Pues nada, que marcho para Italia. En unas semanas estaré de nuevo por estos pagos. Hasta entonces, que lo paséis bien y que no os hagan trabajar demasiado.
Para despedirme, dejo un detallito veneciano del gran Cunqueiro:
"La muerte de Venecia
La muerte en Venecia viene a través de un espejo, del espejo «beige» de las aguas, o simplemente de los altos y decorados espejos. Se acerca en la hora meridiana, cuando el cuerpo apenas hace sombra. Annina contemplaba en su palacio del Gran Canal los retratos de las hermosas damas de la familia Morosini. Todas las mujeres que retrataron los pintores venecianos se parecen en la tranquila dulzura de la mirada y en la pureza «voluntaria» de las facciones, obra de un sueño interior: «Tú serás así...», se dicen, y os miran desde su sueño y las contempláis en él. «Desconfía de ellas», le advierte d'Annunzio. «¿Soportarían esos retratos el peso de una rosa fresca en las largas manos de las hermosas damas retratadas? Tú eres algo como eso.» Pero la genovesa de ojos verdes no teme nada. Se asoma a la galería del palacio, para ver llegar un pavo real que le regala el Kaiser Guillermo II: viene el ave en la góndola como un enorme abanico que flotase sobre las quietas aguas; Annina ríe y aplaude: «¡Pero si es una gallina que da flores!», exclama. Annina abre todas las ventanas del palacio, llena todos los salones de flores y de pájaros, y a la cabecera de su lecho coloca dos muñecos, dos ulanos de guerrera blanca y larga lanza, también regalo del Emperador. ¿Les dice, acaso, versos de Louise de Vilmorin?
«Oficiales de la guardia blanca,
guardadme de ciertos pensamientos nocturnos,
guardadme de las luchas cuerpo a cuerpo y del peso
de una mano sobre mi cintura.»
Desenfunda Annina los grandes pianos para las manos de Paderewski, y desempolva el viejo clavecín de madera de sándalo, que tiene en el teclado una mancha de sangre que nadie ha logrado borrar. Pero Annina Sara Morosini aprende, de pronto, que pese a sus risas, a las flores y a los pájaros, a los d'Annunzio profetizó se deslizan por el palacio, y una noche una seda fría le ciñe el cuello, y aprieta, aprieta: una ventana que se bate ahuyenta la sombra homicida. Desde entonces Annina Sara vagará largos años por sus estancias venecianas como un Hamlet, hasta que la muerte viene a buscarla a Venecia, a los noventa y dos de su edad. (Quizá haya que revisar la idea de Hamlet como un espíritu oscuro e indeciso. De una última lectura de la obra de Shakespeare he salido con la impresión de que Hamlet sabe muy bien lo que quiere, y él quiere, en primer lugar, salvar su vida; solamente cuando se siente decididamente amenazado, actúa. Y en lo que respecta a la oscuridad, a la oscura pasión y reflexión de Hamlet, eso ya es Shakespeare, esas sombras que Shakespeare, en el instante de la máxima tensión, construye con vagas y temerosas palabras.) En las grandes fiestas venecianas, Annina subía a su góndola de ébano y oro, y fue hasta su muerte la más hermosa y turbadora sonrisa de Venecia. Sonreír desde la soledad es soñar.
Los periódicos y las revistas italianas le dedican estos días páginas y páginas, y los dogos Morosini son, por un instante, actualidad. Se cuenta la vida de Annina Sara, hija de un banquero genovés —los banqueros Rombo, célebres desde Carlos V, que dieron nombre a un bizcocho, buscaron la piedra filosofal, subvencionaron la campaña de Italia del joven Bonaparte y una insurrección en Polonia con música de Chopin, y coleccionaron monedas antiguas y relojes—, casada con el conde Morosini, último descendiente de los grandes dogos de este apellido, y reina y señora de Venecia durante setenta años. Se cuenta de quienes la amaron, y de las rojas rosas que llevaron su nombre. Como Homero a Helena, d'Annunzio la llamará «la de los hermosos párpados», y Guillermo II, desterrado en Dorn, abriendo su estuche que guardaba un aderezo de esmeraldas, exclamará conmovido: «¡Los ojos de Annina!». «Todas las grandes bellezas venecianas, todas las mujeres que amaron en Venecia, están en los espejos de los viejos palacios, y en las aguas moribundas, esperando todavía una hora de amor, que ya no vendrá...» Quizás sea éste también el destino de Annina Sara, y quizás por el verde de los dormidos ojos sean ahora más verdes las aguas de las lagunas, y por la velada sombra de su cuerpo, más sombríos los espejos venecianos. Yo escribo hoy de ella porque hay que escribir del amor, y de los grandes amores, que se acaban ya en la memoria y en la imaginación de las gentes. Se acaban los grandes y extremados amadores. Isolda ha muerto en Venecia ayer. "
De la serie «Las crónicas», 5 de mayo de 1954.
Álvaro Cunqueiro
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