Mentiras

 




Parece ser que alguien le ha escrito un libro a cierto antiguo embajador español en la ONU. El caso es que el buen hombre anda promocionándolo por esos medios de dios, y aprovecha cada entrevista para justificar su apoyo al asalto a Irak afirmando que todos creían en las Armas de Destrucción Masiva. Aquellas que escondía en ninguna parte el futuro fantasma de Saddam. El caso es, haciendo un flash back periodístico, que tampoco pareció negar con mucha insistencia la acusación. De hecho parece que hizo lo imposible por esconder las armas inexistentes de la mirada sagaz de los inspectores de la ONU.

Pero no hablo de esto por resucitar aquella discusión tan, oh cielos, pasada de moda, ni por comentar ese montón de papel encuadernado que roba espacio a los libros en las librerías, sino porque me recordaba la absurda historia a la de aquella guerra de Troya que narró Christa Wolf a través de su Casandra. Ya sabéis (o deberíais saberlo), aquella novela que empezaba así:

"Aquí fue. Ahí estaba. Esos leones de piedra, sin cabeza ahora, la miraron. Esa fortaleza, un día inexpugnable, ahora un montón de piedras, fue lo último que vio. Un enemigo hace tiempo olvidado y los siglos, sol, lluvia y viento la arrasaron. Inalterado el cielo, un bloque azul intenso, alto, dilatado. Cerca las murallas ciclópeamente ensambladas, hoy como ayer, que marcan su dirección al camino: hacia la puerta, bajo la cual no mana la sangre. Hacia lo tenebroso. Hacia el matadero. Y sola.

Con mi relato voy hacia la muerte."


En ella, Casandra relata la historia homérica desde su punto de vista. Algo digno de leerse, por cierto, pero que traigo aquí por cierto detalle fascinante: Casandra revela que los aqueos, una banda de malas bestias sedientas de sangre troyana, que clama venganza por el secuestro de la bella Helena, persigue de hecho a un fantasma. Porque Helena no está, nunca estuvo en Troya. El rey de Egipto se la robó al idiota de Paris, quien arribó a su ciudad con las manos vacías. Pero no podía reconocer la humillación, no podía humillar a su ciudad, y se mantuvo firme cuando Agamenón y los suyos exigieron la devolución de la bella. Aunque también ellos, en realidad, lo sabían. Era otra cosa lo que ansiaban: destruir la ciudad rival, saquearla, tomar su oro y su plata, y controlar sus rutas comerciales. ¿Helena? Una excusa, útil para el populacho. Para el populacho aqueo, para el populacho troyano, para el necio poeta.

En fin, como idea no está mal...


04/09/2006 01:28 Autor: settembrini. Enlace permanente. Tema: Guerra.

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