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Emerjo momentáneamente de mi confortable silencio para recomendaros un más que apreciable trabajo sobre retórica y otros menesteres que puede encontrarse en la Red: http://www.usoderazon.com/
No sólo incluye los textos en HTML, sino que al pie de las páginas se encuentran enlaces a los PDF correspondientes. Esta sopa de letras quiere decir que se puede uno bajar todo de golpe para derrochar su patrimonio en papel y cartuchos de impresora. Todo sea por la sabiduría.
La página es obra, por cierto, de Ricardo García Damborenea. (No me miréis así, que yo también me he asustado.)
Hoy aparece en El país la desasosegante noticia de que el hijo de Vladimir Nabokov va a publicar la “última novela inédita” que dejó al morir su señor padre. Naturalmente, se trata de un puñado de papeles que contienen el esbozo de una historia inacabada, y probablemente el pobre Vladimir se revolcaría en su tumba ante la perspectiva de la publicación de un borrador a medio cocer. Pero sucede que Dimitri Vladimirovich es de esos hijos de escritor que no sólo ha vivido a la sombra del padre, sino que se ha construido un chamizo con los huesos de aquel, para protegerse de las inclemencias de la pobreza hasta la jubilación y más allá. Bien por Vladimir, que fue capaz de construir una obra tan rica como para dar de comer a varias generaciones de Nabokovs, sin que tengan que dar un palo al agua.
Reclamaba Javier Marías en un artículo el derecho de dejar un patrimonio a los hijos en forma de obra literaria, como quien deja unas fincas o un emporio industrial. Puede que no le falte razón, pero para quienes pensamos que una novela no es una fábrica de chorizos ni un patatal, el asunto se reduce a consentir que unos zangolotinos vivan del cuento (literalmente) escrito por los papis. Y oiga, como que no.
Hemos pasado de una literatura antigua en la que el autor sólo era un fantasma, que enriquecía a la manera de un Shakespeare el legado de las viejas generaciones (emulatio, imitatio y unos toques de genio) a considerar la obra literaria como un producto industrial hasta las últimas consecuencias. Sé que es polémico cuestionar el concepto de derecho de autor, o el más tosco y anglosajón de copyright, pero no creo que debamos lanzarnos por un camino a ciegas obviando las múltiples contradicciones que encierran unos y otros sistemas. Está por encontrar la solución.
Pero yo a lo que quería referirme era, más que al derecho de los hijos de vivir del trabajo de los padres (innoble para quienes en su día criticábamos el concepto mismo de herencia, como hacía alguno de estos escritores ex-progres que ahora quieren dejar la mesa puesta a sus niños), a la práctica cada vez más extendida de saquear hasta la última nota manuscrita dejada por un autor muerto para lanzar ediciones y ediciones de supuestas obras inéditas, en realidad inexistentes.
Nadie critica que un albacea se invente obras de un Bolaño, si de lo que se trata es de sacar adelante a una familia abandonada trágicamente a su suerte por la muerte prematura de un genio como don Roberto, pero cuando encontramos a un Dimitri Vladimirovich o a un Tolkien Junior viviendo hasta los restos del trabajo de papá, la cosa cobra un cariz más amargo. De vez en cuando vemos también en la tele a algún camilo de apellido aristocrático tratando de ganarse los garbanzos y el prestigio a costa de los de papá, pero por patético que resulte no deja el hombre de hacer un esfuerzo propio. Lo de inventarse obras inexistentes a partir de notas sueltas y restos de apuntes dejados atrás por escritores muertos es algo que entra en el ámbito de la piratería y la necrofagia, y puesto que los académicos, críticos y editores viven del negocio, deberíamos ser los lectores quienes dejando atrás la pena, la admiración o el morbo, nos negásemos a participar en semejante banquete fúnebre, en el que el plato principal es la chicha del propio difunto. Y que dejen de mentar a Brod y a Kafka. Esto es inmoral.
