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Así comenzaba una larga secuencia de desmentidos, que duraría casi toda la década. En una carta publicada en la edición de octubre de 1953 de la revista Nation, Russell acusaba los comunistas de organizar un complot contra él:
“La historia de que yo he apoyado la idea de una guerra preventiva contra Rusia es un cuento inventado por los comunistas. En una ocasión, hablé en una reunión en la que el único periodista presente era comunista, aunque trabajaba para un periódico neutral. Aprovechó esta oportunidad, y a pesar de todos mis esfuerzos, nunca he podido deshacer el daño que me infligieron. [...] The New Statesman de Londres lo publicó, pues creyeron en la veracidad del reportaje. Sólo cuando fui a ver al director, en compañía de mi abogado, los persuadí de que publicasen una larga carta mía en la que refutaba los hechos. Tienen ustedes toda la libertad de usar esa carta como quieran, y estaré encantado si divulgan su contenido a quien aún cree en aquel reportaje infamante.“
¿Qué motivaría a Russell, conocido por ser uno de los principales divulgadores de la guerra preventiva, para que repudiase su postura? Quizá porque los tiempos cambiaban. El arsenal nuclear soviético aumentó; los americanos fabricaron la bomba de hidrógeno; los soviéticos también produjeron la bomba de hidrógeno. La peor pesadilla ya no era caer víctima de un ataque por sorpresa, del que el enemigo surgiría vencedor y sin daño. Ahora que ambos bandos poseían la capacidad de responder al ataque, cualquier tipo de guerra nuclear se convertiría en un holocausto para todos. Russell debió sentirse aún más incómodo, pues paradójicamente había apoyado la guerra, y a la vez había participado activamente en movimientos pacifistas y a favor del desarme. En 1958, pasó a ser el primer presidente de la Campaña para el Desarme Nuclear. Dimitió a los dos años, debido sobre todo a que, en su opinión, la organización no era lo suficientemente activista. En 1961, Russell fue condenado a prisión por haber organizado una sentada a favor del desarme nuclear.
En una retransmisión de la BBC que tuvo lugar en 1959 Russell confesó por fin que anteriormente había militado a favor de la guerra preventiva. El entrevistador John Freeman le preguntó: “¿Es verdad o no que en los últimos años usted ha defendido la postura de que habría que hacer la guerra preventiva contra el comunismo, es decir, contra la Rusia soviética?. La respuesta de Russell fue como sigue:
“Es completamente cierto, y no me arrepiento de ello. No se contradecía con lo que pienso ahora. Lo que yo he sostenido en todo momento es que toda guerra nuclear en que las dos partes tuviesen armas es que toda guerra nuclear en que las dos partes fuesen armas nucleares sería un completo desastre. En cierta ocasión, justo tras finalizar la pasada guerra, los americanos tenían el monopolio de las armas nucleares, y ofrecieron difundir internacionalmente las armas atómicas a través del plan Baruch. Yo pensé que se trataba de una propuesta muy generosa por su parte, y que sería muy conveniente que el mundo la aceptase. Pero no defendía una guerra nuclear, sólo que se debería presionar mucho a Rusia para que aceptara el plan Baruch; yo opinaba que si persistían en su negativa, quizá habría que llegar a la guerra. En ese momento, sólo un bando poseía armas nucleares, y lo más seguro es que los rusos hubiesen cedido. Pienso que hubiera sido así, y aún creo que se habría podido evitar la existencia de dos potencias iguales con tales medios de destrucción; éste es el tremendo riesgo que corremos ahora.”
¿Y si la presión no hubiera bastado, y hubiera sido necesario pasar a la acción? ¿Acaso hubiera apoyado Russell el bombardeo a los soviéticos?, le preguntó Freeman. “Sí”, replicó Russell, y añadió: “No se pueden hacer amenazas a no ser que se tenga la disposición de cumplirlas si no se acepta el farol”.
A continuación, Freeman le preguntó por qué había desmentido repetidamente que estaba a favor de la guerra preventiva. Russell dijo: “En realidad, había olvidado por completo que me pareciera adecuada una política de amenazas que tuviera como posible desenlace una guerra”. Llegado a este punto, Freeman dejó el tema. Sin embargo, es demasiado pedir creer que Russell se había olvidado de todo el contenido de muchos discursos, cartas y artículos escritos apenas unos meses antes de su primer desmentido.”
El dilema del prisionero
William Poundstone
Alianza Editorial

“En aquel desfiladero, apenas suficientemente ancho para un solo cañón, habían amontonado los restos de por lo menos cuatro piezas. Si habían percibido el silencio de sólo el último inutilizado, era porque habían faltado hombres para sustituirlo rápidamente por otro. Los desechos de esparcían a ambos lados del camino; los hombres habían logrado mantener un espacio libre en el medio en el que la quinta pieza estaba ahora haciendo fuego. ¿Los hombres? ¡Parecían demonios del infierno! Todos sin gorra, todos desnudos hasta la cintura, su piel, humeante, negra de manchas de pólvora y salpicada de gotas de sangre. Todos trabajaban como dementes, manejando el ariete y los cartuchos, las palancas y el gancho de disparo. A cada golpe de retroceso, apoyaban contra las ruedas sus hombros tumefactos y sus manos ensangrentadas, y encajaban de nuevo el pesado cañón en su lugar. No había órdenes. En aquel enloquecido revuelo de alaridos y explosiones de obuses; entre el silbido agudo de las esquirlas de hierro y de las astillas que volaban por todas partes, no se hubiera oído ninguna orden. Los oficiales, si es que quedaban oficiales, no se distinguían de los soldados. Todos trabajaban juntos, cada uno, mientras aguantaba, dirigido por miradas. Cuando el cañón era escobillado, se cargaba; cuando estaba cargado, se apuntaba y se tiraba. El coronel vio algo que no había visto jamás en toda su carrera militar, algo horrible y misterioso: ¡el cañón sangraba por la boca! En un momento en que faltaba agua, el artillero que esponjaba la pieza había empapado la esponja en un charco de sangre de uno de sus camaradas. No había ningún conflicto en todo aquel trabajo. El deber del instante era obvio. Cuando un hombre caía, otro, muy poco más limpio, parecía surgir de la tierra en lugar del muerto, para caer a su vez.”
El caso del desfiladero de Coulter
Cuentos de soldados y civiles
Ambrose Bierce