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Resumen

04/12/2007

Lógica y radicalismo


 


"XLIV
Degradación de los valores 6

   Es propio de la lógica del soldado tirarle a un enemigo una granada entre las piernas;
   es propio de la lógica del militar explotar al máximo todos los medios del poder militar, explotarlos hasta las últimas consecuencias, con el mayor radicalismo y, si es necesario, exterminar pueblos, destruir catedrales, bombardear hospitales y salas de operaciones;
   es propio de la lógica del economista explotar los medios económicos de un modo absoluto y hasta las últimas consecuencias y, destruyendo toda competencia, ayudar al propio ente económico –ya sea negocio, fábrica, trust o cualquier otro tipo de corporación económica- a alcanzar el dominio exclusivo;
   es propio de la lógica del pintor llevar hasta el límite y hasta las últimas consecuencias los principios pictóricos, con un radicalismo total, aun a riesgo de que surja una pintura completamente esotérica sólo comprensible para aquel que la produjo;
   es propio de la lógica del revolucionario hacer que el ímpetu de la revolución prospere hasta las últimas consecuencias y con el mayor radicalismo, a fin de lograr el establecimiento de la auténtica revolución, como también es ciertamente propio de la lógica del político llevar su meta política hasta la dictadura más absoluta;
   es propio de la lógica del fabricante burgués poner en práctica, con absoluto radicalismo y hasta sus últimas consecuencias, el lema “Enriqueceos”. De este modo, con estas consecuencias y con este radicalismo absoluto, han surgido las realizaciones mundiales de Occidente, para ser llevadas al absurdo en virtud de ese carácter absoluto que se anula a sí mismo: la guerra es la guerra, el arte por el arte, en política no existen escrúpulos, el negocio es el negocio. Todo esto quiere decir lo mismo, todo esto viene determinado por el mismo radicalismo agresivo, por aquella falta de consideración espantosa que casi me atrevería a calificar de metafísica; viene determinado por aquella lógica cruel que sólo se centra en el objetivo y nada más que en el objetivo, sin mirar a derecha y a izquierda. ¡Ah!, todo esto es el estilo del pensamiento de esta época."

Huguenau o el realismo
Hermann Broch
Debolsillo, 2006

 

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04/12/2007 23:15 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Broch Hay 1 comentario.

10/12/2007

Peces rojos


Buy at Art.com
 

Estaba en segundo año de secundaria. Mi abuela me había regalado un pequeño portafolios rígido de cuero para guardar libros, cuadernos y demás utensilios escolares, con la esperanza de que dejase de perderlos a cada rato. A mi casa llegaba regularmente una revista médica muy bien ilustrada, de cuyo interior se podía desprender la reproducción de una obra maestra del arte. Yo recortaba esas páginas para guardarlas en una caja de tesoros personales.

Un día, al abrir la revista me quedé aturdido. Nada había visto tan deslumbrador como aquella página colorida. Un cuadro bañado de luz, iluminado desde arriba, pero también desde el interior de la tela. En una pecera nadaban unos cuantos peces rojos cuyo reflejo se mecía en la superficie del agua. Era el triunfo absoluto del color. El cubo que contenía a los peces formaba parte del eje vertical del cuadro y se apoyaba en una mesa redonda sostenida por un solo pie. Estaba, claro, en el centro. Todo el resto de la tela era una selva de hojas hermosas y de flores; estaban en el primer plano, en el fondo, se las veía a través del cristal del recipiente, enardecidas, arracimadas, luminosas, perfectas. Si hubiese vivido en la Antártida, o en el corazón de Sonora, o del Sahara, donde nadie nunca ve flores ni peces ni agua, podría comprender que aquella precipitación florida me hiciera enloquecer. Pero vivía en Córdoba, en medio de jardines suculentos, y aún así aquello me parecía un milagro. Fijé la página con pegamento en la parte interior dura de mi maletín. Algunos compañeros colocaban allí fotos de las grandes voces del momento o de boxeadores; otros, nada. Conviví con mis peces rojos y su entorno fascinante durante tres años. Fue mi mejor amuleto; una señal, una promesa. Vi después reproducciones de obras de su autor, pero no ésa. En el MOMA de Nueva York me detuve con asombro ante formidables óleos suyos.

Años después, al entrar en una sala del Museo Pushkin de Moscú, la que alberga algunos de los óleos más extraordinarios de Matisse, me encontré de golpe con el original de aquellos Peces rojos míos. Más que una experiencia estética fue un trance místico, una revaloración instantánea del mundo, de la continuidad del mundo.

El viaje
Sergio Pitol




 

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10/12/2007 19:21 Autor: settembrini. Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

16/12/2007

Amores y peces


 

Capítulo 8

    Íbamos por las tardes a ver los peces del Quai de la Mégisserie, en marzo el mes leopardo, el agazapado pero ya con un sol amarillo donde el rojo entraba un poco más cada día. Desde la acera que daba al río, indiferentes a los bouquinistes que nada iban a darnos sin dinero, esperábamos el momento en que veríamos las peceras (andábamos despacio, demorando el encuentro), todas las peceras al sol, y como suspendidos en el aire cientos de peces rosa y negro, pájaros quietos en su aire redondo. Una alegría absurda nos tomaba de la cintura, y vos cantabas arrastrándome a cruzar la calle, a entrar en el mundo de los peces colgados del aire.