Claro que al menos estos buitres se esperan a que el autor estire la pata. Es más patético el caso de las barraganas que exprimen a los genios decrépitos para sacarles opúsculos infames antes de su paso a mejor vida. Ahí están los casos de cierto autor uruguayo y de cierta momia argentina que de vez en cuando dan a la imprenta obritas absolutamente infames y evidentemente apócrifas. ¿No podrían tener esas señoras algo de paciencia? Sólo tienen que aguardar un poco para convertirse en viudas ilustres y presidentas de fundaciones. Como dijo el moribundo al buitre que le roía las canillas: “Caray, qué prisas.”
El caso es no trabajar...
Pero aún encontramos en este desconcertante sábado otro ejemplo de carroñería, en el afán que demuestran ciertos comentaristas por convertir a Thomas Mann en toda una locaza:
“Durante mucho tiempo se consideró Muerte en Venecia una obra criptogay. Un músico maduro -un escritor, en la novela de Mann-, respetable, casado y con prole, conoce de repente a un muchachito guapo y pierde por completo la razón. Disimula su metamorfosis haciendo sublimes consideraciones acerca del arte, de la belleza ideal y de los desarreglos que acarrea la vida, pero lo que en realidad desea es encamarse con Tadzio, quitarle su traje de baño de rayas o su vestido de marinerito y revolcarse a su lado con rijosidad.” [Babelia]
Bonita forma de devaluar una obra de arte. Y es que el tercer modo de practicar la necrofagia literaria pasa por rebuscar en las miserias de autores difuntos para convertirlas en parte del legado. Aunque haya que mentir. Todo sea por el morbo. Asistimos así a la publicación de librejos como la infinidad de biografías de Proust, en las que obviando cualquier consideración artística o literaria, el biógrafo hoza como un marrano en la intimidad de la persona, convirtiendo el análisis literario en una variante del periodismo amarillista más inmundo. ¿Para qué molestarse en comprender la obra de un Mann o un Proust, si todo lo que importa es si eran o no iconos criptogays? Si llegan a saber que lo único que importaría a la posteridad iba a ser lo que hacían en la alcoba (inventado o no), y no lo que escribían en el despacho, a buenas horas nos dejan regalos tan maravillosos como sus novelas, tan lejos de lo que se escribe hoy en día como lo están sus biógrafos del concepto de decencia.
En resumen, creo que dejar de leer a ciertos infames viene a ser tan urgente como dejar de ver ciertas televisiones. Emprendamos en su lugar una buena cacería de buitres, antes de que terminen por convertir las bibliotecas en casquerías. Camino llevamos.
A pesar de la brillante demostración que Portnoy planteaba hace un tiempo, lo cierto es que Vila-Matas no existe. Lo he comprendido esta tarde, tras haber escuchado al inexistente durante cerca de una hora en la fundación Juan March. Lleva meses conferenciando por las españas para demostrar su inexistencia, y hoy le tocaba Madrid, donde por casualidad y por vicio me encuentro. Mañana (¿hoy?) más. Dos charlas por una.
Es increíble los pocos entusiasmos que despierta este señor. Ni un aplauso a su llegada, ni una adolescente arrojándose desnuda en sus brazos al final, apenas cuatro o cinco espectadores grises en pos de una breve conversación de postre. Incomprensible, para ser el autor paisano que más se merece lecturas y relecturas. Será porque no existe. Suerte: no se cebarán en él los buitres. No hay mal que por bien no venga.
En realidad se llama Erik Satie, como todo el mundo. Ha titulado su conferencia "Intertextualidad y metaliteratura" para ahuyentar a ciertas almas, aunque no ha tardado en afirmar que eso de la metaliteratura no existe. Como Erik Satie. Claro, la literatura que no es metaliteratura lo es sin saberlo. No se construye de la nada. Cuando uno lo sabe, entonces es capaz de escribir como Satie. Aunque sea a costa de comprender que todos los recuerdos son literarios y la voz propia otras voces. Pero al saberlo uno hace suyas las citas, las transforma, funde su literatura con la de los otros y amplia el sentido de las palabras, sean de quien sean. La suya es, dice, una poética de la simulación.
