Peces rojos


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Estaba en segundo año de secundaria. Mi abuela me había regalado un pequeño portafolios rígido de cuero para guardar libros, cuadernos y demás utensilios escolares, con la esperanza de que dejase de perderlos a cada rato. A mi casa llegaba regularmente una revista médica muy bien ilustrada, de cuyo interior se podía desprender la reproducción de una obra maestra del arte. Yo recortaba esas páginas para guardarlas en una caja de tesoros personales.

Un día, al abrir la revista me quedé aturdido. Nada había visto tan deslumbrador como aquella página colorida. Un cuadro bañado de luz, iluminado desde arriba, pero también desde el interior de la tela. En una pecera nadaban unos cuantos peces rojos cuyo reflejo se mecía en la superficie del agua. Era el triunfo absoluto del color. El cubo que contenía a los peces formaba parte del eje vertical del cuadro y se apoyaba en una mesa redonda sostenida por un solo pie. Estaba, claro, en el centro. Todo el resto de la tela era una selva de hojas hermosas y de flores; estaban en el primer plano, en el fondo, se las veía a través del cristal del recipiente, enardecidas, arracimadas, luminosas, perfectas. Si hubiese vivido en la Antártida, o en el corazón de Sonora, o del Sahara, donde nadie nunca ve flores ni peces ni agua, podría comprender que aquella precipitación florida me hiciera enloquecer. Pero vivía en Córdoba, en medio de jardines suculentos, y aún así aquello me parecía un milagro. Fijé la página con pegamento en la parte interior dura de mi maletín. Algunos compañeros colocaban allí fotos de las grandes voces del momento o de boxeadores; otros, nada. Conviví con mis peces rojos y su entorno fascinante durante tres años. Fue mi mejor amuleto; una señal, una promesa. Vi después reproducciones de obras de su autor, pero no ésa. En el MOMA de Nueva York me detuve con asombro ante formidables óleos suyos.

Años después, al entrar en una sala del Museo Pushkin de Moscú, la que alberga algunos de los óleos más extraordinarios de Matisse, me encontré de golpe con el original de aquellos Peces rojos míos. Más que una experiencia estética fue un trance místico, una revaloración instantánea del mundo, de la continuidad del mundo.

El viaje
Sergio Pitol




 

10/12/2007 19:21 Autor: settembrini. Enlace permanente.

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Autor: Portnoy

No fastidies que también estás leyendo la trilogía de la memoria... ¿muchas coincidencias, no?
:-)
Un saludo

Fecha: 11/12/2007 00:14.



Autor: Settembrini

Últimamente he empezando a pensar que a lo mejor somos la misma persona... Pero en cuanto recuerdo tu gusto por ese espantoso cine japonés se me va la idea de la mente. ;-)

Pero no, hablando en serio, creo que fui yo quien te recomendó hace poco a Pitol -su trilogía, concretamente- en cierto comentario que dejé en tu blog. Me alegra ver que sigues mis consejos, pequeño saltamontes ;-)))

Vale, vale.

Fecha: 11/12/2007 20:11.


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Autor: Portnoy

Sabes que nunca he dudado de tu criterio... sabes que estuve a punto de ponerme de nick Hans Castorp... maestro
:-)

Fecha: 14/12/2007 00:22.


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Autor: Rubén

Decididamente mis gustos literarios son un poco decimonónicos, necesito ponerme al día. El cuadro es precioso, y eso de encontrarse frente a una obra de arte que pertenece a tu infancia me recuerda a Antal Szerb. Muy buena entrada.

Fecha: 15/12/2007 03:36.


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Autor: Portnoy

Dejé un comentario de Pitol sobre Beckmann y su Departure inspirado en tus Peces Rojos... felices fiestas, Sett.
Un abrazo.
J.

Fecha: 22/12/2007 12:50.


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