En el Castello Sforzesco

 

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Cuando añadí a mi anterior mensaje ese cuadro de Friedrich, que es uno de los símbolos del Romanticismo (así lo atestigua esa caótica Wikipedia de nuestros pecados), acudió a mi maltrecha memoria alguna imagen de mi último viaje a Italia, hace más de un año ya (“Y luego, cuando vuelva el otoño, iremos a Italia: Italiam!, es mi eterno ritornello”, dice el viejo Chateaubriand). Se trata de unos cuadritos que se conservan en la pinacoteca del Castello Sforzesco.

Por cierto, al entrar en esa misma sala se encuentra la Madonna con bambini, santi e angeli , de Filippo Lippi, que al parecer representa a los niños de cierta familia noble. Niños que no estaban solos, ya que a mi llegada encontré sentados en corro ante el cuadro, como completando el círculo, una veintena de niños menores de 8 añitos (y de carne y hueso) que soportaban la explicación de su maestra con la misma atención que los traviesos angeli, santi e bambini del retrato. Era tierna la imagen de los niños jugando sobre el puente de seiscientos años que los separaba, y parecía que los que gritaban a mi alrededor hubieran emergido del cuadro, o que yo me hubiera sumergido en él.




Entretenido con esta imagen, di inadvertidamente un pequeño salto de siglos para encontrarme ante una Venecia destruida. Se trataba de una serie de paisajes en los que una barca surcaba un mar en calma, con un cielo tormentoso al fondo, del que emergían diversas ruinas griegas y romanas. No costaba reconocer en estas imágenes la de Venecia misma hecha ruinas y pronto azotada por la tempestad. Pintados en el siglo XVIII, en el ocaso de la Serenísima, parecían anticipar su fin. Eran como sueños, en los que el artista se viera navegando entre los restos de la ciudad desolada, quizá en un futuro no demasiado lejano.

Eran, en cualquier caso, imágenes que parecían responder a los rasgos que establecen los tratados para la pintura romántica. Me encontraba así ante un romanticismo nacido en la laguna veneciana, como no podía ser de otra forma. Parecía más apropiado para este movimiento que su nacimiento oficial en el lejano y gélido norte. Poco después cubrí en parte alguna de mis innumerables lagunas aprendiendo que esos pintores llevan la etiqueta de “ruinistas”. Quede para los manuales el parentesco entre éstos y los Friedrich del norte, pero yo vi en esas ruinas mucho de lo que encuentro en las páginas de mi Chateaubriand.

Hablo de Leonardo Coccorante (Nápoles, 1680-1750) [Capriccio con architetture e mare calmo al chiaro di luna], Francesco Guardi (Venecia, 1712-93), etc. Es curioso que el romanticismo parezca anunciarse en la luminosa Venecia. En el XVIII su pretendido esplendor era engañoso, pero creía que el engaño surtía efecto y los venecianos no veían la miseria que escondía y disimulaba su falso esplendor. Quizá sólo para algunos iluminados la verdad era evidente, y la ruina inevitable. Y es asombroso el parentesco nórdico de este sentimiento.

En uno de los cuadros, unos gondoleros empujan sus barcas cargadas entre las ruinas. Parecen portar los restos del naufragio, o huir de la catástrofe. En cualquier caso es inconfundible la luz rosada del crepúsculo en la laguna.

Por cierto, que estoy a punto de leer la parte de las Memorias en que Chateaubriand narra su viaje a Venecia. Ya os contaré.

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Pero hablaba de Filippo Lippi. En la guía que llevaba (soy uno de esos turistas de Baedecker a los que ridiculizaban los novelistas del XIX) encontré dos breves noticias acerca de Lippi y su señor hijo. Las copio tal cual, que leídas del original no dejan de tener su gracia:

“Lippi, Filippino (1457-1504)
Pintor florentino, hijo de Fra Filippo (!). Sus obras más destacadas [...]
Lippi, Fra Filippo (h.1406-1469)
Pintor florentino, monje carmelitano que provocó un gran escándalo por su relación amorosa con una monja. [...]”

Debían ser unos tipos divertidos los artistas del Renacimiento. Como el llamado Sodoma, de quien dice mi guía:

“Sodoma (Gianantonio Bazzi) 1477-1549
Pintor nacido en Vercelli que trabajó principalmente en Siena y sus alrededores, donde fue una de las figuras más significativas de su tiempo junto con Beccafumi. Su estilo es de un eclecticismo abigarrado que mezcla de una manera casi siempre atractiva elementos anticuados con otros propios de la época. El origen de su apodo no precisa explicación.”

Esto me recuerda que tengo por ahí la “Vita” de Benvenutto Cellini, publicada hace poco por Alianza. Chateaubriand critica lo escandaloso de sus memorias. (El pobre anduvo enamoriscado de la deslumbrante Madame Recamier, y parece que fueron demasiado formales como para soltarse el pelo. Pobrecitos.)

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Pero volviendo a aquellos pintores italianos, decidme si no se nota cierto aire de familia con un Turner, por ejemplo...





Claro que los cuadros que citaba antes son minuciosamente ignorados por Google. Será que los he soñado...



22/07/2007 03:55 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Venecia.

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