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En estos tiempos de naciones (des)unidas, coaliciones internacionales y guerras de pacificación (manda huevos) no esta de más volver la vista atrás para hallar una definición simplicísima de la palabra "guerra". Concretamente la encontramos en el monumental ladrillo obra de aquel pensador militar (manda huevos once again) llamado Claus Von Clausewitz (De la guerra):
"La guerra constituye, por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad."
Tan sencillo como eso.

El otro día hice una escapada a Madrid para ir al teatro y recoger mi regalo de reyes (se conoce que les falló la red de distribución: es lo que pasa por seguir usando camellos, parece mentira), nada menos que las Memorias de ultratumba en la edición del Acantilado (eso sí, la edición en rústica: quede la otra -¡90 euros!- para los potentados). Pero bueno, el caso es que la obra que vi fue la impactante Plataforma, montada por el inevitable y omnipresente Calixto Bieito, e interpretada por una cuadrilla de genios en zapatillas. Que hablen los críticos de la obra (yo sigo extasiado: eso es teatro; una sacudida, un fogonazo). Traigo el tema a este libresco blog por dos motivos: el primero es que la obra me decidió a leer, algún día, a Michel Houellebecq (o como se escriba), un autor a quien tenía por provocador y que se me antoja debe tener una profundidad insospechada; veremos. El segundo es que, mientras volvía a mi aldea con las Memorias entre manos, encontré en la introducción una referencia a cierto poema de Rimbaud que viene a ser hermano de la terrible Plataforma novelesca. El asunto de la misma es la vida (o la no-vida) de un mediocre funcionario del Ministerio de Cultura dado al turismo sexual en el tercer mundo. Sus compañeros de aficiones, los comentarios de éstos, el tema de la depredación sexual por parte de estos hijos del primer mundo, y hasta el terrorismo islámico, van componiendo un cuadro que nos lleva a unas más que interesantes reflexiones sobre éstos y sobre nosotros mismos. Tampoco es de extrañar que hasta los no-lectores de Houellebecq, como yo, llegara en su día sólo la estupidísima visión de quienes en lugar de leerlo prefirieron escandalizarse por el tratamiento que hace, supuestamente, de cuestiones como la pedofilia, el terrorismo o el mundo musulman; pero bueno, imagino que se trata de los mismos que ven en Lolita, de Nabokov, una simple apología de la pederastia: nunca faltan inquisidores (y cómo surge, por cierto, este monstruo inquisitorial en épocas tan distintas y con rostros tan cambiados, pero siempre el mismo, siempre tan inconcebiblemente necio). Pero tampoco me meteré en profundidades (hoy no estoy para nada), y me limitaré (además de recomendar estos tres libros casualmente enlazados) a copiar ese poema de Rimbaud que es, como todos, deslumbrante y terrible, tan lúcido, y del que veo ecos en el modo en que Houellebecq presenta y comenta la presencia del primer mundo en ese otro tercer mundo, al que exporta de forma tan peculiar un modo y un modelo de vida, que arrastra siempre la sombra del colonialismo.
Démocratie
« Le drapeau va au paysage immonde, et notre patois étouffe le tambour.
« Aux centres nous alimenterons la plus cynique prostitution. Nous massacrerons les révoltes logiques.
« Aux pays poivrés et détrempés ! — au service des plus monstrueuses exploitations industrielles ou militaires.
« Au revoir ici, n'importe où. Conscrits du bon vouloir, nous aurons la philosophie féroce ; ignorants pour la science, roués pour le confort ; la crevaison pour le monde qui va. C'est la vraie marche. En avant, route ! »
O como alguien traduce, con mayor o menor fortuna:
DEMOCRACIA
"La bandera va hacia el paisaje inmundo, y nuestra jerga ahoga el tambor.
"En los centros alimentaremos la más cínica prostitución. Masacraremos las revueltas lógicas.
"¡En los países picantes y empapados! -al servicio de las más monstruosas explotaciones industriales o militares.
"Adiós, aquí, no importa dónde. Reclutas de buena voluntad, tendremos una filosofía feroz; ignorantes para la ciencia, libertinos para el confort; que reviente el mundo que sigue. Esta es la verdadera marcha. ¡Adelante, marchen!"