A ver si esta tarde (¿mañana?) me entero de quién es el que ha estado disertando durante una hora.
Y si es cierto lo que anuncian los de la March ("audio disponible al finalizar el ciclo"), prometo traer la voz de Erik Satie. A ver si alguien descubre de quién se trata.
Ayer recordaba Vila Matas que, según Vonnegut (?), sólo hay un puñado de buenos argumentos en literatura*:
Alguien se mete en un lío y luego sale de él;
alguien pierde algo y lo recupera;
alguien es víctima de una injusticia y se venga;
Cenicienta;
alguien empieza a ir cuesta abajo y así continúa;
dos se enamoran, y mucha gente se entromete;
una persona virtuosa es acusada falsamente de haber pecado;
se cree que una persona pecadora es virtuosa;
una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa;
una persona miente,
una persona roba,
una persona mata,
una persona fornica.
(Saqueado de Máquina de coser palabras)
Claro que Vonnegut alteró la cita de Vila-Matas levemente (sí... ¿o fue Satie?) y le quitaba un "etcétera" final que para mi gusto sobra. De eso se trata.
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*No sé si la cita de la cita es exacta, pero aquí jugamos todos.
El otro día Vila-Matas recordó, entre otros, a Nabokov. Casualmente he estado releyendo algunas de sus obras últimamente. No deja de sorprenderme. Voy a dejar un fragmento de su "Habla, memoria" especialmente hermoso, por si alguien quiere animarse a descubrir o redescubrir este libro, que gana mucho en su relectura:
“A mí me atrajeron en especial los misterios del mimetismo. Sus fenómenos mostraban una perfección artística que sólo se relaciona generalmente con las cosas hechas por el hombre. Considérese por ejemplo la imitación de los jugos venenosos que realizan las máculas en forma de burbuja que poseen las alas de algunas mariposas (en la que no falta ni la semi-refracción), o la producida por sus lustrosos botones amarillos en el caso de las crisálidas (“No me comas: ya me han aplastado, observado y rechazado”). Considérense los trucos de ciertas orugas acrobáticas (las del guerrero del haya) que en su infancia tienen aspecto de excremento de pájaro pero que después de su metamorfosis presentan unos apéndices ásperos de tipo himenopteroideo, así como otras características no menos barrocas, que permiten a estos extraordinarios individuos interpretar dos papeles a la vez (como el actor del teatro oriental que se convierte en una pareja de inextricables luchadores): el de serpenteante larva y el de la enorme hormiga que la ha capturado. Cuando cierta polilla se parece a cierta avispa, también camina y mueve sus antenas a la manera de las avispas en lugar de hacerlo como una mariposa. Cuando una mariposa tiene que parecer una hoja, no solamente reproduce de forma bellísima todos los detalles de la hoja, sino que tiene, además, numerosas marcas que imitan los agujeros perforados por los gusanos. La “selección natural”, en el sentido darwiniano de la expresión, no bastaba para explicar la milagrosa coincidencia de la apariencia imitativa y el comportamiento imitativo; tampoco me parecía suficiente apelar a la teoría de la “lucha por la vida” cuando comprobaba hasta que extremos de sutileza, exuberancia y lujo miméticos podía ser llevado un mecanismo defensivo, que en cualquier caso va muchísimo más lejos de lo que pueda apreciar ningún predador. Descubrí así en la naturaleza los placeres no utilitarios que buscaba en el arte. En ambos casos se trataba de una forma de magia, ambos eran un juego de hechizos y engaños complicadísimos.”
