Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2006.


Sobre el código da vinci:
"Las novelas históricas optan por lo más fácil: su inventiva impone la armonía frente a la cacofonía de los hechos"

"Compra discos, lee biografías de músicos, colecciona programas de mano. Por sus venas circula música. Y muchas veces ama aun más la música que los propios músicos. Pero llora en vez de tocar."
Eusebio Ruvalcaba (México)

Parece que no termina de existir acuerdo sobre la identidad del verdadero autor del Lazarillo de Tormes. No convence la clásica atribución a Anónimo, ese prolífico autor, y ya desde que apareciera el libro se ha barajado un buen número de nombres más o menos conocidos; escritores que por una u otra razón no se habrían atrevido a reconocerse autores de una obra tan irreverente. Un pequeño paseo por la red nos permite comprobar que la polémica sigue viva: poseídos por el espíritu de las matemáticas, una legión de filólogos siguen pugnando por "demostrar" que tal o cual personaje fue el autor del Lazarillo. Así, José Luis Madrigal demostró que el autor es Cervantes de Salazar, Rosa Durán demostró que el culpable fue Alfonso de Valdés (su campaña electoral, por cierto, es la más impactante, con el apoyo de un Goytisolo y una página web diseñada al efecto), y ahora Francisco Calero apunta nada menos que a Luis Vives (este cuenta con apoyo político, y todo: benditas CC.AA.). Y lo que uno se pregunta es cómo es posible que todo este ejército de filólogos no tenga ni idea de lo que quiere decir la palabra "demostrar".

En cuanto a la referencia a las demostraciones y a las matemáticas, me ha venido a la memoria aquel impagable pasaje de 2666, el novelón del inmenso Roberto Bolaño:
"¿De qué trata el experimento?, dijo Rosa. ¿Qué experimento?,
dijo Amalfitano. El del libro colgado, dijo Rosa. No es ningún
experimento, en el sentido literal de la palabra, dijo Amalfitano.
¿Por qué está allí?, dijo Rosa. Se me ocurrió de repente,
dijo Amalfitano, la idea es de Duchamp, dejar un libro de geometría
colgado a la intemperie para ver si aprende cuatro cosas
de la vida real. Lo vas a destrozar, dijo Rosa. Yo no, dijo Amalfitano,
la naturaleza. Oye, tú cada día estás más loco, dijo Rosa.
Amalfitano sonrió. Nunca te había visto hacerle una cosa así a
un libro, dijo Rosa. No es mío, dijo Amalfitano. Da lo mismo,
dijo Rosa, ahora es tuyo. Es curioso, dijo Amalfitano, así debería
ser pero lo cierto es que no lo siento como un libro que me
pertenezca, además tengo la impresión, casi la certeza, de que
no le estoy haciendo ningún daño. Pues haz de cuenta que es
mío y descuélgalo, dijo Rosa, los vecinos van a creer que estás
loco. ¿Los vecinos, los que ponen trozos de vidrio encima de las
tapias? Ésos ni siquiera saben que existimos, dijo Amalfitano, y
están infinitamente más locos que yo. No, ésos no, dijo Rosa,
los otros, los que pueden ver perfectamente bien lo que pasa en
nuestro patio. ¿Alguno te ha molestado?, dijo Amalfitano. No,
dijo Rosa. Entonces no hay problema, dijo Amalfitano, no te
preocupes por tonterías, en esta ciudad están pasando cosas
mucho más terribles que colgar un libro de un cordel. Una
cosa no quita la otra, dijo Rosa, no somos bárbaros. Deja el libro
en paz, haz de cuenta que no existe, olvídate de él, dijo
Amalfitano, a ti nunca te ha interesado la geometría.
Por las mañanas, antes de marcharse a la universidad, Amalfitano
salía por la puerta de atrás a beberse los últimos tragos de
su café mirando el libro. No había ninguna duda: el papel en el
que había sido impreso era bueno y la encuadernación resistía
inconmovible los embates de la naturaleza. Los viejos amigos de
Rafael Dieste habían escogido buenos materiales para brindarle
esa especie de homenaje y de despedida un tanto anticipada, el
adiós de unos viejos varones ilustrados (o con la pátina de la
ilustración) a otro viejo varón ilustrado. Amalfitano pensó que
la naturaleza del noroeste de México, en aquel lugar preciso de
su jardín quebrantado, era más bien exigua. Una mañana,
mientras esperaba el autobús que lo llevaría a la universidad, se
hizo el firme propósito de plantar césped o pasto, y también de
comprar un arbolito ya un poco crecido en alguna tienda dedicada
a tal menester, y de plantar flores a los lados. Otra mañana
pensó que cualquier trabajo que se tomara encaminado a hacer
más grato el jardín resultaría a la postre inútil, puesto que no
pensaba quedarse mucho tiempo en Santa Teresa. Hay que volver
ya mismo, se decía, ¿pero adónde? Y luego se decía: ¿qué me
impulsó a venir aquí? ¿Por qué traje a mi hija a esta ciudad maldita?
¿Porque era uno de los pocos agujeros del mundo que me
faltaba por conocer? ¿Porque lo que deseo, en el fondo, es morirme?
Y después miraba el libro de Dieste, el Testamento geométrico,
que colgaba impávido del cordel, sujeto por dos pinzas, y
le daban ganas de descolgarlo y limpiar el polvo ocre que se le
había ido adhiriendo aquí y allá, pero no se atrevía."
