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Ed. Acantilado, 2006
Libro IV, Cap. 6, p. 157
“Mi refugio durante el día, cuando quería evitar a los pasajeros, era la gavia del palo mayor; trepaba a ella ligero ante los aplausos de los marineros. Me sentaba allí dominando las olas.
El espacio, que se extendía en un doble azul, parecía una tela preparada para recibir las creaciones futuras de un gran pintor. El color de las aguas era semejante al del cristal líquido. Largas y altas ondulaciones abrían en sus hondonadas puntos de fuga hacia los desiertos del océano: estos vacilantes paisajes volvían sensible a mis ojos la comparación que se hace en las Escrituras de la tierra tambaleándose ante el Señor, como un hombre ebrio. Por momentos se hubiera dicho que el espacio era estrecho y limitado, por falta de un punto de relieve; pero si una ola alzaba la cabeza, o se curvaba, imitando una costa lejana, o un banco de cazones pasaba por el horizonte, entonces había una escala de medida. La extensión se revelaba sobre todo cuando una neblina, reptando por la superficie pelagiana, parecía acrecentar la inmensidad misma.
Una vez que había bajado de la cofa del mástil como en otro tiempo del nido de mi sauce, siempre reducido a mi existencia solitaria, cenaba una galleta, un poco de azúcar y un limón; a continuación, me acostaba, bien en la cubierta del puente sobre mi abrigo, bien bajo el puente en mi coy: sólo tenía que extender un brazo para llegar de mi lecho a mi ataúd.”
Memorias de ultratumba
Chateaubriand
Ed. Acantilado, 2006

“El aspecto de Filadelfia es monótono. En general, lo que se echa de menos en las ciudades protestantes de los Estados Unidos son las grandes obras arquitectónicas: la Reforma, joven aún y que no hace ningún sacrificio a la imaginación, raramente ha levantado esas cúpulas, esas naves aéreas, esas torres gemelas con que la antigua religión católica ha coronado Europa. Ningún monumento en Filadelfia, en Nueva York, en Boston, ni pirámide que sobrepase la mole de los muros y de los tejados: este nivel parejo que hace más triste la vista.“
Memorias de ultratumba
Chateaubriand
Libro VI, capítulo 7, pág. 179

“Así es como Mukunzo Kioko, historiador oral de la tribu pende, contaba en el siglo XX la llegada de los portugueses:
‘Nuestros padres llevaban una vida cómoda [...]. Tenían ganado y cosechas; tenían salinas y plataneros.
De pronto vieron un gran barco que surgía del gran océano. Aquel barco tenía alas de color blanco que refulgían como cuchillos.
Los hombres blancos salieron del agua y pronunciaron palabras que nadie entendía.
Nuestros antepasados de asustaron; dijeron que eran vumbi, espíritus que habían regresado de los muertos.
Y les hicieron retroceder al océano con una lluvia de flechas.
Pero los vumbi escupieron fuego con un ruido de trueno. Muchos hombres fueron muertos. Nuestros antepasados huyeron.
Los jefes y los sabios dijeron que aquellos vumbi eran los antiguos dueños de la tierra...
Desde aquel momento hasta nuestros días, los blancos sólo nos han traído guerras y desgracias.”
El fantasma del rey Leopoldo
Adam Hochschild
Ed. Península, 2002
“El 28 de enero de 1841, un cuarto de siglo después de la fallida expedición de Tuckey, nacía en la pequeña localidad galesa de Denbigh –una villa con mercado- el hombre que llevaría a cabo de manera espectacular lo que aquél había intentado realizar. En el libro de partidas de nacimiento de la iglesia de St. Hilary aparece inscrito como “John Rowlands, bastardo”; calificativo que marcaría al muchacho para el resto de su vida, una vida dedicada obsesivamente a superar un sentimiento de vergüenza. El joven John fue el primero de cinco hijos ilegítimos que dio a luz Betsy Parry, criada de profesión. Su padre pudo haber sido John Rowlands, un borracho local muerto de delirium tremens, un importante abogado casado llamado James Vaughan Horne o un novio que Betsy Parry tenía en Londres, ciudad en la que había trabajado.