No lo aclaró, pero esa cifra a su vez sumaba
siete, el número cabalístico que él imaginaba
que conectaba subterráneamente toda su vida.
Sus dos grandes novelas, para
no ir más lejos, pues si del número siete pendía
el destino de su Doktor Faustus, señalaba
al propio tiempo los siete días de una semana
que (había declarado en sus intenciones) no
serían suficientes para escribir la historia
de Hans Castorp, los siete meses que tampoco
le alcanzarían para terminarla, los siete
años incluso que, ¡Dios mío!, tampoco ser
ían suficientes para abarcar el mundo de
La montaña mágica. El siete daba razón
de los setenta años de nuestra edad, era el
siete veces siete de sus setenta y siete años,
una cábala contra el eterno dominio de los
anillos de Saturno.
Alguien lo habría notado, pero al igual
que en el grabado de Dure ro, aquel cuadrado
aritmético quería convertirse en un talismán,
en un objeto mágico que protegiera
a su héroe del poder maléfico de la melancolía.
Era una invocación de Júpiter. Aunque
Thomas Mann sospechaba que todos
esos antídotos eran un débil expediente
frente al destino real de la persona melancólica
—como Adrian Leve rkühn, como él
mismo— pues ésta se entrega, abnegada e
incondicional, a la voluntad del Mago Negro,
que de esta manera se convierte en la
principal y casi única opción para el intelectual,
el sabio, el artista."
Sealtiel Alatriste
http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/1805/pdfs/104-106.pdf

