"La condesa se dedicó a recorrer de nuevo con Fabricio todos aquellos encantadores lugares de las cercanías de Grianta, tan celebrados por los viajeros: la villa Melzi, a la orilla opuesta del lago, frente al castillo y que le sirve de mirador; más arriba, el bosque sagrado de los Sfondrata, y el atrevido promontorio que separa las dos partes del lago, la de Como, tan voluptuosa, y la que corre hacia Lecco, tan severa: panorama sublime y placentero que el lugar más renombrado del mundo, la bahía de Nápoles, iguala, pero no supera. La condesa revivía con embeleso los recuerdos de su primera juventud y los comparaba a sus sensaciones actuales. El lago de Como, se decía, no está rodeado, como el de Ginebra, de grandes extensiones de terreno bien cercadas y cultivadas con arreglo a los mejores métodos, cosas que recuerdan el dinero y la especulación. Aquí no veo sino colinas de desigual altura cubiertas de arboledas plantadas al azar y que la mano del hombre no ha estropeado aún forzándolas a producir. En medio de esas colinas de formas admirables y que se precipitan hacia el lago en pendientes tan singulares, puedo revivir toda la ilusión de las descripciones de Tasso y de Ariosto. Todo aquí es noble y tierno, todo habla de amor, nada recuerda las fealdades de la civilización. Los pueblecillos situados en las faldas de las colinas quedan ocultos por magníficos árboles, sobre cuyas copas asoma la deliciosa arquitectura de sus bellos campanarios. Si alguna parcela cultivada, no más extensa de cincuenta pasos, interrumpe de trecho en trecho las arboledas de castaños y de cerezos silvestres, los ojos, complacidos, creen ver en estos sembrados plantas más vigorosas y más lozanas que las de otros lugares. Sobre las colinas, en cuyas cumbres aparecen ermitas que cualquiera elegiría por morada, los ojos asombrados vislumbran los picos de los Alpes, con sus nieves eternas, y su severidad austera es una oportuna imagen de las tristezas de la vida que intensifica el gozo de la voluptuosidad presente. La imaginación se siente acariciada por un tañer lejano de campanas que viene de una aldea escondida bajo los árboles; atenuada al pasar sobre las aguas, esta música cobra un matiz de dulce melancolía y de resignación, y parece decir al hombre: La vida huye: no te muestres tan difícil a la felicidad que se presenta; date prisa a gozarla. El lenguaje de aquellos parajes maravillosos, sin igual en el mundo, devolvía a la condesa su corazón de dieciséis años. No se explicaba cómo había podido pasar tanto tiempo sin contemplar el lago. «De modo que la felicidad ha venido a refugiarse en los comienzos de la vejez», se decía."
La cartuja de Parma, obviamente...