Animado por las palabras de Vila-Matas, me he decidido a (re)leer "El arte de la fuga", de Sergio Pitol. Aunque no es tan popular como otros autores latinoamericanos de su generación (o de la inmediatamente anterior), creo que casi ninguno tiene la vigencia y la influencia de este hombre. Al menos, en la literatura que hoy por hoy me parece más prometedora y la que más interesantes caminos puede abrir en un futuro próximo. "El arte de la fuga" se mueve en el ámbito de esa "no ficción" que tanto desconcierta a muchos contemporáneos. De él he leído que atraviesa una etapa de su carrera en la que ha abandonado la novela en favor de una combinación de autobiografía, ensayo y ficción, que repite el mismo libro, que es un excéntrico, un heterodoxo... (sin ir más lejos, los del Cervantes se lían al catalogar "El arte de la fuga" como ensayo y la "Trilogía de la memoria", que incluye a la anterior, como narrativa). Modestamente, creo que la suya es la novela del siglo XXI. O al menos abre caminos para los escritores del siglo XXI. No en vano entre sus "discípulos" (y perdón si la palabra no es la justa) se cuenta gente como Bolaño o Vila-Matas, para quien Pitol es "el mejor escritor vivo en lengua castellana". No sé si es exacto, pero leyendo "El arte de la fuga" lo parece.
Por cierto, Anagrama (cómo no) ha publicado su "Trilogía de la memoria" (El arte de la fuga , El viaje, El mago de Viena) en una asequible edición de bolsillo que espero acudáis a comprar en cuanto acabéis de leer estas líneas, si es que hay algún insensato que esté perdiendo el tiempo leyéndome a mí (qué lástima) en lugar de dedicar su tiempo a los Bolaños o Pitoles del mundo.
Y entrando en el terreno de la anécdota, que mi frivolidad me impide eludir, he leído en ese libro un pasaje curioso que recuerda a cierto episodio narrado por don Enrique el lunes pasado:
A finales de 1968 dejé la embajada de México en Belgrado, donde desempeñaba mi primer cargo diplomático. Me resistí a seguir colaborando con el gobierno mexicano después de Tlatelolco. Regresé a México y encontré la atmósfera irrespirable. Una amiga prometió ayudarme a obtener un trabajo en Londres como traductor en The Economist, que estaba por iniciar su publicación en español. Era casi seguro que comenzara a trabajar en octubre. Podría pasar el verano en Polonia invitado por Zofia Szleyen. La asistencia a un coloquio sobre Conrad, creía yo, me permitiría obtener la visa. Hice una escala en Barcelona para entregar la traducción de Cosmos, de Gombrowicz, a la editorial Seix Barral. La llevaba casi terminada; pensé que sería cosa de trabajar sólo un par de semanas más. El 20 de junio de 1969, a medianoche, llegué a Barcelona por la estación de Francia. Desconocía la ciudad. Le pedí a un taxista que me recomendara un hotel agradable de poco precio, me puso uno por la nubes que resultó ser un hostal en el rumbo de Escudillers. Pensaba esperar allí un dinero enviado de México para continuar mi viaje, así como también la invitación para el coloquio en Varsovia, o la privada de mi amiga Zofia, sin alguna de las cuales no podría recibir el visado polaco. En vez de las tres semanas que preveía pasar en Barcelona me quedé tres años[...]
Pitol estuvo en Barcelona hasta 1972, pajareando entre los ambientes literarios y la "gauche-divine", hasta que marchó a Varsovia como agregado cultural de la embajada de México. Al año siguiente, Vila Matas marchó a esa misma ciudad (como escala, dice, de un accidentado viaje a Alejandría que emprendió con una amante de Durrell) y, en un episodio similar al anterior, se quedó varado en la casa polaca de Sergio Pitol durante un tiempo que fue más que provechoso, como cuenta según la cita que recoge el Moleskine literario:
"Cuando conocí a Sergio, en Varsovia, yo tenía 25 años, y en España ningún escritor de su categoría me concedía un minuto ni me dedicaba tiempo para hablarme de literatura. Así que el magisterio de Sergio se dio, desde el primer momento, en la conversación en la sobremesa en su casa de Varsovia, a mi paso por esa ciudad (...) Fui a Varsovia inocentemente y me convertí en escritor gracias a Pitol y mi afición definitiva por la cultura la produjo el propio Sergio".
