Cómo ir de Esparta a Google Books pasando por Uruguay

 




Me llegan noticias del estreno de esa película, que ya han promocionado todos los telediarios, sobre la gesta de las Termópilas. Ya sé que está basada en un comic, y que tampoco se le pueden pedir peras al olmo, pero algunas referencias que recibo me llaman la atención (y no entro en el problema del rigor histórico: Hollywood nunca deja que la historia le estropee un buen -o mal- guión). Entre el jaleo de las espadas y los rugidos creo entender que los espartanos se presentan como poco menos que adalides de la libertad y la civilización. Vale. Además, un simple 'trailer' deja clara esa contraposición entre los bárbaros persas -negros (!), andróginos, monstruosos- y los muy viriles y arios espartanos. Le veo a la cosa un toque estético a lo Leni Riefensthal que tira de espaldas.

Lo cierto es que no sería yo el primero en encontrar en la misma imagen que nos ha dejado la Historia de la antigua Esparta una semejanza con lo que vendría a representar el nazismo hace poco menos de un siglo. A ver, entendedme: no pretendo acusar a los espartanos de nazis, ni descontextualizar de esa forma el tema. Pero sí que me preocupa que del heroismo de los chicos de las Termópilas se pase a la exaltación del militarismo y de un modelo social que, toscamente trasplantado a nuestros días, haga explotar por simpatía esa otra visión del mundo que termina en Auschwitz. Un escritor español contemporáneo de Hitler escribía de Munich, en los primeros años del nazismo, que era una ciudad que "ha querido ser Atenas y ha venido a ser Esparta". Otro autor católico escribía, en 1928, que "Esparta revive con el hitlerismo, cuyo Estado absorbe al individuo; esfuma a éste, e invade, en consecuencia, esferas relegadas exclusivamente al dominio de la Moral."

Ya digo que no se trata de someter a juicio sumarísimo a los pobres espartanos, sino a la exaltación de ciertos valores que, acertadamente o no, vengan a asociarse hoy día con aquellos guerreros. El militarismo ciego, la xenofobia, el autoritarismo, la organización social, la esclavitud, la violencia, la educación de los niños sometidos a un régimen de campamento militar... Todo esto despierta fantasmas que me estremecen. Como la imagen de los niños que, considerados indignos de vivir, eran despeñados desde el monte Taigeto.

Un poco en respuesta a esos fantasmas que despierta la leyenda de Esparta en la mente contemporánea, más que como ajuste de cuentas a la gente de Licurgo, el uruguayo Rafael Courtoisie escribió el siguiente relato:


PERSISTENCIA DEL DÉBIL

 