Tras dar a luz, Betsy Parry marchó de Denbigh marcada por la ignominia dejando a su bebé en casa de dos tíos y su abuelo materno, un hombre que creía que los chicos que se portan mal necesitan unos ‘buenos azotes’. El abuelo de John murió al cumplir éste cinco años, y los tíos se libraron de inmediato de su indeseado sobrino pagando media corona a la semana a una familia del lugar para que lo recogiera. Cuando la familia pidió más dinero, los tíos no accedieron. Un día, la familia de acogida dijo al joven John que su hijo Dick lo llevaría a visitar a su ‘tía Mary’ en otro pueblo:
‘El camino parecía interminable u tedioso[...]. Al final, Dick me bajó de su hombros ante un inmenso edificio de piedra , cruzando unas altas puertas de hierro, tiró de una campana que pude oír sonar ruidosa en el lejano interior de la casa. Un desconocido de rostro sombrío apareció en la puerta y, a pesar de mis protestas , me cogió de la mano y me arrastró al interior , mientras Dick intentaba calmar mis miedos con mucha labia prometiéndome que sólo iba a buscar a tía Mary para traerla a mi lado. La puerta se cerró tras él y, con el eco de aquel sonido , experimenté por vez primera el atroz sentimiento de la más extrema desolación.’
A sus seis años, John Rowlands era un interno del asilo parroquial de St. Asaph. Los testimonios sobre la vida en St. Asaph aparecen cubiertos, en general, por un velo de eufemismos victorianos, pero un periódico local se quejaba de que el director de asilo era un alcohólico que se tomaba “libertades indecentes” con las empleadas. Una comisión investigadora que visitó el asilo en 1847, por las fechas de la llegada de John Rowlands, informaba de que los varones adultos ‘tenían todos los vicios posibles’, y que los niños dormían de dos en dos, un niño mayor con otro menor, con el resultado de que comenzaban ‘a practicar y entender cosas que no debían’. John Rowlands demostraría durante el resto de su vida sentir miedo hacia cualquier forma de intimidad sexual.
Al margen de lo que John hubo de soportar o ver en el dormitorio del asilo, en sus aulas fue cada día mejor. Sus buenos rendimientos le valieron como premio una Biblia donada por el obispo local. El niño se sentía fascinado por al geografía. [...]
Una noche, cuando John tenía doce años, su supervisor se acercó a él ‘durante la hora de la cena, mientras todos los internos se hallaban reunidos, y señalando a una mujer alta con un rostro oval y un gran rodete de pelo negro en la parte posterior de la cabeza me preguntó si la reconocía’.
‘No señor’, respondí.
‘¡Cómo! ¿No reconoce a su propia madre?’
‘Comenzó a arderme la cara y le dirigí una tímida ojeada; percibí que me contemplaba con una mirada escrutadora fría y crítica. Había esperado sentir hacia ella una efusión de ternura, pero su expresión fue tan heladora que las válvulas del corazón se me cerraron como con un chasquido.’
A aquel sobresalto se sumó el hecho de que su madre había llevado consigo a St. Asaph dos nuevos hijos ilegítimos, un niño y una niña. Unas semanas más tarde, la mujer se marchó del asilo. Para John fue el último abandono de una larga cadena.
Cumplidos los quince años salió de St. Asaph y se alojó sucesivamente con varios parientes, todos los cuales parecieron sentirse incómodos al tener que acoger al primo procedente de un asilo de pobres. A los diecisiete, mientras vivía en Liverpool con un tío suyo y trabajaba como chico de los recados para un carnicero, temió ser despedido una vez más. Cierto día se encontraba en el muelle llevando una entrega de carne a un barco mercante norteamericano, el Windermere. El capitán observó a aquel joven pequeño de estatura pero de aspecto robusto y le preguntó: ‘¿Te gustaría navegar en este barco?’
En febrero de 1859, tras siete semanas de viaje, el Windermere atracó en Nueva Orleans, donde el joven recién llegado saltó a tierra. [...] Mientras recorría las calles en busca de trabajo, descubrió en el porche de un almacén a un hombre de edad mediana con chistera, un agente comercial algodonero, según supo más tarde, y se le acercó: ‘¿Quiere un mozo, señor?”
El agente comercial, impresionado por la única referencia de John, la Biblia del premio con la inscripción del obispo, tomó como empleado a aquel adolescente galés. Poco después, el joven John Rowlands, residente ya en el nuevo mundo, decidió darse un nombre nuevo. El procedimiento fue gradual. En el censo de Nueva Orleans de 1860 figura como “J.Rolling”. Una mujer que lo conoció por aquellas fechas lo recordaba como John Rollins, ‘más listo que el aire y muy dado a fanfarronear, presumir y contar historias’. Sin embargo, al cabo de unos años comenzó a usar el primer nombre y el apellido del comerciante que le había dado el trabajo. Siguió experimentando con el nombre intermedio recurriendo a Morley, Morelake y Moreland, antes de decidirse finalmente por Morton. Y así, el muchacho que había entrado en el asilo parroquial de St. Asaph como John Rowlands se convirtió en el hombre que pronto sería conocido en el mundo entero como Henry Morton Stanley.”