Empiezo a sospechar que Dios es Borges o vicecersa.
Vila-Matas, premiado, por Sergio Pitol
Sergio, un escritor que baila en el abismo, por Enrique Vila-Matas
Cronología de Sergio Pitol

Los comentarios al anterior mensaje y ciertas ideas que revolotean en mi cabeza últimamente, me han recordado las reflexiones que hace un tiempo hacían Mann y Nabokov con Portnoy como intermediario. Creo que, al menos en lo que se refiere al ruso, se podrían completar con este fragmento de "Habla, memoria" que en mi reciente relectura se me quedaba grabado:
“Confieso que no creo en el tiempo. Me gusta plegar mi alfombra mágica, tras haberla usado, de forma que una parte del dibujo quede superpuesta a la otra. Que tropiecen las visitas, no importa. Y el mayor placer de la atemporalidad –en un paisaje elegido al azar- es el que encuentro cuando me veo rodeado de mariposas poco frecuentes y de las plantas con que se alimentan. Eso es el éxtasis, y más allá del éxtasis hay otra cosa que me resulta difícil de explicar. Es como un vacío momentáneo en el que se precipita todo lo que amo. Un sentimiento de unidad con el sol y la roca. Un estremecimiento de gratitud para con aquel a quien pueda interesar, al contrapuntístico genio del destino humano o a los tiernos fantasmas que miman a este afortunado mortal.”
No soy en absoluto taurino, pero el otro día leí en el periódico un breve artículo de Fernando Savater sobre el tema (sobre ese y otros muchos, entre ellos Ferlosio) que es una pequeña joya:
Recuerdo en especial una tarde, oscura y amenazando tormenta, o sea la típica de San Isidro. Alberto comentó, lúgubre: "Es como ver una corrida en Hamburgo". Salió el primer toro, que le correspondía al faraón de Camas, y se montó el cirio. El poco respetuoso respetable se levantó en un clamor unánime: "¡Cojo, cojo!". El presidente se resistía a cambiar el morlaco y en la barrera Curro ponía cara de "si lo sé, no vengo". Una desesperación. Todos estábamos de pie, saltando unos de indignación y otros de impaciencia. Entonces, Ferlosio, sublime como sólo él sabe serlo, bastón en mano cual pastor tratando de reunir a su disperso rebaño, gritó: "¡Dejarle en paz! ¡No está cojo! ¡Es su forma de andar!".
Fernando Savater
El país
Los artículos de tema taurino (no éste) siempre me recuerdan aquel desternillante relato que incluyó Julio Cortázar en "Un tal Lucas". También allí aparecía un artículo taurino de El país, pero bien distinto... Por suerte alguien ha tenido la ocurrencia de publicarlo en la red. Le llevaremos tabaco a Alcalá-Meco.

Ayer salió en El País el texto que leyó Vila Matas en la famosa conferencia de la fundación March: Café Perec. Entonces era un texto inédito. Ya no, por suerte: este don Enrique va mejorando día a día.
En su honor prometo volver a Perec, a ver si esta vez hay más suerte. (Errare humanum est, Portnoy. Veremos.)
Ah, al hilo de lo que comentaba el otro día sobre las citas de Vila-Matas, obsérvese la ligera manipulación de la cita de Vonnegut.
(Por cierto, le robo el título a Tomás Eloy Martínez.)
