En cuanto a la referencia a las demostraciones y a las matemáticas, me ha venido a la memoria aquel impagable pasaje de 2666, el novelón del inmenso Roberto Bolaño:
"¿De qué trata el experimento?, dijo Rosa. ¿Qué experimento?,
dijo Amalfitano. El del libro colgado, dijo Rosa. No es ningún
experimento, en el sentido literal de la palabra, dijo Amalfitano.
¿Por qué está allí?, dijo Rosa. Se me ocurrió de repente,
dijo Amalfitano, la idea es de Duchamp, dejar un libro de geometría
colgado a la intemperie para ver si aprende cuatro cosas
de la vida real. Lo vas a destrozar, dijo Rosa. Yo no, dijo Amalfitano,
la naturaleza. Oye, tú cada día estás más loco, dijo Rosa.
Amalfitano sonrió. Nunca te había visto hacerle una cosa así a
un libro, dijo Rosa. No es mío, dijo Amalfitano. Da lo mismo,
dijo Rosa, ahora es tuyo. Es curioso, dijo Amalfitano, así debería
ser pero lo cierto es que no lo siento como un libro que me
pertenezca, además tengo la impresión, casi la certeza, de que
no le estoy haciendo ningún daño. Pues haz de cuenta que es
mío y descuélgalo, dijo Rosa, los vecinos van a creer que estás
loco. ¿Los vecinos, los que ponen trozos de vidrio encima de las
tapias? Ésos ni siquiera saben que existimos, dijo Amalfitano, y
están infinitamente más locos que yo. No, ésos no, dijo Rosa,
los otros, los que pueden ver perfectamente bien lo que pasa en
nuestro patio. ¿Alguno te ha molestado?, dijo Amalfitano. No,
dijo Rosa. Entonces no hay problema, dijo Amalfitano, no te
preocupes por tonterías, en esta ciudad están pasando cosas
mucho más terribles que colgar un libro de un cordel. Una
cosa no quita la otra, dijo Rosa, no somos bárbaros. Deja el libro
en paz, haz de cuenta que no existe, olvídate de él, dijo
Amalfitano, a ti nunca te ha interesado la geometría.
Por las mañanas, antes de marcharse a la universidad, Amalfitano
salía por la puerta de atrás a beberse los últimos tragos de
su café mirando el libro. No había ninguna duda: el papel en el
que había sido impreso era bueno y la encuadernación resistía
inconmovible los embates de la naturaleza. Los viejos amigos de
Rafael Dieste habían escogido buenos materiales para brindarle
esa especie de homenaje y de despedida un tanto anticipada, el
adiós de unos viejos varones ilustrados (o con la pátina de la
ilustración) a otro viejo varón ilustrado. Amalfitano pensó que
la naturaleza del noroeste de México, en aquel lugar preciso de
su jardín quebrantado, era más bien exigua. Una mañana,
mientras esperaba el autobús que lo llevaría a la universidad, se
hizo el firme propósito de plantar césped o pasto, y también de
comprar un arbolito ya un poco crecido en alguna tienda dedicada
a tal menester, y de plantar flores a los lados. Otra mañana
pensó que cualquier trabajo que se tomara encaminado a hacer
más grato el jardín resultaría a la postre inútil, puesto que no
pensaba quedarse mucho tiempo en Santa Teresa. Hay que volver
ya mismo, se decía, ¿pero adónde? Y luego se decía: ¿qué me
impulsó a venir aquí? ¿Por qué traje a mi hija a esta ciudad maldita?
¿Porque era uno de los pocos agujeros del mundo que me
faltaba por conocer? ¿Porque lo que deseo, en el fondo, es morirme?
Y después miraba el libro de Dieste, el Testamento geométrico,
que colgaba impávido del cordel, sujeto por dos pinzas, y
le daban ganas de descolgarlo y limpiar el polvo ocre que se le
había ido adhiriendo aquí y allá, pero no se atrevía."
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Autor: Magda
Fecha: 11/06/2006 06:31.
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Autor: szabolcs
Fecha: 29/04/2007 19:26.
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Autor: Gonzalo Del Rosario
Fecha: 31/12/2008 00:24.
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Autor: Orlando
Fecha: 18/03/2009 10:56.