
Luego la manada llegó para abrevar:
Llegaron las bestias para disfrutar con el agua.
Enkidu en persona, natural del desierto,
pastaba en compañía de las gacelas;
en compañía de su manada, abrevaba en la aguada,
disfrutaba del agua en compañía de las bestias
Lalegre lo vio, a este ser humano salvaje,
este temible joven en plena estepa:
"¡Helo aquí!" Dijo el cazador. "Desnúdate, Lalegre.
Descubre tu sexo, que él tome tu voluptuosidad,
y no temas agotarlo.
Cuando te vea así se abandonará sobre ti:
deja pues caer tu vestido para que él se acueste sobre ti,
y haz con él, con este salvaje, tu trabajo de mujer:
entonces su manada, que se había criado con él, le será hostil.
Mientras a ti él te mimará con sus arrumacos."
Y Lalegre apartó sus velos
y descubrió su sexo para que él tomase su voluptuosidad,
sin temor a agotarlo.
Cuando ella dejó caer su vestido él se acostó sobre ella,
y ella hizo con él, con este salvaje, su trabajo de mujer;
mientras la mimaba con sus arrumacos.
Seis días y siete noches, Enkidu, excitado,
hizo el amor con Lalegre.
Una vez saciado del placer que ella le había dado,
se dispuso a reunirse con su manada.
Pero, al ver a Enkidu, escapan las gacelas,
y las bestias salvajes se apartan de él.
Con su cuerpo vacío de fuerza, quiso elevarse,
con sus rodillas paralizadas perseguir a sus bestias.
Enkidu estaba débil, incapaz de correr como antes.
Pero había madurado. ¡Se había vuelto inteligente!
Regresó para sentarse a los pies de la Cortesana.
Con los ojos clavados en su rostro
comprendía todo lo que ella le decía.
La Cortesana se volvió entonces hacia él, hacia Enkidu:
"Eres hermoso, Enkidu, semejante a un dios.
¿Para qué recorres la estepa con las bestias?
Déjame conducirte a Uruk la de los cercados[...]"
La epopeya de Gilgamesh: El gran hombre que no quería morir
Edición de Jean Bottéro
Traducción del francés de Pedro López Barja de Quiroga.
Akal Oriente, 1998.