El fantasma del rey Leopoldo
Adam Hochschild
Ed. Península, 2002
Letras Libres (México) n°35 Noviembre del 2001
Las raíces de lo humano
Mario Vargas Llosa
El régimen siniestro de Leopoldo II en el Congo es el contexto en que se desarrolla El corazón de las tinieblas. Pero la novela de Conrad, afirma Vargas Llosa en este ensayo, es mucho más que eso: es una exploración de las raíces de lo humano y de esa "propensión recóndita a la caída" conocida como el mal.
"En un viaje en avión, el historiador Adam Hochschild encontró una cita de Mark Twain en la que el autor de Las aventuras de Huckleberry Finn aseguraba que el régimen impuesto por Leopoldo II, el rey de los belgas que murió en 1909, al Estado Libre del Congo (1885 a 1906) fraguado por él había exterminado entre cinco y ocho millones de nativos. Picado de curiosidad y cierto espanto, inició una investigación que, muchos años después, culminaría en King Leopold's Ghost, notable documento sobre la crueldad y la codicia que impulsaron la aventura colonial europea en África y cuyos datos y comprobaciones enriquecen extraordinariamente la lectura de la obra maestra de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, que ocurre en aquellos parajes y, justamente, en la época en que la Compañía belga de Leopoldo II —quien debería figurar, junto a Hitler y Stalin, como uno de los criminales políticos más sanguinarios del siglo XX— perpetraba sus peores vesanias.
Leopoldo II fue una indecencia humana, pero culta, inteligente y creativa. Planeó su operación congolesa como una gran empresa económico-política, destinada a hacer de él un monarca que, al mismo tiempo, sería un poderosísimo hombre de negocios, dotado de una fortuna y una estructura industrial y comercial tan vastas que le permitirían influir en la vida política y el desarrollo del resto del mundo. Su colonia centroafricana, el Congo, una extensión tan grande como media Europa occidental, fue su propiedad particular hasta 1906, en que la presión de varios gobiernos y de una opinión pública alertada sobre sus monstruosos crímenes lo obligó a cederla al Estado belga.
Fue también un astuto estratega de las relaciones públicas. Invirtió importantes sumas sobornando periodistas, políticos, funcionarios, militares, cabilderos, religiosos de tres continentes, para edificar una gigantesca cortina de humo encaminada a hacer creer al mundo que su aventura congolesa tenía una finalidad humanitaria y cristiana: salvar a los congoleses de los traficantes árabes de esclavos que saqueaban sus aldeas. Bajo su patrocinio, se organizaron conferencias y congresos, a los que acudían intelectuales —mercenarios sin escrúpulos, ingenuos y tontos— y muchos curas, para discutir sobre los métodos más funcionales de llevar la civilización y el Evangelio a los caníbales del África. Durante buen número de años, esta propaganda goebbelsiana tuvo efecto. Leopoldo II fue condecorado, bañado en incienso religioso y periodístico, y considerado un redentor de los negros.
Detrás de esa impostura, la realidad era esta. Millones de congoleses fueron sometidos a una explotación inicua a fin de que cumplieran con las cuotas que la Compañía fijaba a las aldeas, las familias y los individuos en la extracción del caucho y las entregas de marfil y resina de copal. La Compañía tenía una organización militar y carecía de miramientos con sus trabajadores, a quienes, en comparación con el régimen al que ahora estaban sometidos, los antiguos negreros árabes debieron parecerles angelicales. Se trabajaba sin horarios ni compensaciones, en razón del puro terror a la mutilación y el asesinato, que eran moneda corriente. Los castigos, psicológicos y físicos, alcanzaron un refinamiento sádico; a quien no cumplía con las cuotas se le cortaba la mano o el pie. Las aldeas morosas eran aniquiladas y quemadas, en expediciones punitivas que mantenían sobrecogidas a las poblaciones, con lo cual se frenaban las fugas y los intentos de insumisión. Para que el sometimiento de las familias fuera completo, la Compañía (era una sola, disimulada tras una maraña de empresas) mantenía secuestrada a la madre o a alguno de los niños. Como apenas tenía gastos de mantenimiento —no pagaba salarios, su único desembolso fuerte consistía en armar a los bandidos uniformados que mantenían el orden— sus ganancias resultaron fabulosas. Como se proponía, Leopoldo II llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo.
Adam Hochschild calcula, de manera persuasiva, que la población congolesa fue reducida a la mitad en los 21 años que duraron los desafueros de Leopoldo II. Cuando el Estado Libre del Congo pasó al Estado belga, en 1906, aunque siguieron perpetrándose muchos crímenes y continuó la explotación sin misericordia de los nativos, la situación de éstos se alivió de modo considerable. No es imposible que, de continuar aquel sistema, hubieran llegado a extinguirse.