    Sacan las peceras, los grandes bocales a la calle, y entre turistas y niños ansiosos y señoras que coleccionan variedades exóticas (550 fr. pièce) están las peceras bajo el sol con sus cubos, sus esferas de agua que el sol mezcla con el aire, y los pájaros rosa y negro giran danzando dulcemente en una pequeña porción de aire, lentos pájaros fríos. Los mirábamos, jugando a acercar los ojos al vidrio, pegando la nariz, encolerizando a las viejas vendedoras armadas de redes de cazar mariposas acuáticas, y comprendíamos cada vez peor lo que es un pez, por ese camino de no comprender nos íbamos acercando a ellos que no se comprenden, franqueábamos las peceras y estábamos tan cerca como nuestra amiga, la vendedora de la segunda tienda viniendo del Pont-Neuf, que te dijo: «El agua fría los mata, es triste el agua fría ...» Y yo pensaba en la mucama del hotel que me daba consejos sobre un helecho: «No lo riegue, ponga un plato con agua debajo de la maceta, entonces cuando él quiere beber, bebe, y cuando no quiere no bebe...» Y pensábamos en esa cosa increíble que habíamos leído, que un pez solo en su pecera se entristece y entonces basta ponerle un espejo y el pez vuelve a estar contento...

Entrábamos en las tiendas donde las variedades más delicadas tenían peceras especiales con termómetro y gusanitos rojos. Descubríamos entre exclamaciones que enfurecían a las vendedoras -tan seguras de que no les compraríamos nada a 550 fr .pièce- los comportamientos, los amores, las formas. Era el tiempo delicuescente, algo como chocolate muy fino o pasta de naranja martiniquesa, en que nos emborrachábamos de metáforas y analogías, buscando siempre entrar. Y ese pez era perfectamente Giotto, te acordás, y esos dos jugaban como perros de jade, y un pez era la exacta sombra de una nube violeta... Descubríamos cómo la vida se instala en formas privadas de tercera dimensión, que desaparecen si se ponen de filo o dejan apenas una rayita rosada inmóvil vertical en el agua. Un golpe de aleta y monstruosamente está de nuevo ahí con ojos bigotes aletas y del vientre a veces saliéndole y flotando una transparente cinta de excremento que no acaba de soltarse, un lastre que de golpe los pone entre nosotros, los arranca a su perfección de imágenes puras, los compromete, por decirlo con una de las grandes palabras que tanto empleábamos por ahí y en esos días.

Rayuela
Julio Cortázar 

 


 

Capítulo 25

[...]

-Yo también adoraba las peceras –dijo rememorativamente Gregorovius -. Les perdí todo afecto cuando me inicié en las labores propias de mi sexo. En Dubrovnik, un prostíbulo al que me llevó un marino danés que en ese entonces era el amante de mi madre la de Odessa. A los pies de la cama había un acuario maravilloso , y la cama también tenía algo de acuario con su colcha celeste un poco irisada, que la gorda pelirroja apartó cuidadosamente antes de atraparme como a un conejo por las orejas. No se puede el miedo, Lucía, el terror de todo aquello. Estábamos tendidos de espaldas, uno al lado del otro, y ella me acariciaba maquinalmente, yo tenía frío y ella me hablaba de cualquier cosa, de la pelea que acababa de ocurrir en el bar , de las tormentas de marzo...Los peces pasaban y pasaban, había uno, negro, un pez enorme, mucho más grande que los otros. Pasaba y pasaba como su mano por mis piernas, subiendo, bajando...Entonces hacer el amor era eso, un pez negro pasando y pasando obstinadamente. Una imagen como cualquier otra, bastante cierta por lo demás. La repetición al infinito de un ansia de fuga, de atravesar el cristal y entrar en otra cosa.

-Quién sabe –dijo la Maga-.A mí me parece que los peces ya no quieren salir de la pecera, casi nunca tocan el vidrio con la nariz.

Gregorovius pensó que en alguna parte Chestov había hablado de peceras con un tabique móvil que en un momento dado podía sacarse sin que el pez habituado al compartimiento se decidiera jamás a pasar al otro lado. Llegar hasta un punto del agua, girar, volverse, sin saber que ya no hay obstáculo, que bastaría seguir avanzando...

-Pero el amor también podría ser eso –dijo Gregorovius -.Qué maravilla estar admirando a los peces en su pecera y de golpe verlos pasar al aire libre, irse como palomas. Una esperanza idiota, claro. Todos retrocedemos por miedo de frotarnos la nariz con algo desagradable[...]

Rayuela
Julio Cortázar 

 

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16/12/2007 01:42 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Cortázar Hay 1 comentario.


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