Le roi des belges



Letras Libres (México) n°35 Noviembre del 2001
Las raíces de lo humano

Mario Vargas Llosa


El régimen siniestro de Leopoldo II en el Congo es el contexto en que se desarrolla El corazón de las tinieblas. Pero la novela de Conrad, afirma Vargas Llosa en este ensayo, es mucho más que eso: es una exploración de las raíces de lo humano y de esa "propensión recóndita a la caída" conocida como el mal.

"En un viaje en avión, el historiador Adam Hochschild encontró una cita de Mark Twain en la que el autor de Las aventuras de Huckleberry Finn aseguraba que el régimen impuesto por Leopoldo II, el rey de los belgas que murió en 1909, al Estado Libre del Congo (1885 a 1906) fraguado por él había exterminado entre cinco y ocho millones de nativos. Picado de curiosidad y cierto espanto, inició una investigación que, muchos años después, culminaría en King Leopold's Ghost, notable documento sobre la crueldad y la codicia que impulsaron la aventura colonial europea en África y cuyos datos y comprobaciones enriquecen extraordinariamente la lectura de la obra maestra de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, que ocurre en aquellos parajes y, justamente, en la época en que la Compañía belga de Leopoldo II —quien debería figurar, junto a Hitler y Stalin, como uno de los criminales políticos más sanguinarios del siglo XX— perpetraba sus peores vesanias.
     Leopoldo II fue una indecencia humana, pero culta, inteligente y creativa. Planeó su operación congolesa como una gran empresa económico-política, destinada a hacer de él un monarca que, al mismo tiempo, sería un poderosísimo hombre de negocios, dotado de una fortuna y una estructura industrial y comercial tan vastas que le permitirían influir en la vida política y el desarrollo del resto del mundo. Su colonia centroafricana, el Congo, una extensión tan grande como media Europa occidental, fue su propiedad particular hasta 1906, en que la presión de varios gobiernos y de una opinión pública alertada sobre sus monstruosos crímenes lo obligó a cederla al Estado belga.
     Fue también un astuto estratega de las relaciones públicas. Invirtió importantes sumas sobornando periodistas, políticos, funcionarios, militares, cabilderos, religiosos de tres continentes, para edificar una gigantesca cortina de humo encaminada a hacer creer al mundo que su aventura congolesa tenía una finalidad humanitaria y cristiana: salvar a los congoleses de los traficantes árabes de esclavos que saqueaban sus aldeas. Bajo su patrocinio, se organizaron conferencias y congresos, a los que acudían intelectuales —mercenarios sin escrúpulos, ingenuos y tontos— y muchos curas, para discutir sobre los métodos más funcionales de llevar la civilización y el Evangelio a los caníbales del África. Durante buen número de años, esta propaganda goebbelsiana tuvo efecto. Leopoldo II fue condecorado, bañado en incienso religioso y periodístico, y considerado un redentor de los negros.
     Detrás de esa impostura, la realidad era esta. Millones de congoleses fueron sometidos a una explotación inicua a fin de que cumplieran con las cuotas que la Compañía fijaba a las aldeas, las familias y los individuos en la extracción del caucho y las entregas de marfil y resina de copal. La Compañía tenía una organización militar y carecía de miramientos con sus trabajadores, a quienes, en comparación con el régimen al que ahora estaban sometidos, los antiguos negreros árabes debieron parecerles angelicales. Se trabajaba sin horarios ni compensaciones, en razón del puro terror a la mutilación y el asesinato, que eran moneda corriente. Los castigos, psicológicos y físicos, alcanzaron un refinamiento sádico; a quien no cumplía con las cuotas se le cortaba la mano o el pie. Las aldeas morosas eran aniquiladas y quemadas, en expediciones punitivas que mantenían sobrecogidas a las poblaciones, con lo cual se frenaban las fugas y los intentos de insumisión. Para que el sometimiento de las familias fuera completo, la Compañía (era una sola, disimulada tras una maraña de empresas) mantenía secuestrada a la madre o a alguno de los niños. Como apenas tenía gastos de mantenimiento —no pagaba salarios, su único desembolso fuerte consistía en armar a los bandidos uniformados que mantenían el orden— sus ganancias resultaron fabulosas. Como se proponía, Leopoldo II llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo.