Cuenta el murciano Ibn Arabí, acerca de su último encuentro con Averroes, la siguiente anécdota:
"Y ya no volví a reunirme con él, hasta que murió. Ocurrió esto el año 595, en la ciudad de Marruecos, y fue trasladado a Córdoba, donde está su sepulcro. Cuando fue colocado sobre una bestia de carga el ataúd que encerraba su cuerpo, pusiéronse sus obras en el costado opuesto para que le sirvieran de contrapeso."
Vale.

Hablando de Averroes, recuerdo aquel hermoso relato que Borges publicó junto a "El Aleph", "La busca de Averroes", y cierta reflexión acerca del mismo que hizo en una entrevista:
"-En su cuento "La busca de Averroes" usted crea una atmósfera donde todo parece inalcanzable, inútil. Usted mismo dice que es el proceso de una derrota.
J.L.B-Ése es un tema bastante complejo. El tema de "La busca de Averroes" es éste: si yo elijo a Averroes como protagonista de un cuento, ese Averroes no es realmente Averroes, soy yo. Por ejemplo, escribo un poema a Heráclito y digo: Heráclito no sabe griego. ¡Claro!, porque Heráclito no es realmente el Heráclito histórico, sino yo jugando a ser Heráclito. Por eso, voy evocando a Averroes y al final, al final del relato, comprendo que ese Averroes es simplemente una proyección mía; entonces hago que se mire en el espejo, se mira en el espejo y él no ve a nadie, porque yo no sé qué cara tenía Averroes, y así el cuento se diluye. Todo esto salió de la lectura de un libro de Renan sobre Averroes. "
Vale.
Bueno, es hora de ir tendiendo un nuevo piolín... Veamos, tenemos al pícaro que malvive junto a un ciego, de hambre en hambre y de tunda en tunda; tenemos también al venerable Ibn Roshd, y al no menos venerable y homérico ciego que cantó a Odiseo, al Ciego y a los mil autores de Las Mil y Una Noches. Y en las páginas de este libro, precisamente, encontramos una historia picaresca y homérica, en la cual un Ulises bagdadí viene a traerle no a un ciego, sino a tres, sendas palizas que valen por mil (y una), en una historia con tantas vueltas y revueltas, con tanto ingenio y desparpajo, que supone toda una lección para el ciego, para el Ciego, para el anónimo picaresco y para todos nosotros, pobres pecadores. Ahí la dejo, para conjurar el sueño...
"HISTORIA DE BACBAC, TERCER HERMANO DEL BARBERO
"Bacbac el ciego, por otro nombre el Cacareador hinchado, es mi tercer hermano. Era mendigo de oficio, y uno de los principales de la cofradía de los pordioseros de Bagdad, nuestra ciudad.
Cierto día, la voluntad de Alah y el Destino permitieron que mi hermano llegase a mendigar a la puerta de una casa. Y mi hermano Bacbac, sin prescindir de sus acostumbradas invocaciones para pedir limosna: "¡Oh donador, oh generoso!", dió con el palo en la puerta. Pero conviene que sepas, ¡oh Comendador de los Creyentes! que mi hermano Bacbac, igual que los más astutos de su cofradía, no contestaba cuando, al llamar a la puerta de una casa, le decían: "¿Quién es?"
Y se callaba para obligar a que abriesen la puerta, pues de otro modo, en lugar de abrir, se contentaban con responder desde adentro: "¡Alah te ampare!" Que es el modo de despedir a los mendigos.
De modo que aquel día, por más que desde la casa preguntasen "¿Quién es?", mi hermano callaba. Y acabó por oír pasos que se acercaban, y que se abría la puerta. Y se presentó un hombre al cual Bacbac, si no hubiera estado ciego, no habría pedido limosna seguramente.
Pero aquel era su Destino. Y cada hombre lleva su Destino atado al cuello. Y el hombre le preguntó: "¿Qué deseas?" Y mi hermano Bacbac respondió: "Que me des una limosna, por Alah el Altísimo". El hombre volvió a preguntar: "¿Eres ciego?" Y Bacbac dijo, "Sí, mi amo, y muy pobre". Y el otro repuso: "En ese caso, dame la mano para que te guíe". Y le dió la mano, y el hombre lo metió en la casa, y lo hizo subir escalones y más escalones, hasta que lo llevó a la azotea, que estaba muy alta. Y mi hermano, sin aliento, se decía: "Seguramente, me va a dar las sobras de algún festín".
Y cuando hubieron llegado a la azotea, el hombre volvió a preguntar: "¿Qué quieres, ciego?" Y mi hermano, bastante asombrado, respondió: "Una limosna, por Alah". Y el otro replicó: "Que Alah te abra el día en otra parte". Entonces Bacbac le dijo: "¡Oh tú, un tal! ¿no podías haberme contestado así cuando estábamos abajo? A lo cual replicó el otro: "¡Oh tú, que vales menos que mi trasero! ¿por qué no me contestaste cuando yo preguntaba desde dentro: "¿Quién es? ¿Quién está a la puerta? ¡Conque lárgate de aquí en seguida, o te haré rodar como una bola, asqueroso mendigo de mal agüero!" Y Bacbac tuvo que bajar más que de prisa la escalera completamente solo.