El estudio de Hochschild muestra que, con ser tan vertiginosamente horrendos los crímenes y torturas infligidos a los nativos, acaso el daño más profundo consistió en la destrucción de sus instituciones, de sus sistemas de relación, de sus usos y tradiciones, de su dignidad más elemental. No es de extrañar que, sesenta años más tarde, cuando Bélgica concedió la independencia al Congo, en 1960, aquella ex colonia en la que la potencia colonizadora no había sido capaz de producir en casi un siglo de pillaje y abusos ni siquiera un puñado de profesionales entre la población nativa cayera en la behetría y la guerra civil. Y, al final, se apoderara de ella el general Mobutu, un sátrapa vesánico, digno heredero de Leopoldo II en la voracidad.
No sólo hay criminales y víctimas en King Leopold's Ghost. Hay, también, por fortuna para la especie humana, seres que la redimen, como los pastores negros norteamericanos George Washington Williams y William Sheppard, que, al descubrir la farsa, se apresuraron a denunciar al mundo la terrible realidad en África Central. Pero quienes, con base en una audacia y perseverancia formidables, consiguieron movilizar a la opinión pública internacional contra las carnicerías congolesas de Leopoldo II fueron un irlandés, Roger Casament, y el belga Morel. Ambos merecerían los honores de una gran novela. El primero (que al cabo de los años sería, primero, ennoblecido y, luego, ejecutado en Gran Bretaña por participar en una rebelión por la independencia de Irlanda) fue, durante un tiempo, vicecónsul británico en el Congo, y desde allí inundó la Foreign Office con informes lapidarios sobre lo que ocurría. Al mismo tiempo, en la aduana de Amberes, Morel, espíritu inquieto y justiciero, se ponía a estudiar, con creciente recelo, las cargas que partían hacia el Congo y las que procedían de allí. ¿Qué extraño comercio era este? Hacia el Congo iban sobre todo rifles, municiones, látigos, machetes y baratijas sin valor mercantil. De allá, en cambio, desembarcaban valiosos cargamentos de goma, marfil y resina de copal. ¿Se podía tomar en serio aquella propaganda según la cual gracias a Leopoldo II se había creado una zona de libre comercio en el corazón del África que traería progreso y libertad a todos los africanos?
Morel no sólo era un hombre justo y perspicaz. También, un comunicador fuera de serie. Enterado de la siniestra verdad, se las arregló para hacerla conocer a sus contemporáneos, burlando con ingenio las barreras que la intimidación, los sobornos y la censura mantenían en torno a los asuntos del Congo. Sus análisis y artículos sobre la explotación a que eran sometidos los congoleses y la depredación social y económica que de ello resultaba fueron poco a poco imponiéndose, hasta generar una movilización que Hochschild considera el primer gran movimiento a favor de los derechos humanos en el siglo XX. Gracias a la Asociación para la Reforma del Congo que Morel y Casament fundaron, la aureola mítica fraguada en torno a Leopoldo II como el civilizador fue desapareciendo hasta ser reemplazada por la más justa de un genocida. Sin embargo, por uno de esos misterios que convendría esclarecer, lo que todo ser humano medianamente informado sabía sobre él y su torva aventura congolesa en 1909, cuando Leopoldo II murió, hoy se ha eclipsado de la memoria pública. Ya nadie se acuerda de él como lo que en verdad fue. En su país, ha pasado a la anodina condición de momia inofensiva, que figura en los libros de historia; tiene buen número de estatuas, un museo propio, pero nada que recuerde que él solo derramó más sangre y causó más sufrimientos en el África que todas las tragedias naturales y las guerras y revoluciones de aquel desgraciado continente."

"Una antigua ley inglesa consideraba un crimen presenciar un asesinato o descubrir un cadáver y no estallar en “clamores y gritos”. Pero vivimos en un mundo de cadáveres y sólo provocamos revuelo por algunos de ellos. Es cierto que, con una pérdida demográfica calculada en diez millones de personas, lo ocurrido en el Congo podría calificarse razonablemente como el capítulo más criminal de la porfía europea por África. Pero esto sólo es así si contemplamos el África subsahariana como el arbitrario tablero de ajedrez constituido por las demarcaciones coloniales. Si trazamos las fronteras de manera diferente [...] entonces lo ocurrido en el Congo no es peor, desgraciadamente, de lo que sucedió en las colonias vecinas: Leopoldo, sencillamente, poseía un territorio cauchero mucho mayor que cualquier otro. A los diez años de haber iniciado el sistema de trabajos forzados se impusieron otros sistemas similares para la extracción de caucho en los territorios franceses al oeste y norte del río Congo, en la Angola portuguesa y en el Camerún bajo dominio alemán. ‘El modelo en el que declaraban inspirarse [...] era el de las empresas del rey Leopoldo II en el Estado Independiente del Congo, cuyos dividendos causaban admiración en los círculos bolsistas.’
