
“SHYLOCK.- ¡Oh!, no, no, no, no. Mi intención al decir que es bueno es haceros comprender que lo tengo por solvente. Sin embargo, sus recursos son hipotéticos; tiene un galeón con destino a Trípoli; otro en ruta para las Indias; he sabido, además, en el Rialto que tiene un tercero en Méjico y un cuarto camino de Inglaterra. Posee algunos más, esparcidos aquí y allá. Pero los barcos no están hechos más que de tablas; los marineros no son sino hombres; hay ratas de tierra y ratas de agua; ladrones de tierra y ladrones de agua; quiero decir piratas.”
El mercader de Venecia
William Shakespeare
Venecia es una nación edificada sobre el robo. Su ascenso hasta la condición de primera potencia comercial –o una de las primeras-, está marcado por dos episodios de bandidaje o piratería. El primero es el robo de las reliquias de San Marcos. En el año del señor (o del demonio) 828, un par de mal llamados mercaderes venecianos, desembarcaron en el puerto de Alejandría y se hicieron con los restos del santo. Cuenta la leyenda que la divinidad desencadenó una oportuna tormenta que mantuvo a los alejandrinos refugiados en sus casas, mientras los piratas trasladaban el botín hasta su nave. Una vez en ella, y con el fin de ocultar las reliquias a los ojos y narices de los pérfidos aduaneros infieles, tuvieron la ocurrencia de poner en salazón al pobre santo: y así, oculto bajo una porción de tajadas de marrano salado, se mantuvieron a salvo de las aterradas manos de los musulmanes, que no osaron escarbar en la maloliente tocinera. De allí a Venecia no hubo más contratiempos –deus ex machina meteorológico, travesía impecable-, y no tardaron los restos del evangelista en descansar en tierras vénetas. Aquello supuso un empujón al prestigio isleño comparable a la victoria en un mundial de fútbol, como poco, y llevó a San Marcos a convertirse en el capitán indiscutible del santoral veneciano, en detrimento del pobre San Teodoro, que en vano se exhibe victorioso sobre el dragón en lo alto de una columna gemela a la de San Marcos –en versión león alado-, en aquella piazzetta donde los turistas, para mayor escarnio, lo confunden –si es que se fijan en él- con su colega San Jorge, también muy de matar lagartos.
El otro episodio es uno de los más infames de la historia de la humanidad –y ya es decir. Se trata del saqueo de Constantinopla que llevaron a cabo los europeos en aquella peor llamada “cuarta cruzada” del año 1204. Por “sugerencia” del dux Enrico Dandolo (viejo, ciego y ambicioso), los cruzados hicieron un alto en su camino a tierra santa para tomar Constantinopla a sangre y fuego, y robar hasta las piedras. El botín de aquel saqueo –cuya mayor parte tocó a Venecia- vino a adornar la ciudad de la laguna, y aún hoy se puede contemplar sus restos: son las columnas que adornan la fachada de San Marcos, los magníficos pilares que se alzan en la fachada sur, la escultura de los tetrarcas que guardan la cámara del tesoro, en la que se custodia medio centenar de reliquias y joyas también fruto de la rapiña. O los caballos que coronan las puertas de la basílica. O el icono de la Virgen Nicopeia, que los ejércitos bizantinos llevaban a la batalla para lograr la victoria, y ante la cual rezan ahora un puñado de beatos turistas, como si de una vulgar estampita se tratase. En parte, podría decirse (exagerando un poco) que los monumentos venecianos son las ruinas de Bizancio.
Es por eso que uno no se siente tan indignado cuando viene a ser víctima de este hospitalario pueblo. Dicen que Venecia es una de las ciudades más seguras del mundo, y es cierto. Uno puede pasear tranquilamente por sus puentes, por sus canales, por los callejones más siniestros y los barrios más tenebrosos sin temor a que aparezca un navajero o una banda de asaltadores. Y es que en Venecia el robo es una institución, algo tan legal como el honrado comercio. Los ladrones no tienen necesidad de malvivir y buscarse el pan por las esquinas, a la intemperie. ¿Para qué? Tienen todos su local, su tiendecita, su restaurante. Y los turistas acuden encantados a entregarles el dinero sin que tengan que abandonar sus refugios, turistas que además se van tan felices, tan satisfechos, tan pobres. Además, qué honor para un sudoroso y colorado viajero occidental, tan de clase media y tan turista, el verse encumbrado a la categoría de un alejandrino del siglo IX, a la de un súbdito bizantino del XIII, qué honrosa compañía. Reconozcámoslo: así da gusto dejarse robar. Así se pagan con gusto mil pesetas (de las antiguas o de las modernas) por una botellita de agua y un café. Botines más ricos se han llevado los antepasados de estos piratas de tierra firme, que ya no necesitan ni embarcarse para hacerse con el oro. La verdad es que han mejorado. Chicos listos.
En fin, fuera de bromas, Venecia es una enferma que goza de muy buena salud y, a pesar de las ratas, las palomas, los venecianos, los turistas y los apocalípticos sigue siendo –y lo será por muchos años- la ciudad más hermosa.
Bueno, pues que ya estoy de vuelta.
Vale.
Autor: Duquena
Fecha: 02/07/2006 22:24.
Autor: Settembrini
Fecha: 03/07/2006 02:44.