Pero cuando le quedaban unos veinte escalones dió un mal paso, y fué rodando hasta la puerta. Y al caer se hizo una gran contusión en la cabeza, y caminaba gimiendo por la calle. Entonces varios de sus compañeros, mendigos y ciegos como él, al oírle gemir le preguntaron la causa, y Bacbac les refirió su desventura. Y después les dijo: "Ahora tendréis que acompañarme a casa para coger dinero con qué comprar comida para este día infructuoso y maldito. Y habrá que recurrir a nuestros ahorros, que, como sabéis, son importantes, y cuyo depósito me habéis confiado".
Pero el hombre de la azotea había bajado detrás de él y le había seguido. Y echó a andar detrás de mi hermano y los otros dos ciegos, sin que nadie se apercibiese, y allí llegaron todos a casa de Bacbac. Entraron, y el hombre se deslizó rápidamente antes de que hubiesen cerrado la puerta. Y Bacbac dijo a los dos ciegos: "Ante todo, registremos la habitación por si hay algún extraño escondido".
Y aquel hombre, que era todo un ladrón de los más hábiles entre los ladrones, vió una cuerda que pendía del techo, se agarró de ella, y silenciosamente trepó hasta una viga, donde se sentó con la mayor tranquilidad. Y los dos ciegos comenzaron a buscar por toda la habitación, insistiendo en sus pesquisas varias veces, tentando los rincones con los palos. Y hecho esto, se reunieron con mi hermano, que sacó entonces del escondite todo el dinero de que era depositario, y lo contó con sus dos compañeros, resultando que tenían diez mil dracmas juntos.
Después, cada cual cogió dos o tres dracmas, volvieron a meter todo el dinero en los sacos, y los guardaron en el escondite. Y uno de los tres ciegos marchó a comprar provisiones y volvió en seguida, sacando de la alforja tres panes, tres cebollas y algunos dátiles. Y los tres compañeros se sentaron en corro y se pusieron a comer.
Entonces el ladrón se deslizó silenciosamente a lo largo de la cuerda, se acurrucó junto a los tres mendigos y se puso a comer con ellos. Y se había colocado al lado de Bacbac, que tenía un oído excelente. Y Bacbac, oyendo el ruido de sus mandíbulas al comer, exclamó: "¡Hay un extraño entre nosotros!" Y alargó rápidamente la mano hacia donde oía el ruido de las mandíbulas, y su mano cayó precisamente sobre el brazo del ladrón. Entonces Bacbac y los dos mendigos se precipitaron encima de él, y empezaron a gritar y a golpearle con sus palos; ciegos como estaban, y pedían auxilio a los vecinos, chillando: "¡Oh musulmanes, acudid a socorrernos! ¡Aquí hay un ladrón! ¡Quiere robarnos el poquísimo dinero de nuestros ahorros!" Y acudiendo los vecinos, vieron a Bacbac, que, auxiliado por los otros dos mendigos, tenía bien sujeto al ladrón, que intentaba defenderse y escapar. Pero el ladrón, cuando llegaron los vecinos, se fingió también ciego, y cerrando los ojos, exclamó: "¡Por Alah! ¡Oh musulmanes! Soy ciego y socio de estos tres, que me niegan lo que me corresponde de los diez mil dracmas de ahorros que poseemos en comunidad. Os lo juro por Alah el Altísimo, por el sultán, por el emir. Y os pido que me llevéis a presencia del walí, donde se comprobará todo". Entonces llegaron los guardias del walí, se apoderaron de los cuatro hombres y los llevaron entre las manos de walí.
Y el walí preguntó: "¿Quiénes son esos hombres?" Y el ladrón exclamó: "Escucha mis palabras, ¡oh walí justo y perspicaz! y sabrás lo que debes saber. Y si no quisieras creerme, manda que nos den tormento, a mí primero, para obligarnos a confesar la verdad. Y somete en seguida al mismo tormento a estos hombres para poner en claro este asunto". Y el walí dispuso: "¡Coged a ese hombre, echadlo en el suelo, y apaleadle hasta que confiese!" Entonces los guardias agarraron al ciego fingido, y uno le sujetaba los pies, y los demás principiaron a darle de palos en ellos. A los diez palos, el supuesto ciego empezó a dar gritos y abrió un ojo, pues hasta entonces los había tenido cerrados. Y después de recibir otros cuantos palos, no muchos, abrió ostensiblemente el otro ojo.
Y el walí, enfurecido, le dijo: "¿Qué farsa es ésta, miserable embustero?" Y el ladrón contestó: "Que suspendan la paliza y lo explicaré todo". Y el walí mandó suspender el tormento, y el ladrón dijo: "Somos cuatro ciegos fingidos, que engañamos.a la gente para que nos dé limosna. Pero además simulamos nuestra ceguera para poder entrar fácilmente en las casas, ver las mujeres con la cara descubierta, seducirlas, cabalgarlas y al mismo tiempo examinar el interior de las viviendas y preparar los robos sobre seguro. Y como hace bastante tiempo que ejercemos este oficio tan lucrativo, hemos logrado juntar entre todos hasta diez mil dracmas. Y al reclamar mi parte a estos hombres, no sólo se negaron a dármela, sino que me apalearon, v me habrían matado a golpes si los guardias no me hubiesen sacado de entre sus manos. Esta es la verdad, ¡oh walí! Pero ahora, para que confiesen mis compañeros, tendrás que recurir al látigo, como hiciste conmigo. Y así hablarán.
Pero que les den de firme, porque de lo contrario no confesarán nada. Y hasta verás cómo se obstinan en no abrir los ojos, como yo hice".