En los territorios franceses del África ecuatorial, donde la historia de la región está mejor documentada que en ninguna otra parte, la extensión del territorio productor de caucho era mucho menor que la controlada por Leopoldo, pero la expoliación fue igualmente brutal. [...]
La atención exclusiva prestada al Congo de Leopoldo por el movimiento reformador parece aún más ilógica si los asesinatos masivos se calculan en porcentajes de la población muerta. Siguiendo este criterio, la mortandad fue aún peor entre los herero en el África suroccidental alemana, la actual Namibia. Allí, los asesinatos no estuvieron enmascarados por una cortina de humo de discursos filantrópicos. Fue un genocidio puro y simple, crudamente anunciado por adelantado.
Tras haber perdido una gran parte de su territorio a manos de los alemanes, los herero se rebelaron en 1904. Como respuesta, Alemania envió una fuerza bien armada a las órdenes del teniente general Lothar von Trotha, que publicó una orden de exterminio (Vernichtungsbefehl):
“Cualquier herero hallado en el interior de las fronteras alemanas con rifle o sin rifle, con ganado o sin ganado, será abatido a disparos. [...] No se tomarán prisioneros varones.”
En 1906 quedaban menos de veinte mil refugiados sin tierra de los ochenta mil herero que, según cálculos, vivían en el territorio en 1903. Los demás habían sido empujados al desierto para morir de hambre o sed (los alemanes envenenaron los pozos de agua), habían muerto a tiros o –para ahorrar balas- habían sido pasados por la bayoneta o golpeados hasta la muerte con las culatas de los rifles.[...]
Por las fechas en que los alemanes se dedicaban a aniquilar a los herero, el mundo ignoraba también en buena medida la brutal guerra antiguerrilla de los norteamericanos en la Filipinas, donde soldados de Estados Unidos torturaron a los prisioneros, quemaron pueblos, mataron a 20.000 rebeldes y vieron morir a otros 200.000 filipinos de hambre o enfermedades relacionadas con la guerra. Gran Bretaña no fue objeto de ninguna crítica internacional por sus matanzas de aborígenes australianos siguiendo órdenes de exterminio tan implacables como las de Von Trotha. Y, por supuesto, ni en Europa ni en Estados Unidos se produjo ninguna protesta importante contra las acciones que diezmaron a los indios norteamericanos.
Si aquellos otros asesinatos masivos pasaron en gran parte desapercibidos, excepto para sus víctimas, ¿por qué estalló en Inglaterra y Estados Unidos tal tormenta de justificada protesta por lo que ocurría en el Congo? La política de la identificación sentimental es caprichosa. No hay duda de que una de las razones de que británicos y norteamericanos se centraran en el Congo fue que se trataba de un objeto sin riesgos. La indignación por el Congo no incluía ninguna fechoría británica o norteamericana ni acarreaba las consecuencias diplomáticas, comerciales o militares que derivarían de enfrentarse a una gran potencia como Francia o Alemania. [...]
Lo ocurrido en el Congo fue, sin duda, un asesinato masivo a gran escala, pero la triste verdad es que los hombres que lo llevaron a cabo al servicio de Leopoldo no fueron más asesinos que muchos europeos que trabajaban o guerreaban en otras partes de África. Conrad lo dijo mejor: ‘Toda Europa contribuyó a hacer a Kurtz’."
El fantasma del rey Leopoldo
Adam Hochschild
Ed. Península, 2002

Al regreso de mi viaje por el Congo (gracias, mr. Hochschild) he decidido quedarme un tiempo en la Inglaterra victoriana que recrea Ian Gibson en "El erotómano", su biografía del empresario, bibliófilo, cervantista y pervertido Henry Spencer Ashbee (mon semblable, mon frère, y no precisamente por los aspectos empresarial y filológico), pero me ha parecido un libro aburridísimo y a punto he estado de arrojarlo por la ventana (algún día lo haré, lo juro). Entonces me he acercado a los anaqueles de mi biblioteca, desde los que, como de costumbre, todos los libros me tendían sus bracitos
(tal que así:

Hasta que uno se ha arrojado a mis brazos: "La guerra del fin del mundo", de Vargas Llosa. Ha sido una larga espera. Presiento que me gustará.
