No,
dijo Rosa. Entonces no hay problema, dijo Amalfitano, no te
preocupes por tonterías, en esta ciudad están pasando cosas
mucho más terribles que colgar un libro de un cordel. Una
cosa no quita la otra, dijo Rosa, no somos bárbaros. Deja el libro
en paz, haz de cuenta que no existe, olvídate de él, dijo
Amalfitano, a ti nunca te ha interesado la geometría.
Por las mañanas, antes de marcharse a la universidad, Amalfitano
salía por la puerta de atrás a beberse los últimos tragos de
su café mirando el libro. No había ninguna duda: el papel en el
que había sido impreso era bueno y la encuadernación resistía
inconmovible los embates de la naturaleza. Los viejos amigos de
Rafael Dieste habían escogido buenos materiales para brindarle
esa especie de homenaje y de despedida un tanto anticipada, el
adiós de unos viejos varones ilustrados (o con la pátina de la
ilustración) a otro viejo varón ilustrado. Amalfitano pensó que
la naturaleza del noroeste de México, en aquel lugar preciso de
su jardín quebrantado, era más bien exigua. Una mañana,
mientras esperaba el autobús que lo llevaría a la universidad, se
hizo el firme propósito de plantar césped o pasto, y también de
comprar un arbolito ya un poco crecido en alguna tienda dedicada
a tal menester, y de plantar flores a los lados. Otra mañana
pensó que cualquier trabajo que se tomara encaminado a hacer
más grato el jardín resultaría a la postre inútil, puesto que no
pensaba quedarse mucho tiempo en Santa Teresa. Hay que volver
ya mismo, se decía, ¿pero adónde? Y luego se decía: ¿qué me
impulsó a venir aquí? ¿Por qué traje a mi hija a esta ciudad maldita?
¿Porque era uno de los pocos agujeros del mundo que me
faltaba por conocer? ¿Porque lo que deseo, en el fondo, es morirme?
Y después miraba el libro de Dieste, el Testamento geométrico,
que colgaba impávido del cordel, sujeto por dos pinzas, y
le daban ganas de descolgarlo y limpiar el polvo ocre que se le
había ido adhiriendo aquí y allá, pero no se atrevía."