Entonces el walí mandó a azotar a mi hermano el primero de todos. Y por más que protestó y dijo que era ciego de nacimiento, le siguieron azotando hasta que se desmayó. Y como al volver en sí tampoco abrió los ojos, mandó el walí que le dieran otros trescientos palos, y luego trescientos más, y lo mismo hizo con los otros dos ciegos, que tampoco los pudieron abrir, a pesar de los golpes y a pesar de los consejos que les dirigía el ciego fingido, su compañero improvisado.
Y en seguida el walí encargó a este ciego fingido que fuese casa de mi hermano Bacbac y trajese el dinero. Y entonces dió a este ladrón dos mil quinientos dracmas, o sea la cuarta parte del dinero, y se quedó con lo demás.
En cuanto a mi hermano y los otros dos ciegos, el walí les dijo: "¡Miserables hipócritas! ¿Conque coméis el pan que os concede la gracia de Alah, y luego juráis en su nombre que sois ciegos? Salid de aquí y que no se os vuelva a ver en Bagdad ni un solo día".
Y yo, ¡oh Emir de los Creyentes! en cuanto supe todo esto salí en busca de mi hermano, lo encontré, lo traje secretamente a Bagdad, lo metí en mi casa, y me encargué de darle de comer y vestirlo mientras viva.
Y tal es la historia de mi tercer hermano, Bacbac el ciego."

"Hace algún tiempo, una revista francesa publicó una noticia singular: Jorge Luis Borges no existió. La figura conocida bajo este nombre no habría sido sino la invención de un pequeño grupo de escritores e intelectuales argentinos (entre los cuales esta-ba, naturalmente, Bioy Casares) quienes habrían simplemente publicado bajo la máscara de un personaje ficticio una obra colectiva. Y la persona conocida como Borges, ese viejo ciego con su bastón y su sonrisa ácida, sería un actor de tercer orden, de origen italiano (la revista daba incluso su nombre, pero lo olvidé) comprometido en un origen por una simple broma y que enseguida, atrapado por su personaje, se habría resignado por acabar siendo verdaderamente Borges."
http://www.lainsignia.org/2006/junio/cul_023.htm
Ustedes lo jueguen bien.
Vale.

“El hombre queda separado del pasado (incluso del pasado de hace unos segundos) por dos fuerzas que se ponen inmediatamente en funcionamiento y cooperan: la fuerza del olvido (que borra) y la fuerza de la memoria (que transforma). Es la evidencia de las evidencias, pero es difícil de admitir porque, cuando la pensamos hasta el final, ¿qué ocurre con los testimonios sobre los que descansa la historiografía?, ¿qué ocurre con las certezas del pasado y qué ocurre con la propia Historia, a la que nos referimos todos los días con credulidad, cándida y espontáneamente? Tras el frágil linde de lo incontestable (no cabe duda de que Napoleón perdió la batalla de Waterloo), se extiende un espacio infinito, el espacio aproximativo de lo inventado, simplificado, exagerado, de lo mal entendido, un espacio infinito de no verdades que copulan, se multiplican como ratas y quedan inmortalizadas"
El telón
Milan Kundera

Al escribir el anterior mensaje y revisar la apariencia del blog, me he percatado de lo peculiar del retrato napoleónico que colgué el otro día. Y automáticamente he recordado a aquel maravilloso admirador del corso que retrató el genial Mihura, en Tres sombreros de copa. Atentos al diálogo, que deja en mantillas a Lubitsh, a Wilder y al mismísimo Marx (Groucho):
"Don sacramento. (Dentro.) ¡Dionisio! ¡Dionisio! ¡Abra! ¡Soy yo! ¡Soy don Sacramento! ¡Soy don Sacramento! ¡Soy don Sacramento!...
dionisio. Sí... Ya voy... (Abre. Entra don sacramento, con levita, sombrero de copa y un paraguas.) ¡Don Sacramento! don sacramento. ¡Caballero! ¡Mi niña está triste! Mi niña, cien veces llamó por teléfono, sin que usted contestase a sus llamadas. La niña está triste y la niña llora. La niña pensó que usted se había muerto. La niña está pálida... ¿Por qué martiriza usted a mi pobre niña?...
dionisio. Yo salí a la calle, don Sacramento... Me dolía la cabeza... No podía dormir... Salí a pasear bajo la lluvia. Y en la misma calle, di dos o tres vueltas... Por eso yo no oí que ella me llamaba... ¡Pobre Margarita!... ¡Cómo habrá sufrido!
don sacramento. La niña está triste. La niña está triste y la niña llora. La niña está pálida. ¿Por qué martiriza usted a mi pobre niña?...
dionisio. Don Sacramento... Ya se lo he dicho... Yo salí a la calle... No podía dormir.
don sacramento. La niña se desmayó en el sofá malva de la sala rosa... ¡Ella creyó que usted se había muerto! ¿Por qué salió usted a la calle a pasear bajo la lluvia?...
dionisio. Me dolía la cabeza, don Sacramento...
don sacramento. ¡Las personas decentes no salen por la noche a pasear bajo la lluvia...! ¡Usted es un bohemio, caballero!
dionisio. No, señor.
don sacramento. ¡Sí! ¡Usted es un bohemio, caballero! ¡Sólo los bohemios salen a pasear de noche por las calles!
dionisio. ¡Pero es que me dolía mucho la cabeza!
don sacramento. Usted debió ponerse dos ruedas de patata en las sienes...
dionisio. Yo no tenía patatas...
