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Resumen

Venimos de la feria...

 


Por suerte, en la feria del libro hay otras muchas cosas no zafonescas. Aunque ha sido una visita rara. Para empezar, no recuerdo cuándo fue la última vez que acudí a la feria con abrigo. ¡Qué frío! ¡Qué nubarrones! Las páginas de los libros estaban hinchadas y arrugadas por la humedad, y hasta las cubiertas de los peor editados (y no señalo a nadie) se combaban hacía arriba dejando las inocentes portadas a la intemperie. Algunos libros tienen, pobrecitos, más vergüenza que sus editores.

Este año ha habido algunas novedades: han retirado casi todas las casetas del margen izquierdo -según se entra- del primer tramo, con lo que desaparecen los atascos que se formaban el verano pasado. No obstante, la organización asegura que este año hay más casetas. Claro, pero son más pequeñas, de modo que el espacio que ocupan en total es bastante más reducido. Y puesto que la variedad de los libros es inversamente proporcional al tamaño de la caseta, parece que unos pocos títulos se repiten ad nauseam a lo largo de todo el recorrido. Pero la feria siempre depara sorpresas.

Cuento estas estupideces porque en lo que no he visto casi novedad alguna ha sido en los propios libros. Es curioso que, siendo este un país donde se edita sin freno, salgan cada año tan pocas novedades. Lo que está de moda son los volúmenes de relatos y ensayitos sueltos (en lo que técnicamente son folletos, y no libros -igual de caros-, por tener menos de cincuenta páginas), además de las recopilaciones y refritos de notas y papeles sueltos, trabajos inéditos y otras piezas de caza menor, las cuales no dan ni para un aperitivo. Pero ya comentaba el otro día algo al respecto...

Ha sido una visita algo decepcionante, a pesar de algún episodio entretenido. Por ejemplo, me he visto obligado a huir de la disertación sobre Schopenhauer que ha comenzado a lanzarme un librero de voz cazallera, cuando me ha sorprendido ojeando un volumen que ya había descartado en el acto por su letra microscópica. He dejado a ambos con la palabra en la boca y con un cabreo considerable. A saber cuándo volverá a caer en sus redes otro lector con curiosidad por Schopenhauer. Me ha recordado a una planta insectívora. Tened cuidado si vais a la feria, y sobre todo ya sabéis: nada de Schopenhauer.

En el extremo opuesto, un muchacho orondo y barbudo me ha respondido que no tenían nada de Star Trek cuando le he preguntado por la novela "En busca de Klingsor" de Jorge Volpi. ("¿Con B?" "No, con V." "Ah, pues tampoco." Lo que me ha dejado con la duda atroz de que exista otra "En busca de Klingsor" de un hipotético Bolpi, incógnita que he preferido no despejar porque siempre es bueno dejar que sigan existiendo según qué misterios insondables en el mundo. Así es más divertido. Más "Borgeano".)

Y poco más. Bueno, un argentino ha tratado de venderme "el último libro de Vila-Matas, que aún no se ha publicado en España": una recopilación sureña de artículos y conferencias. Y casi cuela. Curiosa la pasión que despierta Vila-Matas por aquellos pagos, a juzgar por las casetas institucionales (?) de Chile (todo Bolaño) y Argentina (Aira y los de siempre).

Al final he abandonado el Retiro con los viajes de Kapuscinsky, "No ficción" de Verdú, "El viento ligero en Parma" de Vila-Matas (curiosa edición, por cierto) y la ropa empapada por el tormentucho.

Después me he ido de librerías, a cazar libros criados en cautividad. A diferencia de los bichos, se conservan mejor si no ven la luz del sol ni han soportado en sus cubiertas el granizo y la tormenta. De éstos me he quedado con un sugerente libro llamado "Melancolía" de un húngaro de nombre impronunciable (László F. Földényi; ay, mis dedos), además de un par de libros de tema florentino.

Un dineral, vamos. ¿Quién dijo crisis? En fin, probablemente me pasaré los próximos meses encerrado en casa y leyendo a la luz de una vela. Debería cambiar de vicio, pero a ciertas edades el de los libros es el único asequible.

02/06/2008 02:21 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: El libro Hay 1 comentario.

Renacer


Regla básica, la enunciada por Gide: "No aprovecharse nunca del impulso adquirido". ¿Cada nuevo libro tendría, pues, que partir de cero? Hemos sido testigos del derrumbe de autores que por años fueron nuestros ídolos, cuya audacia admirábamos sin reservas, llegamos a pensar que su prosa y su visión no sólo renovaban el lenguaje narrativo sino que modificaban nuestra percepción de la existencia hasta que, a partir de alguno de sus libros, paralizados, dudosos de nuestras propias facultades, comenzamos a descubrir que su lenguaje nos dejaba fríos, que nos habíamos vuelto insensibles a su subyugación, para arribar al convencimiento final de que las facultades que habría que poner en duda no eran las nuestras sino las del escritor antiguamente idolatrado, cuya prosa se había dejado devorar por un lenguaje vegetativo del que no pudo o no supo defenderse, no se sabe si por facilonería, autocomplacencia o por extenuación; un lenguaje que, como un posible Gólem, había comenzado a marcar las reglas del juego, a marchar por su cuenta, a confundir al narrador, a convertirlo en un mero amanuense. Félix de Azúa recordaba alguna vez una conversación con Chillida, donde el escultor le dijo que en su juventud se sintió de pronto sorprendido por la facilidad con que realizaba su trabajo hasta que, atemorizado por esa extraordinaria destreza, se obligó a esculpir con la mano izquierda para volver a sentir la tensión de la materia.[...]

El arte de la fuga
Sergio Pitol

 

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05/06/2008 01:59 Autor: settembrini. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.


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