
"Una antigua ley inglesa consideraba un crimen presenciar un asesinato o descubrir un cadáver y no estallar en “clamores y gritos”. Pero vivimos en un mundo de cadáveres y sólo provocamos revuelo por algunos de ellos. Es cierto que, con una pérdida demográfica calculada en diez millones de personas, lo ocurrido en el Congo podría calificarse razonablemente como el capítulo más criminal de la porfía europea por África. Pero esto sólo es así si contemplamos el África subsahariana como el arbitrario tablero de ajedrez constituido por las demarcaciones coloniales. Si trazamos las fronteras de manera diferente [...] entonces lo ocurrido en el Congo no es peor, desgraciadamente, de lo que sucedió en las colonias vecinas: Leopoldo, sencillamente, poseía un territorio cauchero mucho mayor que cualquier otro. A los diez años de haber iniciado el sistema de trabajos forzados se impusieron otros sistemas similares para la extracción de caucho en los territorios franceses al oeste y norte del río Congo, en la Angola portuguesa y en el Camerún bajo dominio alemán. ‘El modelo en el que declaraban inspirarse [...] era el de las empresas del rey Leopoldo II en el Estado Independiente del Congo, cuyos dividendos causaban admiración en los círculos bolsistas.’
En los territorios franceses del África ecuatorial, donde la historia de la región está mejor documentada que en ninguna otra parte, la extensión del territorio productor de caucho era mucho menor que la controlada por Leopoldo, pero la expoliación fue igualmente brutal. [...]
La atención exclusiva prestada al Congo de Leopoldo por el movimiento reformador parece aún más ilógica si los asesinatos masivos se calculan en porcentajes de la población muerta. Siguiendo este criterio, la mortandad fue aún peor entre los herero en el África suroccidental alemana, la actual Namibia. Allí, los asesinatos no estuvieron enmascarados por una cortina de humo de discursos filantrópicos. Fue un genocidio puro y simple, crudamente anunciado por adelantado.
Tras haber perdido una gran parte de su territorio a manos de los alemanes, los herero se rebelaron en 1904. Como respuesta, Alemania envió una fuerza bien armada a las órdenes del teniente general Lothar von Trotha, que publicó una orden de exterminio (Vernichtungsbefehl):
“Cualquier herero hallado en el interior de las fronteras alemanas con rifle o sin rifle, con ganado o sin ganado, será abatido a disparos. [...] No se tomarán prisioneros varones.”
En 1906 quedaban menos de veinte mil refugiados sin tierra de los ochenta mil herero que, según cálculos, vivían en el territorio en 1903. Los demás habían sido empujados al desierto para morir de hambre o sed (los alemanes envenenaron los pozos de agua), habían muerto a tiros o –para ahorrar balas- habían sido pasados por la bayoneta o golpeados hasta la muerte con las culatas de los rifles.[...]
Por las fechas en que los alemanes se dedicaban a aniquilar a los herero, el mundo ignoraba también en buena medida la brutal guerra antiguerrilla de los norteamericanos en la Filipinas, donde soldados de Estados Unidos torturaron a los prisioneros, quemaron pueblos, mataron a 20.000 rebeldes y vieron morir a otros 200.000 filipinos de hambre o enfermedades relacionadas con la guerra. Gran Bretaña no fue objeto de ninguna crítica internacional por sus matanzas de aborígenes australianos siguiendo órdenes de exterminio tan implacables como las de Von Trotha. Y, por supuesto, ni en Europa ni en Estados Unidos se produjo ninguna protesta importante contra las acciones que diezmaron a los indios norteamericanos.
Si aquellos otros asesinatos masivos pasaron en gran parte desapercibidos, excepto para sus víctimas, ¿por qué estalló en Inglaterra y Estados Unidos tal tormenta de justificada protesta por lo que ocurría en el Congo? La política de la identificación sentimental es caprichosa. No hay duda de que una de las razones de que británicos y norteamericanos se centraran en el Congo fue que se trataba de un objeto sin riesgos. La indignación por el Congo no incluía ninguna fechoría británica o norteamericana ni acarreaba las consecuencias diplomáticas, comerciales o militares que derivarían de enfrentarse a una gran potencia como Francia o Alemania. [...]
Lo ocurrido en el Congo fue, sin duda, un asesinato masivo a gran escala, pero la triste verdad es que los hombres que lo llevaron a cabo al servicio de Leopoldo no fueron más asesinos que muchos europeos que trabajaban o guerreaban en otras partes de África. Conrad lo dijo mejor: ‘Toda Europa contribuyó a hacer a Kurtz’."
El fantasma del rey Leopoldo
Adam Hochschild
Ed. Península, 2002
Autor: Settembrini
Fecha: 21/03/2007 19:03.
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Autor: Alvaro
Fecha: 28/03/2007 18:02.
Autor: Settembrini
Fecha: 29/03/2007 00:22.