Nací en Esparta hace casi tres mil años. Viví exactamente treinta minutos desde que salí del vientre de mi madre, que también se avergonzó por haber engendrado un hijo tan débil.
El cirujano que me examinó y la partera coincidieron en el mismo juicio: yo no era digno de ser un ciudadano de Esparta. Mi complexión menuda, mis huesos quebradizos, las arrugas de mi piel que al nacer parecían las de un viejo, con arborescencias de pequeñas venas rotas en el dorso de las manos minúsculas, y una transparencia no humana de piel de pescado, de delgada membrana de renacuajo, contribuían al grotesco espectáculo. Nací débil.
Hasta mi madre se avergonzó de mí cuando me vio: "Yo fui hecha para parir hombres, no ranas".
Viví poco más de media hora. Treinta minutos escasos, que transcurrieron entre las gruesas y ásperas palmas de las manos de quienes me examinaron con desprecio porque no era apto para pertenecer a su casta de guerreros.
Pasé esos minutos, mi ración escueta de vida sobre la Tierra, en medio de llantos y voces destempladas. El médico designado por los ancianos para decidir sobre las aptitudes de los que nacían, me tuvo apenas segundos entre sus gruesos dedos que me parecieron leñosos, cubiertos de callos de corteza y extremadamente duros, sin una gota de savia. En vano busqué el seno de mi madre, que me rechazó desde el primer hasta el último momento.
Mis hermanos, mis compañeros de generación, nacieron fuertes y musculosos, con huesos duros y flexibles que resistirían las caídas y los golpes con la parte plana de la espada. Ellos, y sólo ellos, nacieron dignos de llevar el escudo con el dibujo de la abeja.
Sus musculosos torsos, sus piernas gruesas y ágiles hace ya muchos siglos se pudrieron bajo el peso del olvido. Sus brazos poderosos, sus terribles glándulas, desaparecieron. Yo morí enseguida, a la media hora de nacer. No llegué a conocer la luz del día, puesto que nací de madrugada y antes de que el sol despuntara fui lanzado al barranco de los niños débiles, al abismo de los inútiles y los faltos de temple, a la ciudad fantasma de los miserables inocentes de Esparta, que no merecieron oportunidad sobre la Tierra.
Yo hubiera querido escribir un largo poema. Un poema duro como las rocas que golpearon contra mi cara de recién nacido, en Esparta. Un poema con filos de silicio y uñas de piedra que se metiera en las carnes, que quebrara el destino como se quebraba la caliza cenicienta de mis huesos endebles como esponjas, el temporal inestable de mi cuerpo.
Yo no tuve cimientos, ni fui construido para durar. Antes del amanecer del primer día de mi vida yacía en el fondo de un barranco y era el almuerzo insípido de las arañas, una ración más con bracitos y piernas en el comedero de los cuervos.
Ni mi padre, cuyo escudo guerrero hace ya mucho tiempo que ha desaparecido bajo el océano de los días, vio mi cara delgada que salía del vientre de mi madre y se hundía en la vida sólo por un momento. Mi padre musculoso, flexible como un junco, glorioso de una gloria caduca, puesto que ya hace siglos nadie recuerda su nombre, no se dignó a verme.
Yo no fui. No tuve nombre. Tengo los nombres de los lanzados en aquel barranco de Esparta. Mi único nombre es el del rescoldo, no el del incendio. No queda nada de mí más que lo poco que pude ser: minutos bajo la sombra de la noche. Por eso he venido. Por eso tengo este espacio breve de papel en el que volver en la mano de otro que me escribe.
Yo he durado. Mis hermanos, los fuertes, se pudrieron hace mucho y el artificio de su tórax prevenido, de su guardia feroz no alienta nada. Han sido.

Yo soy. Muerto en Esparta hace casi tres mil años, con un soplo de vida. Vuelvo en este papel y en este idioma extraño porque yo, el débil, no conocí idioma alguno. Nonato para el sonido articulado y para el amor de las mujeres. Sólo conocí la madurez del grito ronco en la reprobación, el temprano gruñido del aborrecimiento en la mueca de las bocas, no el beso. La mano me escribe y soy ahora.
Hay un río incesante hecho de los cadáveres de los poderosos, el río de los fuertes que caen a cada momento, las caliginosas aguas de los que quieren vencer.
Yo estoy en las tierras altas, lejos de esas orillas. Y permanezco.


...

Descubrí este relato en una obra en tres volúmenes que se titula "Cuentos de Hispanoamérica en el siglo XX", editada en 1997 por Castalia. Y esta es la obra que, después del anterior ladrillo espartano, quería recomendaros. (Además de Herodoto y Jenofonte, como querría el amigo Robertokles.)

Pero, además, resulta que la idea de traer este relato me la dio el encontrar esta obra publicada, en parte, en el conocido Google Books, la biblioteca electrónica creada por san Gúgel. La verdad es que deja mucho que desear, dada la escasez de títulos (sobre todo en español), las limitaciones en el acceso a los mismos, su calidad, el formato, etc. Pero no deja de ser una fuente importante donde encontrar un buen número de obras escaneadas de la edición original. Una interesante biblioteca que, por lo visto, sigue creciendo día tras día.

Y aquí tenemos algo parecido: la biblioteca virtual Miguel de Cervantes, que ofrece no pocas obras dela literatura española digitalizadas. Es algo complicado llegar a ellas, pero se lleva uno grandes y agradables sorpresas.

Buena caza libresca.


26/03/2007 03:42 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Historia.

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