Y la referencia al peculiar don Sacramento me ha traído a la mente, lo que son las cosas, a otro tipo estupendo de la narrativa (¿escénica?) que se coció al olor de los cafés del Gijón, y similares. Me refiero a aquel actor, que termina siendo viejo librero de viejo, en uno de los viajes de Fernán Gómez. El que no llevaba a ninguna parte, concretamente...
"De pronto, en medio del silencio y de la oscuridad, algo me llamó la
atención. Me detuve.
-¿Quién hay ahí?
-¿Dónde? -preguntó mi hijo, deteniéndose también.
-En ese portal.
Mi hijo aguzó la mirada.
-Una pareja. Están de retozo.
En efecto, un bulto confuso, o un bulto y otro bulto, se agitaba contra
la puerta cerrada de una casucha.
Maldonado se detuvo, como habíamos hecho nosotros, dirigió el rayo
de su mirada hacia los clandestinos amantes, y gritó con voz de trueno:
-¡Abominación! ¡Abominación! ¡Separaos, macho y hembra, separaos!
¡O corred al lecho si os urgen vuestras carnes y estáis unidos en santo
matrimonio!
Cesó el movimiento de los bultos. Empezamos a divisar a un mozo y
una moza.
-Pero no os entreguéis a desaforados placeres aquí, a la vista de la multitud.
¡Acordaos de la pobre doña Florentina, sacrificándose por todos,
allí en la cama con su don Florentino!
Del portal llegó hasta nosotros una voz insegura, de muchacho.
-Oiga..., nosotros no nos metemos con nadie.
-¡Sí, os metéis conmigo y con mis amigos, ofreciendo gratis a nuestros
ojos este bello pero provocador espectáculo! ¿Creéis que no hemos advertido
vuestros rítmicos movimientos? ¿Que no hemos escuchado la música
de vuestras alteradas respiraciones? ¿Y cómo no ha de excitarnos eso
a nosotros, pobres varones solitarios sin hembra que llevarnos a la boca?
¿Cómo no ha de excitarnos la piel de ese sofocado rostro de mujer, cuya
pureza aumenta la luz de la luna? ¿Cómo no ha de excitarnos su redonda
grupa cuyos prietos glúteos ceñías con tus manos ávidas? Y que, por
cierto, muy prácticas me parecieron, pues una de ellas se iba a la hendidura...
Se dejó oír de nuevo la voz del mozo.
-Están borrachos como cubas.
Y la de la moza:
-Son cómicos.
Continuó Maldonado su declamación:
-Sí, somos pobres cómicos solitarios y estamos borrachos como cubas,
y vosotros sois pecadores emparejados y estáis ardientes como brasas.
Como brasas del infierno al que queréis llevarnos con vuestra tentadora
imagen. Porque cómo apartar nuestras hambrientas miradas de los muslos
de nieve espesa que descubre la remangada falda, de la abierta blusa
por la que quieren escaparse las palomas de los pechos con sus
enhiestos picos, de la obscenamente abierta bragueta. He visto tus
manos, mozo manchego, afanarse en las corvas y trepar. Y no quiero ni
pensar dónde estaban las manos de la moza, porque al pensarlo siento
un placer tan irresistible que me induciría a pecado, si no fuese porque
el pecado está a punto de realizarse por sí mismo.
Como éramos tres, sin proponérnoslo, cerrábamos la salida a la pareja.
Dieron los dos un paso y quedaron aún más a la luz,
-Déjennos marchar -pidió el mozo.
-¿Ahora, mozo provocador, mujer lasciva? ¿Ahora pretendéis iros con
vuestra belleza y vuestro placer y dejarnos a media función, en el entreacto?
¡No! ¡Ahora vais a hacer la función completa! Siéntate, Galván.
Siéntate y aprende, Carlitos, que te hace falta. Y yo... sí puedo llegar al
suelo, también me siento.
Nos sentamos los tres frente a la pareja, como a dos metros escasos.
-Vamos, mozo -ordenó Maldonado-, se acabó el magreo. Ahora, el último
acto.
Muy en hombre, alzó la voz el mozo:
-¡Que nos dejen marchar!
Gritó amenazante Maldonado:
-¡Que tengo pistola, ¿eh?, que tengo pistola!
Sacó la pistola y la mostró. No apuntando a nadie, sino exhibiéndola.
