
Esto de los libros es como los vicios del chiste: uno lleva a otro, y este a otro, y este a otro... Acaba uno engolfado en una persecución, en una suerte de juego de la oca, saltando de libro a libro, y cuando por una de esas atisbamos lo que nos queda por delante, sentimos la angustia de no ser capaces de leer toda esa biblioteca. Cuento esto porque a los anaqueles atestados que comentaba el otro día se van sumando libros nuevos y recomendaciones que me hacen los amiguetes bibliófagos. Y eso que he logrado al fin librarme de las listas de novedades y de los suplementos literarios que, sábado sí, sábado también, nos meten por los ojos una media de treinta títulos, unos pocos de los cuales -sólo unos pocos- son reediciones. En 'El país' han tomado por costumbre publicar una breve nota de las obras que se presentan cada semana (creo que lo hacen los martes), y asombra cómo logran encapsular tanta ansiedad en una notita tan breve.
Por suerte, repito, una cita de Schopenhauer me curó de esta fiebre, y cuando entro en la librería me detengo poco tiempo en la fugaz mesa de novedades para dirigirme a las estanterías del fondo. La cita es esta:
"Los libros malos son un veneno intelectual que destruye el espíritu. Y porque la mayoría de las personas, en lugar de leer lo mejor que se ha producido en las diferentes épocas, se reduce a leer las últimas novedades, los escritores se reducen al círculo estrecho de las ideas en circulación, y el público se hunde cada vez más en su propio fango."
(Sobre la abundancia de letra impresa y los demasiados libros he dejado ya un par de mensajes en este blog: un relato de Cortázar y un fragmento de Gombrowicz.)
Pero sólo he logrado liberarme de la dictadura de la novedad. Lamentablemente me sigo dejando más de lo que tengo en librerías y sigo amontonando libros que no me dará tiempo de leer. Nunca me he parado a analizar esta manía, pero el otro día, mientras hacía limpieza en el atestado y viejo disco duro de mi ordenador, recuperé un texto que me envió en su día el añorado Robertokles. Es un fragmento de "La orgía de libros: apuntes sueltos, 1973-1984", de Elias Canetti:
"No lamento esas orgías de libros. Me siento como en la época de la expansión de Masa y poder. En aquel entonces, todo sucedía sólo por la aventura de los libros. En Viena, cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en las peores épocas, logré siempre de algún modo, y de tiempo en tiempo, comprar libros. Nunca aprendí nada de un modo sistemático, como lo hizo tanta gente, sino en repentinas exaltaciones. Estas comenzaban siempre cuando veía un volumen que debía tener. El gesto de la apropiación, la alegría de dilapidar el dinero, el llevar el libro a casa o al próximo local: admirarlo, acariciarlo, olerlo, hojearlo, colocarlo en un lugar apartado del librero durante años, luego el tiempo de su redescubrimiento cuando necesitaba leerlo en serio —todo esto es parte de un proceso creativo, cuyas partes ocultas desconozco—. Siempre me ha sucedido así. Y hasta en el último momento de mi vida deberé comprar libros, sobre todo cuando estoy seguro de que nunca los voy a leer.
Creo que es también una parte de mi necedad de luchar contra la muerte. No quiero saber cuáles libros permanecerán sin leer. Antes del final, nadie puede decir cuáles serán. Tengo la libertad de la elección: entre todos los libros a mi alrededor puedo elegir uno en cualquier momento, y así tengo en mis manos el transcurso de la vida."
Viendo ayer la película "F for fake" de Orson Welles (gracias, DVD), me dejó embobado la parrafada que lanza el viejo director acerca de sus dudas sorbe la perdurabilidad del arte. O mejor dicho, sobre las dudas que atenazan a todo creador. Algo parecido a lo que temía el Virgilio de Hermann Broch. Quizá el temor de Canetti (y mío, modestamente) sea el reflejo de ese otro miedo en este lado del espejo: el del lector.
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Por cierto, aquí dejo la transcripción de parte del monólogo de Welles. Eso sí, en inglés: no he podido dar con él en un idioma más civilizado: "Ours, the scientists keep telling us, is a universe which is disposable. You know it might be just this one anonymous glory of all things, this rich stone forest, this epic chant, this gaiety, this grand choiring shout of affirmation, which we choose when all our cities are dust; to stand intact, to mark where we have been, to testify to what we had it in us to accomplish. Our works in stone, in paint, in print are spared, some of them for a few decades, or a millennium or two, but everything must fall in war or wear away into the ultimate and universal ash: the triumphs and the frauds, the treasures and the fakes. A fact of life... we're going to die. 'Be of good heart,' cry the dead artists out of the living past. Our songs will all be silenced - but what of it? Go on singing. Maybe a man's name doesn't matter all that much."
Luego tiraré de diccionario o de amigos angloparlantes para traducirlo. De momento os dejo la recomendación de ver esa película. (Una película, sí, para variar: este Portnoy me debe de estar contagiando.)
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Autor: Portnoy
Fecha: 27/03/2007 15:25.