Chateaubriand, el Gaviero



En un apéndice a la novela Amirbar, el trasunto de Álvaro Mutis hace un repaso de las improbables lecturas de Maqroll, el Gaviero. Entre éstas se cuenta el libro que ahora me ocupa:

"Otro libro que le vi con regularidad que indicaba ser uno
de sus favoritos de siempre, era Mémoires d'Outre—Tombe de Chateaubriand. Se trataba de la edición corriente en tapas amarillas de los Classiques Garnier. Daba la impresión de que se iba a desencuadernar en cualquier instante. Su entusiasmo por la prosa del vizconde era tema favorito en la alta marea de sus libaciones. Una noche, en Bizerta, en una tabernucha del puerto, me recitó, casi completa, la escena del encuentro en Córdoba de René con Natalie de Noailles. Al terminar la parrafada no hizo comentario alguno. No hacía falta. Su exaltación se asomaba al rostro, nacida de la prosa ondulante y regia del vizconde."


No es de extrañar, teniendo en cuenta que es el propio vizconde quien nos narra en un breve fragmento, deslumbrante y fugaz, su experiencia como gaviero amateur:



“Mi refugio durante el día, cuando quería evitar a los pasajeros, era la gavia del palo mayor; trepaba a ella ligero ante los aplausos de los marineros. Me sentaba allí dominando las olas.

 

El espacio, que se extendía en un doble azul, parecía una tela preparada para recibir las creaciones futuras de un gran pintor. El color de las aguas era semejante al del cristal líquido. Largas y altas ondulaciones abrían en sus hondonadas puntos de fuga hacia los desiertos del océano: estos vacilantes paisajes volvían sensible a mis ojos la comparación que se hace en las Escrituras de la tierra tambaleándose ante el Señor, como un hombre ebrio. Por momentos se hubiera dicho que el espacio era estrecho y limitado, por falta de un punto de relieve; pero si una ola alzaba la cabeza, o se curvaba, imitando una costa lejana, o un banco de cazones pasaba por el horizonte, entonces había una escala de medida. La extensión se revelaba sobre todo cuando una neblina, reptando por la superficie pelagiana, parecía acrecentar la inmensidad misma.

 

Una vez que había bajado de la cofa del mástil como en otro tiempo del nido de mi sauce, siempre reducido a mi existencia solitaria, cenaba una galleta, un poco de azúcar y un limón; a continuación, me acostaba, bien en la cubierta del puente sobre mi abrigo, bien bajo el puente en mi coy: sólo tenía que extender un brazo para llegar de mi lecho a mi ataúd.”


 

Memorias de ultratumba
Chateaubriand

Ed. Acantilado, 2006

Libro VI. Cap. 5, pag. 266

 

05/03/2007 21:18 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Chateaubriand.

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