-¡Basilio! -chilló, atemorizada, la moza.
-Guárdate la pistola, Juan, ya está bien de broma.
Pero Juan ya estaba desmandado, como le había visto otras veces.
-¡No me sale de los cojones! ¡Me han puesto cachondo y es culpa suya!
¡Vamos, Basilio! ¡Levántale más las faldas, que veamos la hermosura de
los muslos de...! ¿Cómo te llamas tú? ¡Sin mentiras!
Con un hilo de voz, respondió temblorosa la moza:
-Casilda..., me llamo Casilda.
-¡Oh, nombre tan hermoso como tu carne! ¡Tan hermoso como la tierra
de la que hicieron tu carne! ¡Vamos, queremos ver la hermosura de los
muslos de Casilda, pero hasta las ingles!
Suplicó el mozo:
-Por favor...
-¡Arriba las faldas, he dicho!
Con sentido práctico femenino, Casilda, mientras le caían dos lágrimas,
empezó a levantarse las faldas.
-¡No, tú no, Casilda! -erijo Maldonado, que ahora sí apuntaba a los dos
con la pistola-. Que te las levante él; y poquito a poco...
La moza le pidió al mozo:
-Levántamelas, Basilio.
Y el mozo, sin dejar de mirarnos con un tremendo rencor, obedeció la
súplica.
Así..., así..., y vuélvela un poco para acá, que veamos más de frente
esos muslos robustos, poderosos, que están diciendo «muérdenos».
Preséntanosla un poco más todavía, para que ahora, cuando le bajes las
bragas, corran nuestras miradas, como gazapos, hacia el jardín de las
delicias.
Bruscamente, Maldonado cambió de tono. Sorprendido, indignado,
acusador, se dirigió a Basilio:
-Pero ¿¡se las vas a bajar!? ¿¡Y tú eres un hombre!? ¡Tú, que no estás
dispuesto a morir a los pies de Venus! ¡No bajes más esas bragas, bellaco
entre los bellacos, que ya mis amigos y yo estamos viendo el vello del
pubis, y el deseo de abalanzarnos nos arrebata!
Aterrorizado, tembloroso, el mozo no sabía a qué carta quedarse.
-Bueno..., ¿qué hago? ¿Se las bajo o no se las bajo?
Apareció la media sonrisa de Maldonado, mientras la luz de la luna
rebrillaba en sus ojos oscuros y penetrantes, aunque algo enturbiados
aquella noche.
-Ah, crees que ella es cosa tuya. Por no avergonzarte más no quiero
preguntarle a esta moza en llamas qué quiere que le hagan ahora, ni
quién quiere que se lo haga. Voy a dejar que os marchéis, porque Baco
sólo en los preliminares se lleva bien con Afrodita. Y no quiero decep-
cionar a la diosa, por más que en este momento me haya enloquecido la
carnal belleza de su mensajera, porque sé que sus venganzas son terribles.
El mozo no tenía ante sus ojos más que a un borracho enfurecido, y a
ese borracho volvió a suplicarle:
-Pero... ¿deja que nos marchemos?
-Sí. Pero bájate los pantalones y corre. Y que Casilda se baje las bragas
y corra. Que quiero ver cómo se alejan de mi ardorosa frente vuestros
culos a la luz de la luna.
Salieron disparados los dos mozos.
-Pero, ¡eh, eh, eh!, quiero que corráis cada uno para un lado. ¡Tú para
levante, tú para poniente...! ¡A correr!
Echaron a correr de nuevo, esta vez cada uno para un lado.
-¡Abajo, abajo, más abajo bragas y pantalones!
Obedecieron los dos, mientras intentaban correr, trabados los muslos.
-¡Oh, qué hermosura! ¡Y qué pena, Galván!
-Sí... -dije con resignación-. Qué pena, Maldonado.
Di un empujón a mi hijo, en dirección a la moza.
-¡Anda, Carlitos, corre, corre por ella!
-¡Corre, que Basilio va para el otro lado!
Echó a correr Carlitos.
-¡Casil... da! ¡Casil... da!
Dio un tropezón y lanzó un grito. Se cayó. Se cayó cuan largo era. Mi
hijo Carlitos, el zangolotino, dio un traspiés y se estrelló contra el suelo.
Maldonado y yo, dando tumbos, corrimos a levantarle, alarmados,
porque nos pareció que la cabeza había golpeado en las piedras.