don sacramento. Las personas decentes deben llevar siempre patatas en los bolsillos, caballero... Y también deben llevar tafetán para las heridas... Juraría que usted no lleva tafetán...
dionisio. No, señor.
don sacramento. ¿Lo está usted viendo? ¡Usted es un bohemio, caballero!... Cuando usted se case con la niña, usted no podrá ser tan desordenado en el vivir. ¿Por qué está así este cuarto? ¿Por qué hay lana de colchón en el suelo? ¿Por qué hay papeles? ¿Por qué hay latas de sardinas vacías? (Cogiendo la carraca que estaba en el sofá.) ¿Qué hace aquí esta carraca? (Y se queda con ella, distraído, en la mano. Y, de cuando en cuando, la hará sonar mientras habla.)
dionisio. Los cuartos de los hoteles modestos son así... Y éste es un hotel modesto... ¡Usted lo comprenderá, don Sacramento!...
don sacramento. Yo no comprendo nada. Yo no he estado nunca en ningún hotel. En los hoteles sólo están los grandes estafadores europeos y las vampiresas internacionales. Las personas decentes están en sus casas y reciben a sus visitas en el gabinete azul, en donde hay muebles dorados y antiguos retratos de familia... ¿Por qué no ha puesto usted en este cuarto los retratos de su familia, caballero?
dionisio. Yo sólo pienso estar aquí esta noche...
don sacramento. ¡No importa, caballero! Usted debió poner cuadros en las paredes. Sólo los asesinos o los monederos falsos son los que no tienen cuadros en las paredes... Usted debió poner el retrato de su abuelo con el uniforme de maestrante...
dionisio. Él no era maestrante... El era tenedor de libros...
don sacramento. ¡Pues con el uniforme de tenedor de libros! ¡Las personas honradas se tienen que retratar de uniforme, sean tenedores de libros o sean lo que sean! ¡Usted debió poner también el retrato de un niño en traje de primera comunión!
dionisio. Pero ¿qué niño iba a poner?
don sacramento. ¡Eso no importa! ¡Da lo mismo! Un niño. ¡Un niño cualquiera! ¡Hay muchos niños! ¡El mundo está lleno de niños de primera comunión!... Y también debió usted poner cromos... ¿Por qué no ha puesto usted cromos? ¡Los cromos son preciosos! ¡En todas las casas hay cromos! «Romeo y Julieta hablando por el balcón de su jardín», «Jesús orando en el Huerto de los Olivos», «Napoleón Bonaparte, en su destierro de la isla de Santa Elena»... (En otro tono, con admiración.) Qué gran hombre Napoleón, ¿verdad?
dionisio. Sí. Era muy belicoso... ¿Era ese que llevaba siempre así la mano? (Se mete la mano en el pecho.)
don sacramento. (Imitando la postura.) Efectivamente, llevaba siempre así la mano...
dionisio. Debía de ser muy difícil!, ¿verdad?
don sacramento. (Con los ojos en blanco.) ¡Sólo un hombre como él podía llevar siempre así la mano!...
dionisio. (Poniéndose la otra mano en la espalda.) Y la otra la llevaba así...
don sacramento. (Haciendo lo mismo.) Efectivamente, así la llevaba.
dionisio. ¡Qué hombre!
don sacramento. ¡Napoleón Bonaparte!... (Pausa admirativa, haciendo los dos de Napoleón. Después, don sacramento sigue hablando en el mismo tono anterior.) Usted tendrá que ser ordenado... ¡Usted vivirá en mi casa, y mi casa es una casa honrada! ¡Usted no podrá salir por las noches a pasear bajo la lluvia! Usted, además, tendrá que levantarse a las seis y cuarto para desayunar a las seis y media un huevo frito con pan...
dionisio. A mí no me gustan los huevos fritos...
don sacramento. ¡A las personas honorables les tienen que gustar los huevos fritos, señor mío! Toda mi familia ha tomado siempre huevos fritos para desayunar... Sólo los bohemios toman café con leche y pan con manteca.
dionisio. Pero es que a mí me gustan más pasados por agua... ¿No me los podían ustedes hacer a mí pasados por agua...?
don sacramento. No sé. No sé. Eso lo tendremos que consultar con mi señora. Si ella lo permite, yo no pondré inconveniente alguno. ¡Pero le advierto a usted que mi señora no tolera caprichos con la comida!...
dionisio. (Ya casi llorando.) ¡Pero yo qué le voy a hacer si me gustan más pasados por agua, hombre!
don sacramento. Nada de cines, ¿eh?... Nada de teatros. Nada de bohemia... A las siete, la cena... Y después de la cena, los jueves y los domingos, haremos una pequeña juerga. (Picaresco.) Porque también el espíritu necesita expansionarse, ¡qué diablo! (En este momento se le descompone la carraca, que estaba tocando. Y se queda muy preocupado.) ¡Se ha descompuesto!...
dionisio. (Como en el acto anterior Paula, él la coge y se la arregla.) Es así. (Y se la vuelve a dar a don sacramento que, muy contento, la toca de cuando en cuando.)
don sacramento. La niña los domingos, tocará el piano, Dionisio... Tocará el piano, y quizá, quizá, si estamos en vena, quizá recibamos alguna visita... Personas honradas, desde luego... Por ejemplo, haré que vaya el señor Smith... Usted se hará en seguida amigo suyo y pasará charlando con él muy buenos ratos... El señor Smith es una persona muy conocida... Su retrato ha aparecido en todos los periódicos del mundo... ¡Es el centenario más famoso de la población! Acaba de cumplir ciento veinte años y aún conserva cinco dientes... ¡Usted se pasará hablando con él toda la noche!... Y también irá su señora...
