El zafonazo



Ojeo en una caseta de la feria del libro “El juego del ángel”, de Ruiz Zafón, y me pregunto una vez más qué ve la gente en sus novelas. Desde luego, están por toda la feria. Parece que las compran a puñados. Debe de ser cosa mía. Soy muy raro.

Me siento en una terraza, a pasar frío, y nada más abrir el periódico por las páginas de Cultura (je) me topo con un titular inmenso: “Aquí la literatura es un gueto de mediocridad y pretensión”. Ruiz Zafón dixit. Un sudor frío recorre mi espalda, como en una mala novela. Quizá estoy perdiendo el contacto con la realidad. La cosa empieza a ser preocupante, de manera que decido buscar remedio en Google. (Sí, soy tonto, qué pasa.)
 
Resumiendo, mis indagaciones no han tenido demasiado éxito. Da la sensación de que la poca crítica literaria que se deja ver por la red prefiere ignorar olímpicamente a Ruiz Zafón. No se lo reprocho, pero creo que no estaría de más ir tomando nota de su existencia. 

Eso sí, Internet es un hervidero de blogs, foros y reseñas amateur dedicadas a “La sombra del viento” y a “El juego del ángel”. Al menos no hay ninguna dedicada al autor en plan estrella de cine, como ocurre con otros. La mitomanía tiene sus límites. En cualquier caso, el tono de estas es casi unánimemente laudatorio, entusiasta, casi hooliganesco. Qué pasiones, qué entusiasmos, qué uniformidad. Únicamente aparece roto este tono, aquí y allá, por ataques en general no demasiado brillantes ni bien argumentados. Casi como las breves menciones despectivas que le han dedicado otros autores; eso sí, sin aportar un solo argumento consistente.

Ah, doy al fin con un estudio serio: el publicado por Eduardo Ruiz Tosaus en Espéculo. Lo leo y lo releo, y le envidio a Ruiz Zafón un crítico tan benévolo. Trata el hombre de explicar tal fenómeno, tal éxito de ventas, y parece uno de esos críticos de cine que ya no osan castigar a los taquillazos, y les regalan críticas de almíbar. Pero no me satisface: no acaba de explicar el dolor de úlcera que me asalta ante ciertas frases de “La sombra del viento”. ¿Nadie se atreve a analizar los sufrimientos que experimenta el idioma en manos de este hombre? Se ve que no. Nadie. Nadie, hasta que doy con un proyecto de crítica esbozado por Arcadi Espada en El mundo:

“El Magazine del periódico publica un adelanto de la nueva novela de Ruiz Zafón. Este escritor es un caso serio: al parecer vendió diez millones de ejemplares de su anterior obra, La sombra del viento. Diez millones por 14,5 euros son 145 millones de euros. Es mucho movimiento.

Desconozco las razones del éxito de Ruiz Zafón. Supongo que tendrán que ver con la escritura, aunque no sé bien en qué sentido. He leído la presentación que hace en el periódico de su próxima novela y su prosa es muy escolar, aunque vete a saber tú cómo está ahora la escuela. Respecto a la escritura, sin embargo, mucho más interesante y significativo es el fragmento de la nueva novela que publica el Magazine:

"Una madrugada desperté de golpe sacudido por mi padre, que volvía de trabajar antes de tiempo. Tenía los ojos inyectados en sangre y el aliento le olía a aguardiente. Le miré aterrorizado y el palpó con los dedos la bombilla desnuda que colgaba de un cable. --Está caliente. Me clavó los ojos y lanzó la bombilla con rabia contra la pared. Estalló en mil pedazos de cristal que me cayeron en la cara pero no me atreví a apartarlos."

Etcétera. Es realmente malo. Pésimo. Siete líneas. Palpó con los dedos, declara. Las bombillas son de cristal, descubre. "Mil pedazos". "Clavó los ojos". "Inyectados en sangre". Y estos poderes del muchacho que en una habitación a oscuras ve en los ojos de su padre hasta las venillas. La cuestión principal no es que Ruiz Zafón sea un hórrido escritor. En los negocios esto no es importante. La cuestión principal atañe a sus editores: que después de haberse embolsado alrededor de 70 millones de euros con su primer libro no le hayan comprado al pobre Ruiz Zafón un equipo de correctores o al menos un programa informático de nivel medio. La dejadez editorial (que lo hayan abandonado con sus innumerables anacolutos y sus gozosos problemas de raccord) es lo realmente sorprendente. A menos que la dejadez no sea causa, precisamente, del éxito.”


