“El 28 de enero de 1841, un cuarto de siglo después de la fallida expedición de Tuckey, nacía en la pequeña localidad galesa de Denbigh –una villa con mercado- el hombre que llevaría a cabo de manera espectacular lo que aquél había intentado realizar. En el libro de partidas de nacimiento de la iglesia de St. Hilary aparece inscrito como “John Rowlands, bastardo”; calificativo que marcaría al muchacho para el resto de su vida, una vida dedicada obsesivamente a superar un sentimiento de vergüenza. El joven John fue el primero de cinco hijos ilegítimos que dio a luz Betsy Parry, criada de profesión. Su padre pudo haber sido John Rowlands, un borracho local muerto de delirium tremens, un importante abogado casado llamado James Vaughan Horne o un novio que Betsy Parry tenía en Londres, ciudad en la que había trabajado.
Tras dar a luz, Betsy Parry marchó de Denbigh marcada por la ignominia dejando a su bebé en casa de dos tíos y su abuelo materno, un hombre que creía que los chicos que se portan mal necesitan unos ‘buenos azotes’. El abuelo de John murió al cumplir éste cinco años, y los tíos se libraron de inmediato de su indeseado sobrino pagando media corona a la semana a una familia del lugar para que lo recogiera. Cuando la familia pidió más dinero, los tíos no accedieron. Un día, la familia de acogida dijo al joven John que su hijo Dick lo llevaría a visitar a su ‘tía Mary’ en otro pueblo:
‘El camino parecía interminable u tedioso[...]. Al final, Dick me bajó de su hombros ante un inmenso edificio de piedra , cruzando unas altas puertas de hierro, tiró de una campana que pude oír sonar ruidosa en el lejano interior de la casa. Un desconocido de rostro sombrío apareció en la puerta y, a pesar de mis protestas , me cogió de la mano y me arrastró al interior , mientras Dick intentaba calmar mis miedos con mucha labia prometiéndome que sólo iba a buscar a tía Mary para traerla a mi lado. La puerta se cerró tras él y, con el eco de aquel sonido , experimenté por vez primera el atroz sentimiento de la más extrema desolación.’
A sus seis años, John Rowlands era un interno del asilo parroquial de St. Asaph. Los testimonios sobre la vida en St. Asaph aparecen cubiertos, en general, por un velo de eufemismos victorianos, pero un periódico local se quejaba de que el director de asilo era un alcohólico que se tomaba “libertades indecentes” con las empleadas. Una comisión investigadora que visitó el asilo en 1847, por las fechas de la llegada de John Rowlands, informaba de que los varones adultos ‘tenían todos los vicios posibles’, y que los niños dormían de dos en dos, un niño mayor con otro menor, con el resultado de que comenzaban ‘a practicar y entender cosas que no debían’. John Rowlands demostraría durante el resto de su vida sentir miedo hacia cualquier forma de intimidad sexual.
Al margen de lo que John hubo de soportar o ver en el dormitorio del asilo, en sus aulas fue cada día mejor. Sus buenos rendimientos le valieron como premio una Biblia donada por el obispo local. El niño se sentía fascinado por al geografía. [...]
Una noche, cuando John tenía doce años, su supervisor se acercó a él ‘durante la hora de la cena, mientras todos los internos se hallaban reunidos, y señalando a una mujer alta con un rostro oval y un gran rodete de pelo negro en la parte posterior de la cabeza me preguntó si la reconocía’.
‘No señor’, respondí.
‘¡Cómo! ¿No reconoce a su propia madre?’
‘Comenzó a arderme la cara y le dirigí una tímida ojeada; percibí que me contemplaba con una mirada escrutadora fría y crítica. Había esperado sentir hacia ella una efusión de ternura, pero su expresión fue tan heladora que las válvulas del corazón se me cerraron como con un chasquido.’
A aquel sobresalto se sumó el hecho de que su madre había llevado consigo a St. Asaph dos nuevos hijos ilegítimos, un niño y una niña. Unas semanas más tarde, la mujer se marchó del asilo. Para John fue el último abandono de una larga cadena.
Cumplidos los quince años salió de St. Asaph y se alojó sucesivamente con varios parientes, todos los cuales parecieron sentirse incómodos al tener que acoger al primo procedente de un asilo de pobres. A los diecisiete, mientras vivía en Liverpool con un tío suyo y trabajaba como chico de los recados para un carnicero, temió ser despedido una vez más. Cierto día se encontraba en el muelle llevando una entrega de carne a un barco mercante norteamericano, el Windermere. El capitán observó a aquel joven pequeño de estatura pero de aspecto robusto y le preguntó: ‘¿Te gustaría navegar en este barco?’
En febrero de 1859, tras siete semanas de viaje, el Windermere atracó en Nueva Orleans, donde el joven recién llegado saltó a tierra. [...] Mientras recorría las calles en busca de trabajo, descubrió en el porche de un almacén a un hombre de edad mediana con chistera, un agente comercial algodonero, según supo más tarde, y se le acercó: ‘¿Quiere un mozo, señor?”
El agente comercial, impresionado por la única referencia de John, la Biblia del premio con la inscripción del obispo, tomó como empleado a aquel adolescente galés. Poco después, el joven John Rowlands, residente ya en el nuevo mundo, decidió darse un nombre nuevo. El procedimiento fue gradual. En el censo de Nueva Orleans de 1860 figura como “J.Rolling”. Una mujer que lo conoció por aquellas fechas lo recordaba como John Rollins, ‘más listo que el aire y muy dado a fanfarronear, presumir y contar historias’. Sin embargo, al cabo de unos años comenzó a usar el primer nombre y el apellido del comerciante que le había dado el trabajo. Siguió experimentando con el nombre intermedio recurriendo a Morley, Morelake y Moreland, antes de decidirse finalmente por Morton. Y así, el muchacho que había entrado en el asilo parroquial de St. Asaph como John Rowlands se convirtió en el hombre que pronto sería conocido en el mundo entero como Henry Morton Stanley.”
El fantasma del rey Leopoldo
Adam Hochschild
Ed. Península, 2002