Cumplo mi palabra, en vista de que la han cumplido los de la Fundación Juan March, y os dejo aquí los archivos de audio (MP3) de las conferencias pronunciadas por Enrique Vila-Matas la semana pasada:
Intertextualidad y metaliteratura MP3
Diálogo con Mercedes Monmany MP3
Aprovecho para celebrar y agradecer el regalazo que nos hacen los chicos de la March en su página web, en la cual ofrecen los "audios" de todas las conferencias celebradas en sus instalaciones nada menos que desde el año 1975. He echado un vistazo a la lista de conferenciantes y casi me tienen que ingresar: no tengo palabras. Desde Lázaro Carreter a Vargas Llosa, pasando por Torrente Ballester, Manuel Seco, Pepe Hierro, Ayala, Gustavo Bueno (cuando su cabeza aún no era pasto de los pájaros), García Gual, Alvar, Ynduráin, Laín, Gullón, Marías, García Calvo, Savater, Muñoz Molina (que es un conferenciante estupendo), Marsillach, Landero y muchos, muchos otros...Hasta un improbable Ronald Reagan (!).
Me recuerda eso que dice el epígrafe de este sitio: "...pero de ciertos tratados se debían repetir continuamente las ediciones, hasta repartirlas con autoridad del Gobierno por toda la nación." Hay que divulgar estas iniciativas con más empeño, a ver si otros imitan el ejemplo.
Yo voy a proceder a bajarme todas las conferencias y a comprarme un cacharrito de esos que me permitan deambular como aquellos selenitas que contaba Cyrano:
"Al abrir la caja, encontré dentro un mecanismo de metal casi igual al de nuestros relojes, lleno de no sé cuántos pequeños resortes y de máquinas imperceptibles. Es un libro en verdad, pero es un libro milagroso que no tiene ni hojas ni letras; en fin, es un libro donde para aprender; los ojos son inútiles, no se necesitan más que los oídos. Entonces, cuando alguien quiere leer, conecta con una gran cantidad de pequeños nervios esta máquina, luego gira la aguja sobre el capítulo que desea escuchar, y al mismo tiempo salen, como de la boca de un hombre o de un instrumento de música, todos los diferentes tonos que sirven, a la nobleza lunar, para expresar su lenguaje.
Cuando más adelante reflexioné sobre esta milagrosa invención de hacer así los libros, no me sorprendí al ver que los jovencitos de ese país poseían, a la edad de dieciséis y dieciocho años, más conocimientos que las barbas grises de nuestro mundo, ya que, sabiendo leer al mismo tiempo que hablar, nunca les faltan lecturas. En su casa, de paseo, en la ciudad, de viaje, pueden tener en el bolsillo o colgados de la cintura una treintena de estos libros. Y no tienen más que conectar un resorte para oír sólo un capítulo, o bien varios, si tienen ganas de escuchar todo un libro: así uno tiene, eternamente alrededor de sí, a todos los grandes hombres, muertos y vivos, que os hablan a viva voz. Examinar el regalo me llevó más de una hora, luego salí a pasear, colgándome los libros en las orejas a modo de pendientes..."
"Viaje a la luna" por Cyrano de Bergerac (1615-1655)

Tengo ya preparadas las respuestas para las entrevistas periodísticas que me harán en la prensa, radio y tele. Querrán saber qué opino y cómo soy. Me mostraré ingenioso y espontáneo.Tengo ya preparadas unas listas de personalidades importantes e incluso redactados ya los textos, muy agudos, de las dedicatorias.
Tengo ya preparadas las metáforas que servirán como brillante ejemplo o síntesis que aclare lo que exponga. Saldrán como galaxias de las páginas.
Y tengo preparada mi postura al sentarme o de pie, tono de voz, expresión de los ojos y la boca. Todo está preparado. Todo a punto. Puedo empezar, pues, a escribir mi libro.
J.M.Fonollosa
Empieza la Feria del Libro...
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Ojeo en una caseta de la feria del libro “El juego del ángel”, de Ruiz Zafón, y me pregunto una vez más qué ve la gente en sus novelas. Desde luego, están por toda la feria. Parece que las compran a puñados. Debe de ser cosa mía. Soy muy raro.
