El tiempo de los buitres



Hoy aparece en El país la desasosegante noticia de que el hijo de Vladimir Nabokov va a publicar la “última novela inédita” que dejó al morir su señor padre. Naturalmente, se trata de un puñado de papeles que contienen el esbozo de una historia inacabada, y probablemente el pobre Vladimir se revolcaría en su tumba ante la perspectiva de la publicación de un borrador a medio cocer. Pero sucede que Dimitri Vladimirovich es de esos hijos de escritor que no sólo ha vivido a la sombra del padre, sino que se ha construido un chamizo con los huesos de aquel, para protegerse de las inclemencias de la pobreza hasta la jubilación y más allá. Bien por Vladimir, que fue capaz de construir una obra tan rica como para dar de comer a varias generaciones de Nabokovs, sin que tengan que dar un palo al agua.

Reclamaba Javier Marías en un artículo el derecho de dejar un patrimonio a los hijos en forma de obra literaria, como quien deja unas fincas o un emporio industrial. Puede que no le falte razón, pero para quienes pensamos que una novela no es una fábrica de chorizos ni un patatal, el asunto se reduce a consentir que unos zangolotinos vivan del cuento (literalmente) escrito por los papis. Y oiga, como que no.

Hemos pasado de una literatura antigua en la que el autor sólo era un fantasma, que enriquecía a la manera de un Shakespeare el legado de las viejas generaciones (emulatio, imitatio y unos toques de genio) a considerar la obra literaria como un producto industrial hasta las últimas consecuencias. Sé que es polémico cuestionar el concepto de derecho de autor, o el más tosco y anglosajón de copyright, pero no creo que debamos lanzarnos por un camino a ciegas obviando las múltiples contradicciones que encierran unos y otros sistemas. Está por encontrar la solución.

Pero yo a lo que quería referirme era, más que al derecho de los hijos de vivir del trabajo de los padres (innoble para quienes en su día criticábamos el concepto mismo de herencia, como hacía alguno de estos escritores ex-progres que ahora quieren dejar la mesa puesta a sus niños), a la práctica cada vez más extendida de saquear hasta la última nota manuscrita dejada por un autor muerto para lanzar ediciones y ediciones de supuestas obras inéditas, en realidad inexistentes.

Nadie critica que un albacea se invente obras de un Bolaño, si de lo que se trata es de sacar adelante a una familia abandonada trágicamente a su suerte por la muerte prematura de un genio como don Roberto, pero cuando encontramos a un Dimitri Vladimirovich o a un Tolkien Junior viviendo hasta los restos del trabajo de papá, la cosa cobra un cariz más amargo. De vez en cuando vemos también en la tele a algún camilo de apellido aristocrático tratando de ganarse los garbanzos y el prestigio a costa de los de papá, pero por patético que resulte no deja el hombre de hacer un esfuerzo propio. Lo de inventarse obras inexistentes a partir de notas sueltas y restos de apuntes dejados atrás por escritores muertos es algo que entra en el ámbito de la piratería y la necrofagia, y puesto que los académicos, críticos y editores viven del negocio, deberíamos ser los lectores quienes dejando atrás la pena, la admiración o el morbo, nos negásemos a participar en semejante banquete fúnebre, en el que el plato principal es la chicha del propio difunto. Y que dejen de mentar a Brod y a Kafka. Esto es inmoral.


Claro que al menos estos buitres se esperan a que el autor estire la pata. Es más patético el caso de las barraganas que exprimen a los genios decrépitos para sacarles opúsculos infames antes de su paso a mejor vida. Ahí están los casos de cierto autor uruguayo y de cierta momia argentina que de vez en cuando dan a la imprenta obritas absolutamente infames y evidentemente apócrifas. ¿No podrían tener esas señoras algo de paciencia? Sólo tienen que aguardar un poco para convertirse en viudas ilustres y presidentas de fundaciones. Como dijo el moribundo al buitre que le roía las canillas: “Caray, qué prisas.”

El caso es no trabajar...


Pero aún encontramos en este desconcertante sábado otro ejemplo de carroñería, en el afán que demuestran ciertos comentaristas por convertir a Thomas Mann en toda una locaza:

 

“Durante mucho tiempo se consideró Muerte en Venecia una obra criptogay. Un músico maduro -un escritor, en la novela de Mann-, respetable, casado y con prole, conoce de repente a un muchachito guapo y pierde por completo la razón. Disimula su metamorfosis haciendo sublimes consideraciones acerca del arte, de la belleza ideal y de los desarreglos que acarrea la vida, pero lo que en realidad desea es encamarse con Tadzio, quitarle su traje de baño de rayas o su vestido de marinerito y revolcarse a su lado con rijosidad.” [Babelia]

 

Bonita forma de devaluar una obra de arte. Y es que el tercer modo de practicar la necrofagia literaria pasa por rebuscar en las miserias de autores difuntos para convertirlas en parte del legado. Aunque haya que mentir. Todo sea por el morbo. Asistimos así a la publicación de librejos como la infinidad de biografías de Proust, en las que obviando cualquier consideración artística o literaria, el biógrafo hoza como un marrano en la intimidad de la persona, convirtiendo el análisis literario en una variante del periodismo amarillista más inmundo. ¿Para qué molestarse en comprender la obra de un Mann o un Proust, si todo lo que importa es si eran o no iconos criptogays? Si llegan a saber que lo único que importaría a la posteridad iba a ser lo que hacían en la alcoba (inventado o no), y no lo que escribían en el despacho, a buenas horas nos dejan regalos tan maravillosos como sus novelas, tan lejos de lo que se escribe hoy en día como lo están sus biógrafos del concepto de decencia.

En resumen, creo que dejar de leer a ciertos infames viene a ser tan urgente como dejar de ver ciertas televisiones. Emprendamos en su lugar una buena cacería de buitres, antes de que terminen por convertir las bibliotecas en casquerías. Camino llevamos.

10/05/2008 15:02

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Autor: Gabriela

Hace mucho que eso ocurre. Nunca olvidaré lo que sentí en el Museo Picasso de París, al ver que hasta las servilletas que el ilustre malagueño había garabateado estaban expuestas en las estanterías.
Y algo así me había pasado en la casa-museo de Freud. Fetichismo y vil negocio: un asco.
Saludos.

Fecha: 11/05/2008 20:07.


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