-Papá..., me caí.
-Ya lo hemos visto, hijo.
-Se me escapó la Casilda porque me caí. Y me di un buen golpe en la
frente. ¿Por qué hay tantas luces ahora? ¿Por qué encendieron?
A pesar de que los vapores del valdepeñas empezaban a nublarme la
vista, pude ver que en la cara de Maldonado volvía a aparecer su media
sonrisa cuando lleno de seguridad en sí mismo y en sus saberes explicó
a mi hijo que no habían encendido nada, que estaba viendo las estrellas.
Traté de olvidar mi borrachera y de recordar que era un padre.
-Si hubieras mirado por dónde ibas...
-Tienes razón. Pero yo no miré por dónde iba. Yo miré el culo.
Volvió hacia mí sus ojos de besugo más tristes que nunca.
-Soy muy desgraciado, ¿verdad?
-No es que seas desgraciado -le consolé-. Es que tienes una toña de
campeonato.
-Y hace mucho frío.
-No, hijo, no hace frío. Estamos a finales de agosto.
-El frío es de la propia castaña -explicó Juan Conejo, que tenía experiencia-.
Vamos, vamos a vomitar a esa esquina. En las esquinas se vomita
muy bien.
Hacia la esquina se fueron los dos juntos. No se cuál se apoyaba en el
otro.
-¿Y si vomito no tendré frío?
-Sí, después de vomitar tendrás un poco más. Pero luego te echas otro
trago de vino y entras en calor.
Yo aún no tenía el estómago revuelto, aunque la cabeza me flotaba.
Ellos vomitaron a gusto. Mi hijo Carlitos oprimía con su mano el hombro
de Maldonado. Parecía que estaban celebrando un rito, como sellando
una amistad indestructible. Pero estas cosas de borrachos se pasan con
el sueño.
-Como nuevos, estamos como nuevos -decía Maldonado mientras
regresaban-. Un traguito para ti también, Galván. Pero adminístralo, que
va quedando poco.
-Y usted... Sergio... -preguntó mi hijo con admiración y respeto-, ¿todo
lo que sabe lo aprendió en Rusia?
-No... Lo aprendí en la cuesta de Moyano... A Rusia no fui a aprender.
Fui en busca de aventuras, por culpa de Santiago, de Santiago London y
de Pepito Conrad, y del Salga... ¡Ay, el Salga, cómo me transtornó la
cabeza! Y también en busca de aventuras me vine a estos pueblos. Y de
comida, que había más que en la Villa y Corte.
-Pues ni lo uno ni lo otro vi yo.
Además, discípulo amado, yo no sé casi nada.
-No le hagas caso -dije-,sabe mucho. Lo lee en los libros.
-Sólo sé que en Rusia nevaba, que a un montón de amigos los
mataron, que a la vuelta me metieron de extra en el cine, que me casé,
que mi mujer me puso los cuernos y que borracho se está mucho mejor
que sobrio.
Mi hijo, que ya se iba enterando de lo que era la vida, observó:
-Las mujeres son un peligro.
-No lo sabes tú bien -le dije.
-¡Pero no debe importarnos, oh, Fedón, mientras existan el vino y la
amistad!
Carlitos no estuvo de acuerdo:
-La amistad no es la misma cosa que las mujeres.
Juan Conejo, Sergio Maldonado, el aventurero, se acercó a él y le dijo:
-Es otra cosa mucho mejor, y que duele menos cuando se pierde.
¿Puede haber alguien más feliz en el mundo esta noche que nosotros
tres? Y eso que acaba de ocurrir un acontecimiento desgraciado...
-¿Qué ha ocurrido? -pregunté.
-Se acabó la botella.
Y la tiró al suelo. Rebotó en las piedras y escandalizó la noche.
-Pero es lo mismo, amigos. El vino ya lo tenemos dentro. Échame un
brazo por encima del hombro, discípulo amado, y echa el otro por encima
del hombro de tu amigo Galván. Anda con inseguros pasos, haciendo
unas eses lo más grandes que puedas, con cuidado de no darte un
trastazo, y canta con nosotros: «¡Asturias, patria querida...!».
Volviendo a pisar las mismas piedras de las mismas calles, seguimos
nuestro paseo cantando a coro: «¡Asturias de mis amores! / ¡Quién estuviera
en Asturias / en algunas ocasiones!»."