Pero antes me ha dado tiempo a ojear (y también con hache) aquella "Literaturas germánicas medievales" del viejo Borges, donde he recuperado aquella referencia que hace al gran Alejandro:
"Las Cruzadas llevan al Oriente la imaginación de los hombres; hacia 1130, el predicador Lamprecht se inspira en un libro francés para redactar su Alexanderlied, que es una vida fabulosa de Alejandro de Macedonia. En el último libro, Alejandro ha conquistado la tierra y quiere conquistar el paraíso. Finalmente, arriba con sus ejércitos al pie de un muro interminable; desde lo alto le arrojan una piedra preciosa. Esta piedra, puesta en el platillo de una balanza, pesa más que todo el oro del mundo, pero el platillo sube cuando en el otro ponen una pizca de polvo. Alejandro comprende que esa piedra es, de algún modo, él, que no se sacia con todos los tesoros del orbe y que será menos, al fin, que un poco de tierra (Juvenal (Sátiras X, 147) ha expresado la misma idea. También Quevedo, en el soneto Llama a la Muerte:
Fallecieron los Curios y los Fabios,
Y no pesa una libra, reducido
A cenizas, el rayo amanecido
En Macedonia a fulminar agravios
También, con más belleza, Hugo (Chants du crépuscule, II):
Le pélerin pensif...
Serait venu peser, à genoux, sur la pierre,
Ce qu'un Napoleón peut laissier de poussière
Dans le creux de la main).
Después lo envenenan en Babilonia "y sólo guarda seis pies de tierra, como el más pobre de los hombres que ha venido a este mundo".
Esto me ha recordado lo que puso el Bardo en boca de Hamlet:
"Alejandro murió, Alejandro fue enterrado, Alejandro se convirtió en polvo. El polvo es tierra, con la tierra se hace el barro, y con el barro en que se convirtió, ¿por qué no se puede tapar un barril de cerveza?
Muerto y hecho barro, el imperial César
rellena un boquete y el aire intercepta.
¡Ah, que aquella tierra que al mundo arredró
tape una pared y corte un ventarrón!"
Ya colgué algo sobre el tema. Literatura, en fin, que nos permite decir así de bonito que no somos nada...
Vale.

Estos amigos (sospecho que espoleados por el amigo Portnoy, viejo compinche de correrías internáuticas) han tenido la amabilidad de proponer este modesto blog como candidato para un cierto premio al "mejor blog de la semana". Dicen que diga que el que quiera votar que vote aquí, pero esto de las campañas electorales se me da muy mal. Le viene a uno la imagen de esos candidatos que van literalmente de puerta en puerta, como vendedores del Círculo de Lectores, y se le cae el alma a los pies. Además, esto es un rincón como de andar por casa; una especie de jardín de lecturas tranquilas, como decía Fuca (por cierto: saludos, Cordelia). Verse enfrascado en cosa de votos es como si el viejo señor Cayo tuviera que hacer campaña: la historia al revés.
Por otra parte, un viajecito por la red nos lleva a lugares muy bien cuidados, de espectacular diseño, ricos en contenido y en talento literario... Pero bueno, la amistad, aunque sea virtual, tiene estas cosas.
Al menos esto me da la ocasión de hacer una reflexión que lleva unos días rondándome. Al margen de esta "blogsfera" que conformamos los aficionados más o menos voluntariosos, circulan por ahí "blogs" profesionales que entran en otra categoría. Y algunos, por su contenido, alcanzan unas alturas que los sitúan en otro plano de esta realidad electrónica. Un ejemplo es el blog de Saad Eskander, director de la Biblioteca Nacional de Irak, que mantiene en español el diario El país. Se trata de un falso blog, traducción del publicado en la página web de la British Library, pero su contenido es devastadoramente real. Como decía aquel personaje de una infame película americana, "no jugamos en la misma liga, ni siquiera jugamos al mismo deporte" ('fucking sport', para ser más exactos).
El blog del doctor Eskander (¿Alejandro? Alejandría y Alejandretta son Iskenderiya e Iskenderun; y aquel legendario Sikander de "El hombre que pudo reinar", qué resonancias...) debería ser de lectura obligatoria. Hay que desayunar cada día frases como éstas:
"Estallaron tres bombas en el vecindario. Dos de ellas a las 7.30. Sacudieron violentamente mi piso mientras veía un programa de televisión. A las 13.20 estalló otra. Sacudió mi piso. Me pasé el día escribiendo y leyendo en mi habitación."


Nací en Esparta hace casi tres mil años. Viví exactamente treinta minutos desde que salí del vientre de mi madre, que también se avergonzó por haber engendrado un hijo tan débil.
El cirujano que me examinó y la partera coincidieron en el mismo juicio: yo no era digno de ser un ciudadano de Esparta. Mi complexión menuda, mis huesos quebradizos, las arrugas de mi piel que al nacer parecían las de un viejo, con arborescencias de pequeñas venas rotas en el dorso de las manos minúsculas, y una transparencia no humana de piel de pescado, de delgada membrana de renacuajo, contribuían al grotesco espectáculo. Nací débil.
Hasta mi madre se avergonzó de mí cuando me vio: "Yo fui hecha para parir hombres, no ranas".
Viví poco más de media hora. Treinta minutos escasos, que transcurrieron entre las gruesas y ásperas palmas de las manos de quienes me examinaron con desprecio porque no era apto para pertenecer a su casta de guerreros.