     Adam Hochschild calcula, de manera persuasiva, que la población congolesa fue reducida a la mitad en los 21 años que duraron los desafueros de Leopoldo II. Cuando el Estado Libre del Congo pasó al Estado belga, en 1906, aunque siguieron perpetrándose muchos crímenes y continuó la explotación sin misericordia de los nativos, la situación de éstos se alivió de modo considerable. No es imposible que, de continuar aquel sistema, hubieran llegado a extinguirse.
     El estudio de Hochschild muestra que, con ser tan vertiginosamente horrendos los crímenes y torturas infligidos a los nativos, acaso el daño más profundo consistió en la destrucción de sus instituciones, de sus sistemas de relación, de sus usos y tradiciones, de su dignidad más elemental. No es de extrañar que, sesenta años más tarde, cuando Bélgica concedió la independencia al Congo, en 1960, aquella ex colonia en la que la potencia colonizadora no había sido capaz de producir en casi un siglo de pillaje y abusos ni siquiera un puñado de profesionales entre la población nativa cayera en la behetría y la guerra civil. Y, al final, se apoderara de ella el general Mobutu, un sátrapa vesánico, digno heredero de Leopoldo II en la voracidad.
     No sólo hay criminales y víctimas en King Leopold's Ghost. Hay, también, por fortuna para la especie humana, seres que la redimen, como los pastores negros norteamericanos George Washington Williams y William Sheppard, que, al descubrir la farsa, se apresuraron a denunciar al mundo la terrible realidad en África Central. Pero quienes, con base en una audacia y perseverancia formidables, consiguieron movilizar a la opinión pública internacional contra las carnicerías congolesas de Leopoldo II fueron un irlandés, Roger Casament, y el belga Morel. Ambos merecerían los honores de una gran novela. El primero (que al cabo de los años sería, primero, ennoblecido y, luego, ejecutado en Gran Bretaña por participar en una rebelión por la independencia de Irlanda) fue, durante un tiempo, vicecónsul británico en el Congo, y desde allí inundó la Foreign Office con informes lapidarios sobre lo que ocurría. Al mismo tiempo, en la aduana de Amberes, Morel, espíritu inquieto y justiciero, se ponía a estudiar, con creciente recelo, las cargas que partían hacia el Congo y las que procedían de allí. ¿Qué extraño comercio era este? Hacia el Congo iban sobre todo rifles, municiones, látigos, machetes y baratijas sin valor mercantil. De allá, en cambio, desembarcaban valiosos cargamentos de goma, marfil y resina de copal. ¿Se podía tomar en serio aquella propaganda según la cual gracias a Leopoldo II se había creado una zona de libre comercio en el corazón del África que traería progreso y libertad a todos los africanos?
     Morel no sólo era un hombre justo y perspicaz. También, un comunicador fuera de serie. Enterado de la siniestra verdad, se las arregló para hacerla conocer a sus contemporáneos, burlando con ingenio las barreras que la intimidación, los sobornos y la censura mantenían en torno a los asuntos del Congo. Sus análisis y artículos sobre la explotación a que eran sometidos los congoleses y la depredación social y económica que de ello resultaba fueron poco a poco imponiéndose, hasta generar una movilización que Hochschild considera el primer gran movimiento a favor de los derechos humanos en el siglo XX. Gracias a la Asociación para la Reforma del Congo que Morel y Casament fundaron, la aureola mítica fraguada en torno a Leopoldo II como el civilizador fue desapareciendo hasta ser reemplazada por la más justa de un genocida. Sin embargo, por uno de esos misterios que convendría esclarecer, lo que todo ser humano medianamente informado sabía sobre él y su torva aventura congolesa en 1909, cuando Leopoldo II murió, hoy se ha eclipsado de la memoria pública. Ya nadie se acuerda de él como lo que en verdad fue. En su país, ha pasado a la anodina condición de momia inofensiva, que figura en los libros de historia; tiene buen número de estatuas, un museo propio, pero nada que recuerde que él solo derramó más sangre y causó más sufrimientos en el África que todas las tragedias naturales y las guerras y revoluciones de aquel desgraciado continente."


[Continúa aquí...]


20/03/2007 21:21 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: África.

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