dionisio. ¿Y cuántos dientes tiene su señora?
don sacramento. ¡Oh, ella no tiene ninguno! Los perdió todos cuando se cayó por aquella escalera y quedó paralítica para toda su vida, sin poderse levantar de su sillón de ruedas... ¡Usted pasará grandes ratos charlando con este matrimonio encantador!
dionisio. Pero ¿y si se me mueren cuando estoy hablando con ellos? ¿Qué hago yo, Dios mío?
don sacramento. ¡Los centenarios no se mueren nunca! ¡Entonces no tendrían ningún mérito, caballero!... (Pausa. don sacramento hace un gesto, de olfatear.) Pero... ¿a qué huele en este cuarto?... Desde que estoy aquí noto yo un olor extraño... Es un raro olor... ¡Y no es nada agradable este olor!...
dionisio. Se habrán dejado abierta la puerta de la cocina...
don sacramento. (Siempre olfateando.) No. No es eso... Es como si un cuerpo humano se estuviese descomponiendo...
dionisio. (Aterrado. Aparte.) ¡Dios mío! ¡Ella se ha muerto!...
don sacramento. ¿Qué olor es éste, caballero? ¡En este cuarto hay un cadáver! ¿Por qué tiene usted cadáveres en su cuarto? ¿Es que los bohemios tienen cadáveres en su habitación?...
dionisio. En los hoteles modestos siempre hay cadáveres...
don sacramento. (Buscando.) ¡Es por aquí! Por aquí debajo. (Levanta la colcha de la cama y descubre los conejos que tiró el cazador. Los coge.) ¡Oh, aquí está! ¡Dos conejos muertos! ¡Es esto lo que olía de este modo!... ¿Por qué tiene usted dos conejos debajo de su cama? En mi casa no podrá usted tener conejos en su habitación... Tampoco podrá usted tener gallinas... ¡Todo lo estropean!...
dionisio. Estos no son conejos. Son ratones...
don sacramento. ¿Son ratones?
dionisio. Sí, señor. Son ratones. Aquí hay muchos...
don sacramento. Yo nunca he visto unos ratones tan grandes...
dionisio. Es que como éste es un hotel pobre, los ratones son así... En los hoteles más lujosos, los ratones son mucho más pequeños... Pasa igual que con las barritas de Viena...
don sacramento. ¿Y los ha matado usted?
dionisio. Sí. Los he matado yo con una escopeta. El dueño le da a cada huésped una escopeta para que mate los ratones...
don sacramento. (Mirando una etiqueta del conejo.) Y estos números que tienen al cuello, que significan? Aquí pone 3,50...
dionisio. No es 3,50. Es 350. Como hay tantos, el dueño los tiene numerados, para organizar concursos. Y al huésped que, por ejemplo, mate el número 14, le regala un mantón de Manila o una plancha eléctrica...
don sacramento. ¡Qué lástima que no le haya a usted tocado el mantón! ¡Podríamos ir a la verbena!... ¿Y qué piensa usted hacer con estos ratones?...
dionisio. No lo he pensado todavía... Si quiere usted se los regalo...
don sacramento. ¿A usted no le hacen falta?
dionisio. No. Yo ya tengo muchos. Se los envolveré en un papel. (Coge un papel que hay en cualquier parte y se los envuelve. Después se los da.)
don sacramento. Muchas gracias, Dionisio. Yo se los llevaré a mis sobrinitos para que jueguen... ¡Ellos recibirán una gran alegría!... Y ahora, adiós, Dionisio. Voy a consolar a la niña, que aún estará desmayada en el sofá malva de la sala rosa... (Mira el reloj.) Son las seis cuarenta y tres. Dentro de un rato, el coche vendrá a buscarle para ir a la iglesia. Esté preparado... ¡Qué emoción! ¡Dentro de unas horas usted será esposo de mi Margarita!...
dionisio. Pero ¿le dirá usted a su señora que a mí me gustan más los huevos pasados por agua?
don sacramento. Sí. Se lo diré. Pero no me entretenga. ¡Oh, Dionisio! Ya estoy deseando llegar a casa para regalarles esto a mis sobrinitos... ¡Cómo van a llorar de alegría los pobres pequeños niños!
dionisio. ¿Y también les va usted a regalar la carraca?
don sacramento. ¡Oh, no! ¡La carraca es para mí!"

"En 1880, la joven Violet Paget (1856-1935) escribió, con 24 años, unos estudios sobre el XVIII italiano que no se atrevió a firmar con su nombre pues en la época resultaba inconcebible la figura de una mujer-erudita, razón por la que optó por el seudónimo de Vernon Lee, con el que fue conocida y admirada. Cultivó numerosos géneros literarios: el ensayo, cuyos modelos estéticos fueron Ruskin y Pater, la biografía novelada (Metastasio), el libro de viaje, la novela, el relato, el teatro... hasta un total de 30 libros. Hoy puede decirse que lo que sobrevive en ella es su creación literaria, y una muestra excelente son los tres relatos que forman este volumen, que se cierra con un epílogo tan sentido como inteligente de Menchu Gutiérrez.(...) "
El país.
También se habla de ella aquí.