Pasé esos minutos, mi ración escueta de vida sobre la Tierra, en medio de llantos y voces destempladas. El médico designado por los ancianos para decidir sobre las aptitudes de los que nacían, me tuvo apenas segundos entre sus gruesos dedos que me parecieron leñosos, cubiertos de callos de corteza y extremadamente duros, sin una gota de savia. En vano busqué el seno de mi madre, que me rechazó desde el primer hasta el último momento.
Mis hermanos, mis compañeros de generación, nacieron fuertes y musculosos, con huesos duros y flexibles que resistirían las caídas y los golpes con la parte plana de la espada. Ellos, y sólo ellos, nacieron dignos de llevar el escudo con el dibujo de la abeja.
Sus musculosos torsos, sus piernas gruesas y ágiles hace ya muchos siglos se pudrieron bajo el peso del olvido. Sus brazos poderosos, sus terribles glándulas, desaparecieron. Yo morí enseguida, a la media hora de nacer. No llegué a conocer la luz del día, puesto que nací de madrugada y antes de que el sol despuntara fui lanzado al barranco de los niños débiles, al abismo de los inútiles y los faltos de temple, a la ciudad fantasma de los miserables inocentes de Esparta, que no merecieron oportunidad sobre la Tierra.
Yo hubiera querido escribir un largo poema. Un poema duro como las rocas que golpearon contra mi cara de recién nacido, en Esparta. Un poema con filos de silicio y uñas de piedra que se metiera en las carnes, que quebrara el destino como se quebraba la caliza cenicienta de mis huesos endebles como esponjas, el temporal inestable de mi cuerpo.
Yo no tuve cimientos, ni fui construido para durar. Antes del amanecer del primer día de mi vida yacía en el fondo de un barranco y era el almuerzo insípido de las arañas, una ración más con bracitos y piernas en el comedero de los cuervos.
Ni mi padre, cuyo escudo guerrero hace ya mucho tiempo que ha desaparecido bajo el océano de los días, vio mi cara delgada que salía del vientre de mi madre y se hundía en la vida sólo por un momento. Mi padre musculoso, flexible como un junco, glorioso de una gloria caduca, puesto que ya hace siglos nadie recuerda su nombre, no se dignó a verme.
Yo no fui. No tuve nombre. Tengo los nombres de los lanzados en aquel barranco de Esparta. Mi único nombre es el del rescoldo, no el del incendio. No queda nada de mí más que lo poco que pude ser: minutos bajo la sombra de la noche. Por eso he venido. Por eso tengo este espacio breve de papel en el que volver en la mano de otro que me escribe.
Yo he durado. Mis hermanos, los fuertes, se pudrieron hace mucho y el artificio de su tórax prevenido, de su guardia feroz no alienta nada. Han sido.
Yo soy. Muerto en Esparta hace casi tres mil años, con un soplo de vida. Vuelvo en este papel y en este idioma extraño porque yo, el débil, no conocí idioma alguno. Nonato para el sonido articulado y para el amor de las mujeres. Sólo conocí la madurez del grito ronco en la reprobación, el temprano gruñido del aborrecimiento en la mueca de las bocas, no el beso. La mano me escribe y soy ahora.
Hay un río incesante hecho de los cadáveres de los poderosos, el río de los fuertes que caen a cada momento, las caliginosas aguas de los que quieren vencer.
Yo estoy en las tierras altas, lejos de esas orillas. Y permanezco.
...
Descubrí este relato en una obra en tres volúmenes que se titula "Cuentos de Hispanoamérica en el siglo XX", editada en 1997 por Castalia. Y esta es la obra que, después del anterior ladrillo espartano, quería recomendaros. (Además de Herodoto y Jenofonte, como querría el amigo Robertokles.)
Pero, además, resulta que la idea de traer este relato me la dio el encontrar esta obra publicada, en parte, en el conocido Google Books, la biblioteca electrónica creada por san Gúgel. La verdad es que deja mucho que desear, dada la escasez de títulos (sobre todo en español), las limitaciones en el acceso a los mismos, su calidad, el formato, etc. Pero no deja de ser una fuente importante donde encontrar un buen número de obras escaneadas de la edición original. Una interesante biblioteca que, por lo visto, sigue creciendo día tras día.
Y aquí tenemos algo parecido: la biblioteca virtual Miguel de Cervantes, que ofrece no pocas obras dela literatura española digitalizadas. Es algo complicado llegar a ellas, pero se lleva uno grandes y agradables sorpresas.
Buena caza libresca.

