
Cuelgo, tal cual, un texto saqueado de otro blog:
"Il Messaggero. Brodsky en Venecia. En Venecia, un día de diciembre de 1989, hacia las 18 hs., algunas personas (entre las que se encontraban quien relata esto en el Corriere della Sera, Armando Torno) buscaban a Joseph Brodsky. ¿El motivo?: esa tarde tenía lugar la presentación de su nuevo libro, La calle de los incurables. Brodsky no se había presentado a la cita en el hotel, no estaba en su habitación y no había dejado ninguna indicación al conserje. Había desaparecido. Armando Torno, ligeramente intranquilo, comenzó a buscarlo -¿lo mismo hicieron los demás?- sin una meta fija. Las agujas giraban y Brodsky no aparecía. La busqueda del escritor que dos años antes había recibido el Premio Nobel, y que probablemente se había olvidado de la presentación, comenzó así. Pero buscar a alguien por las cales de Venecia es algo verdaderamente cansador: se suben escaleras, se bajan escaleras, se recorren calles, se exploran rincones, se escrutan velozmente miles de rostros, y sin darse cuenta uno aparece en el mismo punto de donde partió. Ninguna pista de Brodsky. Esa tarde había en las calles menos gente de lo que era habitual. Finalmente, Torno llegó al Palazzo Patriarcale, allí donde nace la Calle del Angelo. Brodsky se había materializado como un milagro, estaba allí, sentado en un rincón, al lado de un viejo que reparaba paraguas. El artesano ajustaba cada paraguas como si fuese una pieza preciosa, con sumo cuidado, con esos gestos lentos que revelan un antiguo afecto por el propio oficio. Y Brodsky, con sus pequeños anteojos de revolucionario ruso, observaba."
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Y de otro lugar, este otro hermoso texto veneciano -en homenaje a Brodsky y a la Ciudad- de Calvo Serraller:
"Agua
Francisco Calvo Serraller
La primera vez que el poeta arribó a Venecia fue en un día de invierno, frío, brumoso y en el crepúsculo. Durante el largo trayecto del 'vaporetto', recorriendo el gran canal de punta a cabo, desde la estación de ferrocarril hasta San Marcos, la noche transformó el agua en una humeante lámina negra, extrañamente imbuida de un silencio aún más subrayado por el ronroneo del motor, el chapoteo en las orillas y el ronco quejido de alguna bocina. Las luces amarillas cruzando la oscura niebla como exhalaciones quiméricas y el penetrante olor gélido de las algas fueron aumentando la sensación de irrealidad del poeta, que pronto se dejó ganar por la melancolía.
Según como el poeta, Joseph Brodsky (1940-1996), lo describió, en un pequeño ensayo inolvidable, titulado 'Fondamenta degli Incurabili' (1989), este lento trayecto nocturno en el 'vaporetto' era como el paisaje de un pensamiento coherente a través del subconsciente, donde la oscuridad, la bruma, el inestable suelo de la embarcación de retardada deriva, todo, finalmente, remitía a una meditación sobre el agua, sin duda, el elemento primordial de Venecia. Pero, para Brodsky, la acuidad del agua no era allí sólo una obviedad física, sino también el resultado de que "en esta ciudad el ojo adquiere una autonomía parecida a la de la lágrima", con la única diferencia de que ésta no se separa del cuerpo, sino que lo subordina completamente.
Pensaba yo en ello al contemplar, en la Galería de la Academia, la escalofriante 'Pietà', que pintó el último Tiziano, con su marmórea arquitectura blanca atravesada por la diagonal de dolor del grupo de figuras que acompañan al Cristo yacente, y, sobre todo, con sus extraños colores como de agua. En el centro, al pie de la dorada hornacina, el azul intenso de la túnica de la Virgen; a un lado, el verde oliva azafranado de la mujer que grita; en el otro, el rosa fucsia, veteado de luz, del hombre que se agacha. Agrios colores del llanto y de la desesperación, cierto, pero también los que convierten el estremecido cuerpo del contemplador en algo subordinado al ojo.
He aquí la función, según Brodsky, de Venecia, que permanece estática mientras nosotros nos movemos. La aprendemos gracias al agua en la que flota y, también, a la lágrima que nos permite ver, "porque nosotros marchamos" concluye el poeta "y la belleza permanece. Porque nosotros nos dirigimos hacia el futuro mientras la belleza es el eterno presente. La lágrima es una regresión, un homenaje del futuro al pasado". En cualquier caso, la belleza sobrevive al hombre; la lágrima, al que llora; el amor, al que ama."
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Por cierto, leo en "La letra sin sangre entra" que Venecia es la ciudad con más metáforas por metro cúbico del orbe. Y aporta una, tomada de Brodsky, que bien podría ser la más bella (o la más verdadera): "Dice el maestro ruso que las callejuelas venecianas le recuerdan a los pasillos de una biblioteca." Eso era, sí...
(Menciono lo de la verdad y la belleza porque, según Ignacio Carrión, Brodsky no deseaba crear belleza alguna: le importaba la verdad. Aunque, paradójicamente, sospecho que la apostilla de Serraller, eso de que "la belleza sobrevive al hombre; la lágrima, al que llora; el amor, al que ama", no es más que una consoladora mentira: las lágrimas se olvidan; y qué decir de los amores cicatrizados, o de las bellezas marchitas...)
Vale.