Me siento en una terraza, a pasar frío, y nada más abrir el periódico por las páginas de Cultura (je) me topo con un titular inmenso: “Aquí la literatura es un gueto de mediocridad y pretensión”. Ruiz Zafón dixit. Un sudor frío recorre mi espalda, como en una mala novela. Quizá estoy perdiendo el contacto con la realidad. La cosa empieza a ser preocupante, de manera que decido buscar remedio en Google. (Sí, soy tonto, qué pasa.)
Resumiendo, mis indagaciones no han tenido demasiado éxito. Da la sensación de que la poca crítica literaria que se deja ver por la red prefiere ignorar olímpicamente a Ruiz Zafón. No se lo reprocho, pero creo que no estaría de más ir tomando nota de su existencia.
Eso sí, Internet es un hervidero de blogs, foros y reseñas amateur dedicadas a “La sombra del viento” y a “El juego del ángel”. Al menos no hay ninguna dedicada al autor en plan estrella de cine, como ocurre con otros. La mitomanía tiene sus límites. En cualquier caso, el tono de estas es casi unánimemente laudatorio, entusiasta, casi hooliganesco. Qué pasiones, qué entusiasmos, qué uniformidad. Únicamente aparece roto este tono, aquí y allá, por ataques en general no demasiado brillantes ni bien argumentados. Casi como las breves menciones despectivas que le han dedicado otros autores; eso sí, sin aportar un solo argumento consistente.
Ah, doy al fin con un estudio serio: el publicado por Eduardo Ruiz Tosaus en Espéculo. Lo leo y lo releo, y le envidio a Ruiz Zafón un crítico tan benévolo. Trata el hombre de explicar tal fenómeno, tal éxito de ventas, y parece uno de esos críticos de cine que ya no osan castigar a los taquillazos, y les regalan críticas de almíbar. Pero no me satisface: no acaba de explicar el dolor de úlcera que me asalta ante ciertas frases de “La sombra del viento”. ¿Nadie se atreve a analizar los sufrimientos que experimenta el idioma en manos de este hombre? Se ve que no. Nadie. Nadie, hasta que doy con un proyecto de crítica esbozado por Arcadi Espada en El mundo:
“El Magazine del periódico publica un adelanto de la nueva novela de Ruiz Zafón. Este escritor es un caso serio: al parecer vendió diez millones de ejemplares de su anterior obra, La sombra del viento. Diez millones por 14,5 euros son 145 millones de euros. Es mucho movimiento.
Desconozco las razones del éxito de Ruiz Zafón. Supongo que tendrán que ver con la escritura, aunque no sé bien en qué sentido. He leído la presentación que hace en el periódico de su próxima novela y su prosa es muy escolar, aunque vete a saber tú cómo está ahora la escuela. Respecto a la escritura, sin embargo, mucho más interesante y significativo es el fragmento de la nueva novela que publica el Magazine:
"Una madrugada desperté de golpe sacudido por mi padre, que volvía de trabajar antes de tiempo. Tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a aguardiente. Le miré aterrorizado y el palpó con los dedos la bombilla desnuda que colgaba de un cable. --Está caliente. Me clavó los ojos y lanzó la bombilla con rabia contra la pared. Estalló en mil pedazos de cristal que me cayeron en la cara pero no me atreví a apartarlos."
Etcétera. Es realmente malo. Pésimo. Siete líneas. Palpó con los dedos, declara. Las bombillas son de cristal, descubre. "Mil pedazos". "Clavó los ojos". "Inyectados en sangre". Y estos poderes del muchacho que en una habitación a oscuras ve en los ojos de su padre hasta las venillas. La cuestión principal no es que Ruiz Zafón sea un hórrido escritor. En los negocios esto no es importante. La cuestión principal atañe a sus editores: que después de haberse embolsado alrededor de 70 millones de euros con su primer libro no le hayan comprado al pobre Ruiz Zafón un equipo de correctores o al menos un programa informático de nivel medio. La dejadez editorial (que lo hayan abandonado con sus innumerables anacolutos y sus gozosos problemas de raccord) es lo realmente sorprendente. A menos que la dejadez no sea causa, precisamente, del éxito.”