Algo se aproxima, sí. La obra de Ruiz Zafón es un monumento al anacronismo, a la prosa descuidada y al anacoluto. Bien visto. ¿Estamos en la pista de una futura crítica que diseccione el fenómeno como se merece: en vivo y sin anestesia? No, amigos. No, porque estamos en la edad de oro de la sofística, que permite retorcer los argumentos hasta demostrar que lo blanco es negro y lo negro es blanco. Un manejo sutil de las palabras permite al sofista elevar a un autor hasta la cumbre o hundirlo en la miseria con tan sólo apenas cambiar una coma. Sin puntos de referencia, el crítico revolotea por los aires hasta poner el mundo boca abajo. Y el caso es que no es otro que alguien tan solvente como Justo Navarro quien se encarga de rebuscar entre la inmundicia hasta dar con pepitas de oro, invertir los valores y convertir los defectos en virtudes:

“A Carlos Ruiz Zafón le gustan las frases ritualmente literarias. Si su héroe entra en la casa que acaba de alquilar, lo hace como una legión de "exploradores británicos adentrándose en las tinieblas de un milenario sepulcro egipcio". El atardecer cubre el cielo "como un sudario rojo". Barcelona es "un perpetuo y negro crepúsculo de humo de fábricas". La literatura tiene su liturgia, sus encantamientos, y los ritos, como supo un poeta inglés, son el lazo atemporal que une a muertos y nonatos. Martín será inmortal porque escribe como un santo evangelista y dispara con tino y aplasta tráqueas. "Hundí el puño en su boca, partiéndole los labios y arrancándole varios dientes", dice el superhéroe, escribiendo como si escribiera hoy, lo que explica que en los años veinte un Rolls-Royce sea ya una pieza de coleccionista, y haya un Mercedes-Benz viejísimo en el garaje de una casa que se hundió en 1904, y un periodista de 1917 hable de meritocracia y medios de comunicación de masas, y existan ya becarios de los que abusar en la redacción de los periódicos. Lo que leemos es absolutamente actual, música de sampling y mezclas, cine y literatura y videojuegos, nostalgia y devoción: recordatorio de que hasta las más sagradas invenciones son literatura fantástica.“



Mira tú por dónde, lo que hace Ruiz Zafón no es sino un ejercicio metanarrativo en el que entran en juego, por una parte, multitud de referencias cinematográficas y literarias (cómic incluido), y por otra el empleo de motivos actuales para introducir una reflexión acerca del carácter ficticio de la narración, en un juego comparable a los malabarismos metaficcionales de un Vladimir Nabokov. Toma ya. De manera que era eso. Acabáramos...

No hay nada como caer en gracia. En fin, yo me siento incapaz de profundizar en el tema. Uno acaba enfangado en debates en los que las cifras de ventas se convierten en argumentos, o repitiendo lo malos que son esos programas de la tele que ven tantos millones de paisanos. Qué rollo. Al menos, de la entrevista de El país se deduce que don Carlos no es un estafador, ni un charlatán, ni un vendedor de mercancía averiada (un Follet): el hombre es sincero. Lo que pasa es que no da más de sí. Ni él, ni nosotros. A mí me queda el regusto amargo que deja su estilo "novela juvenil", combinado con toques de casticismo rancio y literatura acartonada. Que no me gusta, vamos.

Bueno. Pues en espera de que alguien se dedique a analizar como es debido el estilo zafonesco (también son ganas...), me quedaré leyendo a Bolaño o a Pitol (no digo Proust o Benet para que no me llamen pedante), y repitiendo con Antonio Rabinad:

“Empecé La sombra del viento, en la primera página pensé que tenía cierta gracia de literatura barata, pero luego no pude pasar de la segunda, no soporto sus incongruencias, qué burradas... Zafón no tiene ni idea de la Barcelona de la posguerra ... “



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31/05/2008 17:04 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Tipos y tipejos.

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