Alberto Durero: Melancolia I
Michel Tournier
[...]
"El prestigio incomparable de los melancólicos ya fue recalcado por Aristóteles: "Los melancólicos son naturalezas serias y dotadas para la creación espiritual'' (Problema XXX, I). El neoplatonista Marsiglio Ficino -nacido el 19 de octubre de 1433 bajo el signo ascendente de Saturno- escribió altivamente que la bilis negra, "parecida al centro del mundo, empuja al alma a buscar el centro de las cosas singulares. Y la eleva hasta la comprensión de las cosas más elevadas, además de que se armoniza plenamente con Saturno, el más elevado de los planetas'' (De Vita Triplici).
Nada mejor para circunscribir la naturaleza melancólica que considerar su opuesto, el carácter jupiteriano, "jovial'' exactamente. Este carácter jovial se expresa en la música, que constituye el mejor remedio al mal melancólico. "A decir verdad, con respecto a los males, soy muy temeroso, lo que tú me reprochas a veces. Acuso de una cierta complexión melancólica, y diría que es la más amarga de las cosas, si un recurso frecuente al laúd no me la hiciera más tranquila y más dulce'' (Carta de Ficino a Giovanni Cavalcanti). Alberto Durero dirá más tarde que la pintura es un arte melancólico y que es necesario amenizarla con la música, arte jupiteriano por excelencia. Evidentemente, no se puede evitar la referencia a la languidez del rey Saúl, que se mejora con el laúd del joven David. "El espíritu del Señor se alejó de Saúl y un espíritu malo lo agitaba, el Señor lo permitió. Y los siervos de Saúl le dijeron: `Vuestros siervos, que están frente a usted, buscarán un hombre que sepa tañer el arpa a fin de que la toque y que sea socorrido cuando el espíritu malo enviado por el Señor lo acoja...'''
Ahora bien, Isaías tenía un hijo llamado David que tocaba el arpa. Lo mandó con Saúl: "Y David vino a Saúl y tocó frente a él. Y le gustó tanto que lo hizo su escudero. Cada vez que el espíritu malo se apoderaba de Saúl, David tomaba su arpa y la tañía, y Saúl se reanimaba y se encontraba aliviado, pues el espíritu malo se alejaba de él'' (Libro de los Reyes XVI). Como se ve, la melancolía de Saúl tiene un origen bien trascendente, puesto que es enviada por Dios. Pero se trata al mismo tiempo de una enfermedad que David remedia con su arpa. Toda la ambigüedad de la melancolía se encuentra ahí.
Es probable que durante sus viajes por Italia, Alberto Durero descubriera los textos de Marsiglio Ficino sobre la melancolía. Su amigo Melanchthon -de apellido predestinado Schwarzerd (Tierranegra)- reconocerá en él a un gran melancólico: los tratados esenciales de este humor negro marcan la mayor parte de sus obras. Durero realizó dos estancias en Venecia. Tenía veintitrés años cuando desposó, en julio de 1494, a Agnes Frey. En el otoño partió a Venecia, de donde no regresaría sino hasta el invierno. Su segunda estancia ocurrió en 1505 y fue de dieciocho meses.
Durero se declara en estas cartas entusiasmado por los venecianos, pero a la vez reprueba su vocación mercantil. Asimila la revolución de las ideas que implican no solamente la aceptación sino la estima de la especulación comercial, actividad principal de la República de los dogos. Especulación, palabra dotada de una admirable ambigüedad, pues significa a la vez tráfico de dinero y reflexión metafísica desinteresada. Ahora bien, son precisamente dos rasgos atribuidos tradicionalmente a los melancólicos. Se les dice avaros y llevados a la contemplación de las cosas elevadas. Durero se acordará de esto en la Melencolia I.
[...]
La melancolía no es ni la depresión ni la desesperanza. Pierre Mac-Orlan afirmaba que los melancólicos jamás se suicidan. Hay en ella una posibilidad de dicha. Como en la célebre definición de Víctor Hugo: "La melancolía es la dicha de estar triste.'' Pero antes de él Montaigne escribió: "Hay una sombra de delicia y delicadeza que nos sonríe y que nos transporta al seno mismo de la melancolía'' (Ensayos II, 20).
Pero la interpretación más bella de la melancolía se encuentra en los Cuadernos de Paul Valéry -en los que el taedium vitae marcó profundamente la sensibilidad. ¿En qué sueña Melencolia? El poeta de la Jeune Parque responde admirablemente a esta pregunta. Lo que abruma de tristeza al ángel coronado es la horrorosa masacre de todos los posibles que el curso de la realidad exige.
"Aparición de la Divina Melancolía bajo la figura de un ser joven -niña virgen o héroe- cargado por el esmero de lo que no ha sido, de lo que no ha podido ser -de todo lo que hincha el corazón de lágrimas que no pueden brotar-, de una ternura sin respuesta. Su voz es infinitamente dulce y velada, como si se dirigiera a ella misma y sin interlocutor concebible. Porque esta criatura está más allá de lo posible. Está, por tanto, más allá de la vida y del mundo, y sin embargo es una viva injuria a Dios, pues la Omnipotencia es incapaz de recobrar lo que no fue -y el engaño del mundo creado en relación a los humanos. Tema de la impotencia divina. "Athikté llora y sus piernas se doblan lentamente. Se adormece en lágrimas'' (Cuadernos, II 1336-1337).[...]
Michel Tournier
Traducido del francés por José Abdón Flores de León
Saqueado de http://www.herreros.com.ar/melanco/tournier.htm
He encontrado en la Red este relato de Thomas Mann: Horas penosas. El protagonista no es otro que el poeta alemán Schiller, aunque asoma por ahí el fantasma del inevitable Goethe. No es la única vez que Mann recurrió a estos autores para novelar el drama del creador. Los encontramos, en especial al segundo, en "Doktor Faustus", que citábamos el otro día, y en especial en "Carlota en Weimar", novela que gira en torno a la figura de Goethe. Y digo bien, porque en ella asistimos a una serie de conversaciones protagonizadas por Carlota, en las que se va trazando la figura del gran poeta, en una suerte de espiral que va descendiendo y aproximándose cada vez más a él, pintando un retrato completísimo de forma indirecta y muy original. En este relato escoge un enfoque distinto, y se lanza directo hasta el poeta, hasta su conciencia, llegando a recordar en ciertos momentos al Virgilio de Broch. Claro que se trata de un relato más simple sin las complejidades de "La muerte de Virgilio", pero no deja de ser una visión interesantísima de la angustia del creador, de su insatisfacción, además de una aproximación a Schiller.
Hay un fragmento que me ha llamado la atención: "Libertad... Probablemente, él entendía por libertad ni más ni menos lo mismo que ellos, cuando ellos se alborozaban. Libertad... ¿Qué significaba? ¿No sería un poco de dignidad como ciudadanos ante los tronos de los príncipes? ¿Pueden imaginarse todo lo que un espíritu se expone a decir con esta palabra? ¿Libertad de qué? ¿Libertad de qué, en último término? Tal vez, incluso de la felicidad, de la felicidad humana, esta cadena de seda, esta carga suave y dulce..."
Me recuerda a una conocida frase del Schiller real, que encierra una materia de reflexión casi inagotable: "La libertad existe tan sólo en la tierra de los sueños".
http://www.ddooss.org/articulos/cuentos/thomas_mann.htm

Últimamente me he topado varias veces con referencias a este relato de Hawthorne. No es que me guste especialmente -salvo el planteamiento-, pero lo colgaré para ver si exorcizo a este fantasma decimonónico:
"Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte. "
http://www.elortiba.org/nathaw.html

Roberto Bolaño, última entrevista:
"¿Cómo es el paraíso?
–Como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa.
¿Y el infierno?
–Como Ciudad Juárez, que es nuestra maldición y nuestro espejo, el espejo desasosegado de nuestras frustraciones y de nuestra infame interpretación de la libertad y de nuestros deseos."
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-843.html