Algo se aproxima, sí. La obra de Ruiz Zafón es un monumento al anacronismo, a la prosa descuidada y al anacoluto. Bien visto. ¿Estamos en la pista de una futura crítica que diseccione el fenómeno como se merece: en vivo y sin anestesia? No, amigos. No, porque estamos en la edad de oro de la sofística, que permite retorcer los argumentos hasta demostrar que lo blanco es negro y lo negro es blanco. Un manejo sutil de las palabras permite al sofista elevar a un autor hasta la cumbre o hundirlo en la miseria con tan sólo apenas cambiar una coma. Sin puntos de referencia, el crítico revolotea por los aires hasta poner el mundo boca abajo. Y el caso es que no es otro que alguien tan solvente como Justo Navarro quien se encarga de rebuscar entre la inmundicia hasta dar con pepitas de oro, invertir los valores y convertir los defectos en virtudes:
“A Carlos Ruiz Zafón le gustan las frases ritualmente literarias. Si su héroe entra en la casa que acaba de alquilar, lo hace como una legión de "exploradores británicos adentrándose en las tinieblas de un milenario sepulcro egipcio". El atardecer cubre el cielo "como un sudario rojo". Barcelona es "un perpetuo y negro crepúsculo de humo de fábricas". La literatura tiene su liturgia, sus encantamientos, y los ritos, como supo un poeta inglés, son el lazo atemporal que une a muertos y nonatos. Martín será inmortal porque escribe como un santo evangelista y dispara con tino y aplasta tráqueas. "Hundí el puño en su boca, partiéndole los labios y arrancándole varios dientes", dice el superhéroe, escribiendo como si escribiera hoy, lo que explica que en los años veinte un Rolls-Royce sea ya una pieza de coleccionista, y haya un Mercedes-Benz viejísimo en el garaje de una casa que se hundió en 1904, y un periodista de 1917 hable de meritocracia y medios de comunicación de masas, y existan ya becarios de los que abusar en la redacción de los periódicos. Lo que leemos es absolutamente actual, música de sampling y mezclas, cine y literatura y videojuegos, nostalgia y devoción: recordatorio de que hasta las más sagradas invenciones son literatura fantástica.“
Mira tú por dónde, lo que hace Ruiz Zafón no es sino un ejercicio metanarrativo en el que entran en juego, por una parte, multitud de referencias cinematográficas y literarias (cómic incluido), y por otra el empleo de motivos actuales para introducir una reflexión acerca del carácter ficticio de la narración, en un juego comparable a los malabarismos metaficcionales de un Vladimir Nabokov. Toma ya. De manera que era eso. Acabáramos...
No hay nada como caer en gracia. En fin, yo me siento incapaz de profundizar en el tema. Uno acaba enfangado en debates en los que las cifras de ventas se convierten en argumentos, o repitiendo lo malos que son esos programas de la tele que ven tantos millones de paisanos. Qué rollo. Al menos, de la entrevista de El país se deduce que don Carlos no es un estafador, ni un charlatán, ni un vendedor de mercancía averiada (un Follet): el hombre es sincero. Lo que pasa es que no da más de sí. Ni él, ni nosotros. A mí me queda el regusto amargo que deja su estilo "novela juvenil", combinado con toques de casticismo rancio y literatura acartonada. Que no me gusta, vamos.
Bueno. Pues en espera de que alguien se dedique a analizar como es debido el estilo zafonesco (también son ganas...), me quedaré leyendo a Bolaño o a Pitol (no digo Proust o Benet para que no me llamen pedante), y repitiendo con Antonio Rabinad:
“Empecé La sombra del viento, en la primera página pensé que tenía cierta gracia de literatura barata, pero luego no pude pasar de la segunda, no soporto sus incongruencias, qué burradas... Zafón no tiene ni idea de la Barcelona de la posguerra ... “
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