"Si hablamos de la señorita -jamás se casó- Violet Paget, nacida inglesa en Boulogne-sur-Mer en 1856 y muerta en Florencia en 1935, pocos sabrán de quien hablamos. Habrá que decir Vernon Lee (su seudónimo masculino) para que, entre algunos, surja el peculiar suspiro que produce el personaje singular y el autor de culto. Desde 1873 los Paget vivieron en Florencia -la ciudad de todas las nostalgias- y Violet conservó la casa de campo, vecina a la ciudad, Il Palmerino, hasta su muerte. Vernon Lee publicó muchos libros (desde su inaugural Studies of the eighteenth century in Italy de 1880) entre estudios sobre arte y literatura, relatos y libros de curiosidades y miscelánea."
Es curioso. Esta escritora inglesa y florentina, amiga de aquellos grandes autores de principios de siglo -Bloomsbury y aledaños: Strachey, Forster (?), etc.- me recuerda a cierto personaje -también escritora peculiar, inglesa y florentina, enemiga de los turistas y de la "Baedecker"- de Una habitación con vistas, del mismo E.M.Forster. Lavish, creo que se llamaba.
Por cierto, que hace poco encontré en una librería de viejo una carísima Baedecker sobre Italia, en inglés, e impresa en 1920. ¿Pasaría por sus manos?...
Vale.
"Et que faudrait-il faire ?
Chercher un protecteur puissant, prendre un patron,
Et comme un lierre obscur qui circonvient un tronc
Et s'en fait un tuteur en lui léchant l'écorce,
Grimper par ruse au lieu de s'élever par force ?
Non, merci. Dédier, comme tous ils le font,
Des vers aux financiers ? se changer en bouffon
Dans l'espoir vil de voir, aux lèvres d'un ministre,
Naître un sourire, enfin, qui ne soit pas sinistre ?
Non, merci. Déjeuner, chaque jour, d'un crapaud ?
Avoir un ventre usé par la marche ? une peau
Qui plus vite, à l'endroit des genoux, devient sale ?
Exécuter des tours de souplesse dorsale ?...
Non, merci. D'une main flatter la chèvre au cou
Cependant que, de l'autre, on arrose le chou,
Et donneur de séné par désir de rhubarbe,
Avoir un encensoir, toujours, dans quelque barbe ?
Non, merci ! Se pousser de giron en giron,
Devenir un petit grand homme dans un rond,
Et naviguer, avec des madrigaux pour rames,
Et dans ses voiles des soupirs de vieilles dames ?
Non, merci ! Chez le bon éditeur de Sercy
Faire éditer ses vers en payant ? Non, merci !
S'aller faire nommer pape par les conciles
Que dans les cabarets tiennent des imbéciles ?
Non, merci ! Travailler à se construire un nom
Sur un sonnet, au lieu d'en faire d'autres ? Non,
Merci ! Ne découvrir du talent qu'aux mazettes ?
Etre terrorisé par de vagues gazettes,
Et se dire sans cesse : "Oh, pourvu que je sois
Dans les petits papiers du Mercure François ?"...
Non, merci ! Calculer, avoir peur, être blême,
Préférer faire une visite qu'un poème,
Rédiger des placets, se faire présenter ?
Non, merci ! non, merci ! non, merci ! Mais... chanter,
Rêver, rire, passer, être seul, être libre,
Avoir l'oeil qui regarde bien, la voix qui vibre,
Mettre, quand il vous plaît, son feutre de travers,
Pour un oui, pour un non, se battre, -ou faire un vers !
Travailler sans souci de gloire ou de fortune,
A tel voyage, auquel on pense, dans la lune !
N'écrire jamais rien qui de soi ne sortît,
Et modeste d'ailleurs, se dire : mon petit,
Sois satisfait des fleurs, des fruits, même des feuilles,
Si c'est dans ton jardin à toi que tu les cueilles !
Puis, s'il advient d'un peu triompher, par hasard,
Ne pas être obligé d'en rien rendre à César,
Vis-à-vis de soi-même en garder le mérite,
Bref, dédaignant d'être le lierre parasite,
Lors même qu'on n'est pas le chêne ou le tilleul,
Ne pas monter bien haut, peut-être, mais tout seul !"
En una página web encuentro una traducción sui géneris (creo que pertenece a la película de Depardieu) y parcial, pero que para el caso nos sirve. Para anglófonos poco exigentes:
"¿Y qué quieres que haga?
¿Buscarme un protector? ¿Un amo tal vez?
Y como hiedra oscura que sube la pared,
medrando sibilina y con adulación.
¿Cambiar de camisa para obtener posición?
¡No, gracias!
¿Dedicar, si viene al caso, versos a los banqueros?
¿Convertirme en payaso?
¿Adular con vileza los cuernos de un cabestro
por temor a que me lance un gesto siniestro?
¡No, gracias!
¿Desayunar cada día un sapo?
¿Tener el vientre panzón? ¿Un papo
que me llegue a las rodillas
con dolencias pestilentes
de tanto hacer reverencias?
¡No, gracias!
¿Adular el talento de los camelos?
¿Vivir atemorizado por infames libelos
y repetir sin tregua: «Señores,
soy un loro, quiero ver mi nombre
escrito en letras de oro!»?
¡No, gracias!
¿Sentir terror a los anatemas?
¿Preferir las calumnias a los poemas?
¿Coleccionar medallas? ¿Urdir falacias?
¡No, gracias!
¡No, gracias!
¡No, gracias!...