Esto de los libros es como los vicios del chiste: uno lleva a otro, y este a otro, y este a otro... Acaba uno engolfado en una persecución, en una suerte de juego de la oca, saltando de libro a libro, y cuando por una de esas atisbamos lo que nos queda por delante, sentimos la angustia de no ser capaces de leer toda esa biblioteca. Cuento esto porque a los anaqueles atestados que comentaba el otro día se van sumando libros nuevos y recomendaciones que me hacen los amiguetes bibliófagos. Y eso que he logrado al fin librarme de las listas de novedades y de los suplementos literarios que, sábado sí, sábado también, nos meten por los ojos una media de treinta títulos, unos pocos de los cuales -sólo unos pocos- son reediciones. En 'El país' han tomado por costumbre publicar una breve nota de las obras que se presentan cada semana (creo que lo hacen los martes), y asombra cómo logran encapsular tanta ansiedad en una notita tan breve.
Por suerte, repito, una cita de Schopenhauer me curó de esta fiebre, y cuando entro en la librería me detengo poco tiempo en la fugaz mesa de novedades para dirigirme a las estanterías del fondo. La cita es esta:
"Los libros malos son un veneno intelectual que destruye el espíritu. Y porque la mayoría de las personas, en lugar de leer lo mejor que se ha producido en las diferentes épocas, se reduce a leer las últimas novedades, los escritores se reducen al círculo estrecho de las ideas en circulación, y el público se hunde cada vez más en su propio fango."
(Sobre la abundancia de letra impresa y los demasiados libros he dejado ya un par de mensajes en este blog: un relato de Cortázar y un fragmento de Gombrowicz.)
Pero sólo he logrado liberarme de la dictadura de la novedad. Lamentablemente me sigo dejando más de lo que tengo en librerías y sigo amontonando libros que no me dará tiempo de leer. Nunca me he parado a analizar esta manía, pero el otro día, mientras hacía limpieza en el atestado y viejo disco duro de mi ordenador, recuperé un texto que me envió en su día el añorado Robertokles. Es un fragmento de "La orgía de libros: apuntes sueltos, 1973-1984", de Elias Canetti:
"No lamento esas orgías de libros. Me siento como en la época de la expansión de Masa y poder. En aquel entonces, todo sucedía sólo por la aventura de los libros. En Viena, cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en las peores épocas, logré siempre de algún modo, y de tiempo en tiempo, comprar libros. Nunca aprendí nada de un modo sistemático, como lo hizo tanta gente, sino en repentinas exaltaciones. Estas comenzaban siempre cuando veía un volumen que debía tener. El gesto de la apropiación, la alegría de dilapidar el dinero, el llevar el libro a casa o al próximo local: admirarlo, acariciarlo, olerlo, hojearlo, colocarlo en un lugar apartado del librero durante años, luego el tiempo de su redescubrimiento cuando necesitaba leerlo en serio —todo esto es parte de un proceso creativo, cuyas partes ocultas desconozco—. Siempre me ha sucedido así. Y hasta en el último momento de mi vida deberé comprar libros, sobre todo cuando estoy seguro de que nunca los voy a leer.
Creo que es también una parte de mi necedad de luchar contra la muerte. No quiero saber cuáles libros permanecerán sin leer. Antes del final, nadie puede decir cuáles serán. Tengo la libertad de la elección: entre todos los libros a mi alrededor puedo elegir uno en cualquier momento, y así tengo en mis manos el transcurso de la vida."
Viendo ayer la película "F for fake" de Orson Welles (gracias, DVD), me dejó embobado la parrafada que lanza el viejo director acerca de sus dudas sorbe la perdurabilidad del arte. O mejor dicho, sobre las dudas que atenazan a todo creador. Algo parecido a lo que temía el Virgilio de Hermann Broch. Quizá el temor de Canetti (y mío, modestamente) sea el reflejo de ese otro miedo en este lado del espejo: el del lector.
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Por cierto, aquí dejo la transcripción de parte del monólogo de Welles. Eso sí, en inglés: no he podido dar con él en un idioma más civilizado: "Ours, the scientists keep telling us, is a universe which is disposable. You know it might be just this one anonymous glory of all things, this rich stone forest, this epic chant, this gaiety, this grand choiring shout of affirmation, which we choose when all our cities are dust; to stand intact, to mark where we have been, to testify to what we had it in us to accomplish. Our works in stone, in paint, in print are spared, some of them for a few decades, or a millennium or two, but everything must fall in war or wear away into the ultimate and universal ash: the triumphs and the frauds, the treasures and the fakes. A fact of life... we're going to die. 'Be of good heart,' cry the dead artists out of the living past. Our songs will all be silenced - but what of it? Go on singing. Maybe a man's name doesn't matter all that much."
Luego tiraré de diccionario o de amigos angloparlantes para traducirlo. De momento os dejo la recomendación de ver esa película. (Una película, sí, para variar: este Portnoy me debe de estar contagiando.)