Pero cantar... Soñar... Reír... Vivir... Estar solo...
Ser libre, tener el ojo avizor,
la voz que vibre, ponerme
por sombrero el universo,
por un sí o por un no.
Batirme, o hacer un verso...
Despreciar con valor la gloria y la fortuna,
viajar con la imaginación ¡a la luna!.
Sólo al que vale reconocer los méritos,
no pagar jamás por favores pretéritos,
Renunciar para siempre a cadenas y protocolos.
Posiblemente no volar muy alto
Pero solo..."
Pues nada, que marcho para Italia. En unas semanas estaré de nuevo por estos pagos. Hasta entonces, que lo paséis bien y que no os hagan trabajar demasiado.
Para despedirme, dejo un detallito veneciano del gran Cunqueiro:
"La muerte de Venecia
La muerte en Venecia viene a través de un espejo, del espejo «beige» de las aguas, o simplemente de los altos y decorados espejos. Se acerca en la hora meridiana, cuando el cuerpo apenas hace sombra. Annina contemplaba en su palacio del Gran Canal los retratos de las hermosas damas de la familia Morosini. Todas las mujeres que retrataron los pintores venecianos se parecen en la tranquila dulzura de la mirada y en la pureza «voluntaria» de las facciones, obra de un sueño interior: «Tú serás así...», se dicen, y os miran desde su sueño y las contempláis en él. «Desconfía de ellas», le advierte d'Annunzio. «¿Soportarían esos retratos el peso de una rosa fresca en las largas manos de las hermosas damas retratadas? Tú eres algo como eso.» Pero la genovesa de ojos verdes no teme nada. Se asoma a la galería del palacio, para ver llegar un pavo real que le regala el Kaiser Guillermo II: viene el ave en la góndola como un enorme abanico que flotase sobre las quietas aguas; Annina ríe y aplaude: «¡Pero si es una gallina que da flores!», exclama. Annina abre todas las ventanas del palacio, llena todos los salones de flores y de pájaros, y a la cabecera de su lecho coloca dos muñecos, dos ulanos de guerrera blanca y larga lanza, también regalo del Emperador. ¿Les dice, acaso, versos de Louise de Vilmorin?
«Oficiales de la guardia blanca,
guardadme de ciertos pensamientos nocturnos,
guardadme de las luchas cuerpo a cuerpo y del peso
de una mano sobre mi cintura.»
Desenfunda Annina los grandes pianos para las manos de Paderewski, y desempolva el viejo clavecín de madera de sándalo, que tiene en el teclado una mancha de sangre que nadie ha logrado borrar. Pero Annina Sara Morosini aprende, de pronto, que pese a sus risas, a las flores y a los pájaros, a los d'Annunzio profetizó se deslizan por el palacio, y una noche una seda fría le ciñe el cuello, y aprieta, aprieta: una ventana que se bate ahuyenta la sombra homicida. Desde entonces Annina Sara vagará largos años por sus estancias venecianas como un Hamlet, hasta que la muerte viene a buscarla a Venecia, a los noventa y dos de su edad. (Quizá haya que revisar la idea de Hamlet como un espíritu oscuro e indeciso. De una última lectura de la obra de Shakespeare he salido con la impresión de que Hamlet sabe muy bien lo que quiere, y él quiere, en primer lugar, salvar su vida; solamente cuando se siente decididamente amenazado, actúa. Y en lo que respecta a la oscuridad, a la oscura pasión y reflexión de Hamlet, eso ya es Shakespeare, esas sombras que Shakespeare, en el instante de la máxima tensión, construye con vagas y temerosas palabras.) En las grandes fiestas venecianas, Annina subía a su góndola de ébano y oro, y fue hasta su muerte la más hermosa y turbadora sonrisa de Venecia. Sonreír desde la soledad es soñar.
Los periódicos y las revistas italianas le dedican estos días páginas y páginas, y los dogos Morosini son, por un instante, actualidad. Se cuenta la vida de Annina Sara, hija de un banquero genovés —los banqueros Rombo, célebres desde Carlos V, que dieron nombre a un bizcocho, buscaron la piedra filosofal, subvencionaron la campaña de Italia del joven Bonaparte y una insurrección en Polonia con música de Chopin, y coleccionaron monedas antiguas y relojes—, casada con el conde Morosini, último descendiente de los grandes dogos de este apellido, y reina y señora de Venecia durante setenta años. Se cuenta de quienes la amaron, y de las rojas rosas que llevaron su nombre. Como Homero a Helena, d'Annunzio la llamará «la de los hermosos párpados», y Guillermo II, desterrado en Dorn, abriendo su estuche que guardaba un aderezo de esmeraldas, exclamará conmovido: «¡Los ojos de Annina!». «Todas las grandes bellezas venecianas, todas las mujeres que amaron en Venecia, están en los espejos de los viejos palacios, y en las aguas moribundas, esperando todavía una hora de amor, que ya no vendrá...» Quizás sea éste también el destino de Annina Sara, y quizás por el verde de los dormidos ojos sean ahora más verdes las aguas de las lagunas, y por la velada sombra de su cuerpo, más sombríos los espejos venecianos. Yo escribo hoy de ella porque hay que escribir del amor, y de los grandes amores, que se acaban ya en la memoria y en la imaginación de las gentes. Se acaban los grandes y extremados amadores. Isolda ha muerto en Venecia ayer. "
De la serie «Las crónicas», 5 de mayo de 1954.
Álvaro Cunqueiro